AMBO VISTO POR LA ESCRITORA IQUEÑA MACEDO EN 1942

Por: Eliseo Talancha Crespo

La escritora y pintora peruana María Rosa Macedo Cánepa nació el 2 de abril de 1909 en el distrito de Humay, provincia de Pisco, departamento de Ica. Es considerada una de las principales exponentes del movimiento indigenista del Perú. Continuando con la narrativa de Abraham Valdelomar, Macedo publicó en 1941 “Ranchos de caña”, en 1943 su novela cumbre “Rastrojo”, en 1945 “Paisaje y Hombre de mi Tierra” y en 1948 “Hombres de tierra adentro” que, en el marco de la literatura realista, plasman los paisajes y personajes de la geografía peruana mezclados con mitos, leyendas y sucesos mágicos.

En el contexto del regionalismo literario, en los cuentos, novelas y ensayos de Macedo predominan la descripción de los paisajes locales de la costa y de la gran Lima, convirtiéndose la narradora iqueña en una precursora del realismo. Pero dueña de una gran sensibilidad artística, María Rosa Macedo también incursionó en el periodismo publicando diversas notas en la revista “Variedades” y los diarios “El Comercio”, “La Crónica” y “La Prensa” de Lima y de Buenos Aires.

Precisamente, en su edición del miércoles 26 de agosto de 1942, Macedo publicó en “El Comercio” su artículo “En camino a la selva” en la que, matizando la realidad con la ficción, describe la geografía y los paisajes de su paso desde las históricas pampas de Junín hasta el floreciente pueblo de Tingo María que se encontraba en proceso de colonización estatal, gracias a la llegada de la carretera a Pucallpa.

Al lado de Francisco Izquierdo, Ciro Alegría y José María Arguedas, Macedo es una de las principales voces del indigenismo literario que ha sido elogiada y comparada con los textos de Enrique López Albújar, Luis Eduardo Valcárcel, José Carlos Mariátegui, Gamaliel Churata, Porfirio Meneses Lazón, Manuel Scorza, Eleodoro Vargas Vicuña, entre otros. En la literatura nacional hay autores que bien merecen ser leídos, valorados y recordados por sus contribuciones a la dimensión literaria local y regional. En la literatura huanuqueña se desconoce o ignora adrede la pluma de Macedo que describe con admirable prosa poética los paisajes y la vida social de los hombres y pueblos del valle del Huallaga.

Luego de permanecer en Cerro de Pasco, Macedo enrumba sus ojos hacia San Rafael, Ambo, Tomayquichua, Huánuco, Chinchao y Tingo María. Es gratificante haber encontrado la crónica “En camino a la selva” de Macedo que expresa la sinceridad y responsabilidad social que tanto le reclamamos a los que hoy fungen de iconos de la literatura huanuqueña que son los mismos que ocultan y sepultan en el olvido a figuras que precursoramente se han ocupado de Huánuco. Si bien es cierto que Macedo falleció en Lima en 1991, sin embargo el testimonio de su paso por San Rafael, Ambo y Tomayquichua, distritos de la provincia de Ambo, sigue vigente como el curso del río Huallaga. La escritora Macedo, esposa del reconocido pintor Enrique Camino Brent, nos ha dejado las siguientes impresiones de Ambo:

“Cerro queda atrás, luego otra vez la Puna, ya amarillenta de ichu y con espinas bravías que son su única vegetación.

Soledad abrumadora y frío cortante. El viento silba sin descanso en los pajonales y solo algunos pájaros grises se atreven a desafiar el aire helado corriendo por las lomas áridas. Apenas dos o tres chozas de indios atenúan esta sensación de desamparo, pero aumentan un peso de miseria a lo yermo del paisaje.

El camino trepa, trepa y luego va descendiendo hacia tierras más cálidas. Ya son cactos verdes los que entran allí sus brazos y cabuyas azules se prenden de las laderas abruptas.

Un río salta espumoso y rugiente sobre su lecho de piedras, es el Pallanchacra que se une con el Huallaga en Salcachupán, límite casi de los departamentos de Junín y Huánuco.

Pueblecitos humildes con casitas de piedra y techo de paja se alzan a los lados del camino y sobre ellas flota, orgullosa y alegre al viento puneño la bandera nacional poniendo en la aridez del paisaje y la pobreza de los caseríos un íntimo sentimiento de Patria.

Pintoresco y variado avanza el panorama de tierra adentro. Los eucaliptos mecen sus troncos elásticos aromando el ambiente, los magueyes levantan sus flores, las retamas estallan en botones amarillos y olorosos y los sembríos van aumentando, son como telas de colores prendidas en los cerros inmensos. Los pueblos se diseminan por todas las laderas y bajan hasta llegar al río.

San Rafael se acuesta en la quebrada con sus alegres casitas blancas techadas de tejas rojas y amarillas bajo el sol.

La vegetación es aquí más amable, los sauces dialogan con los molles y los naranjos a orillas del verde y rumoroso Huallaga que ya no abandonará al viajero hasta Huánuco; y los cercos de alfalfa ponen su color intenso entre el rubio de los trigales.

Ambo llega detrás con sus calles rectas bien cuidadas y el sol caliente que arranca aromas de lujuria a las huertas que lo rodean. Naranjos inmensos y lustrosos cargados de frutos maduros, cafetales bajo los paltos escondiendo sus racimitos rojos y diminutos… papayas trepadas en los troncos verdes tentando con su jugosa madurez. Toda la exuberancia de un clima excepcional puesta de manifiesto en los productos de la tierra.

El valle es abierto y fértil, los sembríos de caña rumorean al viento y parecen repetir el nombre de aquel caudillo que levantó las indiadas de sus haciendas en una época convulsa.

La vegetación cambia más y más. En la ribera opuesta del Huallaga se divisa Tomayquichua y sus casitas blancas de tejas rojas se esconden entre el verde joven de los naranjos que se levantan brillantes y opulentos alternando con las enredaderas y los cardenales rojo encendido. El pueblecito tiene una leyenda, se dice que allí nació la Perricholi, aquella figura la más popular de nuestro pasado virreinal, una de las más románticas también”.