Escrito por: Jorge Farid Gabino González
El supuesto desplante realizado por la titular del Congreso, María del Carmen Alva, al presidente de la República, en circunstancias en que ambos se despedían en los exteriores de la sede del Legislativo, luego de que el señor Pedro Castillo sostuviera una reunión con los integrantes de la Mesa Directiva del Congreso, ha vuelto a poner en agenda una discusión que, por antigua, por antediluviana, por inveterada, debería estar completamente superada entre los peruanos, si los doscientos años de vida Republica no hubiesen pasado por nosotros, como todo hace indicar que lo hicieron, sin pena ni gloria.
Consistió el dizque desaire, como es de público conocimiento, en el desprecio que le habría mostrado Alva a Castillo al enseñarle una palma en alto cuando este finalizaba su visita al Hemiciclo. Y aunque personas cercanas a la presidenta del Congreso han salido a indicar el verdadero contexto que habría rodeado el gesto de la polémica, que no habría sido otro que el de comunicarle al presidente que, al igual que él, ella tampoco declararía a la prensa los detalles de lo conversado durante su reunión, no se han hecho esperar en absoluto las teorías, conspirativas por donde se las mire, según las cuales lo que habría tenido lugar al término del encuentro de que se trata no sería otra cosa que una muestra real y patente de condenable discriminación racial. Esto, claro, por ser la supuesta agresora de piel blanca y el “indiscutible” afectado de raza mestiza y piel más bien oscura.
En cualquier caso, y al margen de qué haya sido lo que en el fondo se hubiese deseado darle a entender al presidente con la actitud aquella, es de destacar la abrumadora velocidad y la no menos apabullante vehemencia con que miles de personas (conocidas y no) han salido a pronunciarse a través de las redes sociales, respecto de que lo realizado por la titular del Legislativo no solo sería una muestra evidente de falta de respeto y cortesía, sino también y sobre todo, una prueba irrefutable de cómo, en pleno siglo XXI, se sigue manteniendo la absurda creencia de que quienes poseen piel blanca son superiores a quienes no la tienen, esto es, a los millones y millones de peruanos cuya piel oscura convierte automáticamente en potenciales víctimas de discriminación.
Pero ¿fueron realmente las imágenes difundidas del supuesto desplante pruebas de la discriminación racial que habría sufrido el presidente de la República, Pedro Castillo? ¿O se tratará, más bien, del oportuno aprovechamiento que cierto sector de la llamada clase política pretende realizar del asunto, habida cuenta de lo susceptibles que todavía somos los peruanos respecto de temas como este? Como sea, no podemos dejar de reconocer que el supuesto desaire se da en circunstancias en que el Legislativo viene gritando a los cuatro vientos la incompetencia del presidente para elegir bien a sus ministros de Estado, lo que hace inevitable no pensar en lo bien que le caería al Ejecutivo ponerse en la condición de víctimas, más aún estando a pocos días de la presentación del gabinete Bellido en el Congreso para solicitar el voto de confianza.
Y como en política jamás se desaprovechan las oportunidades, tampoco habrá de sorprendernos demasiado el que en los próximos días se siga echando mano del argumento de la discriminación racial para continuar mostrando al presidente como víctima de quienes cuestionan las decisiones que toma única y exclusivamente porque es un hombre de procedencia andina. Como si ese fuese el meollo del asunto. Como si por ser de origen serrano estuviera incapacitado de tomar buenas decisiones. ¡Faltaba más!
Que el racismo deba ser condenado venga de donde venga, es algo contra lo que no se puede realizar ni la más mínima objeción. Respetar a las personas independientemente de la procedencia que tengan es, asimismo, tarea que nos compete a todos. Y ello al margen de qué sea lo que hagamos para ganarnos el sustento. Desde el presidente de la República hasta el último de los ciudadanos, todos merecemos el mismo respeto por el solo hecho de ser seres humanos. Quienes no sean capaces de entender que esto es algo con lo que no se puede negociar no solo están completamente equivocados, también tienen algún tipo de limitación mental que bien harían en hacerla tratar.
No perdamos de vista, con todo, que, así como discriminar a los demás por cuestiones de raza es desde todo punto de vista condenable, también lo es el apelar a la autodiscriminación, al autorebajamiento, a efectos de presentarse ante los demás como víctimas a priori, esto es, como los pobrecitos de la historia por el solo hecho de ser de tal o cual raza, de pertenecer a tal o cual grupo social. Que dicha actitud es casi tan baja como la que consiste en desmerecer a los otros porque tienen un determinado color de piel o pertenecen a una determinada comunidad. Los problemas del país están para ser atendidos sin medias tintas. Las cuestiones domésticas y los complejos autogenerados no tienen por qué estar afectando el normal desenvolvimiento de nuestros políticos. Cada cosa en su lugar.




