ANGASMARCA

Por Jacobo Ramírez Mays 

Sabíamos que ir a ese distrito era una nueva aventura. El carro se adentró por Ambo, llegando a Huácar y luego a Cochachinche. Un pequeño callejón nos separa de la carretera principal. Comenzamos a ascender. Guardamos silencio y en 40 minutos aproximadamente llegamos al colegio Simón Bolívar. Nos recibe la plana docente junto a sus alumnos. La institución cumplirá un año más de su creación, y, como antesala a su aniversario, han organizado el primer encuentro de escritores.

Ingresamos a un auditorio prefabricado, está completamente equipado. La directora de la institución, la profesora María Laura Flores Arias, junto a otras maestras, nos sirven un rico chupe verde con casi un cuarto de docena de huevos sancochados, cancha tostada y ají molido en batán. Como dirían los abogados, le damos curso al expediente.

El auditorio se llena. Hay más de cien estudiantes, todos acompañados con sus profesores. Cantamos el Himno Nacional y comenzamos con los temas que el profesor Edwin Tucto Espinoza, organizador del evento, nos había propuesto. Andrés Jara inicia, seguido de este escriba, con testimonios de nuestra vida. Luego Haiber Echevarría con historias del medio ambiente, y, finalmente, Gino Damas sobre la importancia de la literatura oral. Los estudiantes guardan silencio, muestran su respeto y educación, y nos bombardean con preguntas. Terminamos nuestra labor académica en medio de fotografías y con un rico picante de cuy, el cual casi me como con todo plato.

Salimos y nos informan que en la iglesia, bajo cuatro llaves, está la espada de Simón Bolívar. Es una reliquia que el libertador de América dejó abandonada. Caminamos hacia el pueblo, sus calles pavimentadas, sus casas con techos de dos caídas impresionan. La iglesia, con paredes de casi un metro de ancho, se impone en la plazuela. Está cerrada con cadena y un candado. Es imposible ingresar, ya que el encargado está a más de media hora de viaje. Será para otra oportunidad. Decidimos subir a la torre de la iglesia, que es alta. Desde arriba se observa todo el pueblo por todos los puntos cardinales, y enamora a cualquier visitante.

Descendemos y es hora de abandonar a ese pueblo con su maravillosa gente. Antes de salir, un adolescente se me acerca y, casi gritando como para que todos le escuchen, me pregunta qué champú uso. Todos sonríen y le digo que yo me lavó con jabón hecho con jipuchi. Subimos al carro y comienza el descenso. Hay 36 curvas que debemos bajar. Todos sabemos que años atrás la candidata al gobierno regional de esta ciudad, la señora Violeta Garay, perdió la vida en ese lugar. Miro y la carretera es una serpiente. Abajo está Cochachinche y sin persignarme elevo una oración para llegar, si no vivo al menos completo, a ese valle. El chofer es rutero y nos cuenta por dónde se desbarrancó el carro de la candidata. Tres cruces de fierro en medio de la soledad lo confirman: es un abismo de aproximadamente trecientos metros. Rodar por ahí es para matar no solo el cuerpo, sino también el alma y el espíritu. Gino está tomando fotografías para distraerse. Sé que tiene miedo porque en la cúspide de la torre de la iglesia solo estuvo sentado. No pudo ni pararse y sus ojos demostraban la acrofobia que tiene.   

Haiber está en silencio, seguramente elevando una oración a su Dios, por si le pasa algo se vaya derechito al cielo a gozar de su presencia. Andrés no habla, está mudo. Estira su pequeño pescuezo, observa el abismo y, para no seguir sufriendo, cierra los ojos y en cuestión de segundos se queda dormido. Yo me distraigo conversando con la directora, quien se da cuenta de que también tengo miedo y para darme aliento me dice: «Tranquilo, profesor, si pasa algo, recuerde que morirá en medio de curvas». Sonrío y después de 40 minutos estamos en Ambo. Respiramos tranquilos y lo único que deseo llegando a Huánuco es tomarme una buena copa de aguardiente con Andrés.

Minutos después, sentados en un lugar de esta hermosa ciudad, choco mi copa de aguardiente con la de Andrés. Y, mientras sorbo el primer bocado, me pongo a pensar en todas las odiseas que a diario tienen que pasar muchos profesores para llevar conocimientos y educación a cada recóndito espacio de nuestro país. 

Las Pampas, 24 de agosto de 2023