¡APURARSE! ¡APURARSE¡

Por: Andrés Jara Maylle

¿Alguna vez entraste a uno de los baños del Mercado Modelo, Gabriel Eligio? Te recomiendo que no lo hagas porque, sin duda, pasarás los peores minutos de tu vida.
Te cuento lo que me sucedió hace días cuando empujado por mi mujer tuve que ir a realizar unas compras justamente allí, compadre. Tú sabes que odio hacer ese trabajo, lo detesto desde antes, y no sé por qué demonios ni por qué fuerza maligna llegué hasta allí, habiendo tantos lugares para comprar.
Pero bueno, al grano.
Como tú bien sabes, Gabriel Eligio, a mis 65 años debo caminar por la vida con mucho cuidado. Ando mal de las rodillas que se me inflaman constantemente; también del corazón con algunas arritmias; hasta de los riñones donde creo que estoy criando piedras. En fin, me estoy convirtiendo en un saco de enfermedades que me joden el cuerpo a cada rato. Y últimamente tengo problemas incluso con el estómago que, como bien tú sabes, era el más fuerte y terco de todo mi organismo.
En esas andaba con mi mujer caminando por los pasadizos de nuestro Mercado Modelo, comprando unas cosas de aquí y otras de allá, preguntando precios y pidiendo rebajas, que es lo que más le encanta a la tacaña de mi mujer, cuando de pronto sentí unos retorcijones en mis tripas, unos dolores insoportables que quebraron mi esqueleto.
No sabiendo cómo actuar, decidí, maldita la hora, ir a los servicios higiénicos ubicados en uno de los rincones del mercado. Apenas entré, una señora con apariencia de machona, con lentes gruesos de miope me hizo el alto con su mano, tenía un polo rojo despintado y usaba botas de jebe al estilo chacarero.
Era un espanto esa mujer, Gabriel Eligio. “Para el uno o el dos la tarifa es de cincuenta céntimos”, me dijo con su voz de hombre. Yo, compadre, quedé asustado y no supe qué responderle. Solo atiné a darle los cincuenta céntimos recibiendo a cambio un trozo de papel higiénico, chusco y barato que más parecía lija.
Con el papel en la mano me dirigí hacia unos de los cubículos que allí tienen, cerré la puerta y ¡ohh, sorpresa! adentro solo había un hueco sobre el cual uno tenía que acomodarse como pueda. ¡Imagínate, Gabriel Eligio! todo un Mercado Modelo, en pleno siglo XXI, y sus servicios higiénicos no tenían ni unas miserables tazas de baño para dar comodidad a los usuarios.
Y yo que tengo las rodillas inflamadas que me impiden doblarlas siquiera un poco, ponerme de cuclillas era literalmente imposible, el dolor me lo impedía, carajo. No podía encontrar la posición más cómoda para mi necesidad urgente.
Y lo peor, yo no había ni siquiera comenzado y la señora miope y con apariencia de machona empezaba con sus gritos: ¡Apurarse! ¡Apurarse!
Qué buena conchudez la de esta vieja, pedirnos que nos apuremos en una situación semejante, en una situación en la que es necesaria la paciencia. Empecé a maldecir a todos, a la vieja miope que seguía gritando ¡Apurarse! ¡Apurarse!, a los que se ufanan de directivos de ese mercado que como bien sabes, Gabriel Eligio, ahora es privado; recordé y maldecí al pendejito ese que nunca se saca su casco de motociclista y que se cree el dueño más importante del mercado y alrededores; recordé y maldecí al otro dueño que arribistamente se pega como chicle a todos los políticos de todos los colores; maldecí a la tacaña de mi mujer que me conminó a acompañarla ese día.
¿Y todo por qué? Por la simple razón que un mercado llamado Modelo, por donde transitan miles de personas diariamente no tiene siquiera las mínimas comodidades en su baño público. Qué les costará a esos conchudos comprar tazas de baños que ahora, dicho sea de paso, son baratas. ¿Y los dueños de los quioscos toleran semejante afrenta? Por qué no dicen nada; por qué no hacen una chanchita o una pollada para recaudar fondos y comprar wáters.
Te lo juro, Gabriel Eligio, soy capaz de colaborar con unos tíkets si organizan una pollada con esos fines. Mientras tanto, también te lo juro que a esos baños no vuelvo a entrar por más que las tripas se me volteen, por más que el mondongo se me agarrote de dolor como aquel infame día; pues no quiero en mi vida que justo cuando voy a realizar una necesidad personal y urgente alguien desde afuera me grite: ¡apurarse! ¡apurarse! ¡Qué tal concha, carajo!