ALFREDO ROLANDO Y EL SPLASHING

Por Israel Tolentino

El medio peruano es en general muy evidente, si se es joven se apuestan por expresiones contestatarias, irreverentes, inquietantes, agresivas… Conforme el sistema te va “institucionalizando” se pierde toda esa fuerza comunicativa y se termina como vendedor de cuadros bonitos con ideas feas (recordando a Vargas Llosa) quien, a propósito, como me dijo un reconocido curador, no sabe mucho de las artes visuales, hecho que comparto.

Ser actual y apoyarse en la tradición es un reto difícil, andar y fortalecer la continuidad civilizatoria. México y Brasil son ejemplos cabales en ese confronto. En el Perú, la tradición más arraigada es la del paisaje, hay que remontarse antes de Caral, hacernos pensar en topografías inabarcables. En la modernidad se tambalea la idea de paisaje, pues se intentó encasillarlo, terminando en el pintoresquismo post indigenista, un siglo de habitar un espacio ilimitado echado a la borda.

A pesar de esta mediocre mirada en la escena nacional, hallamos la obra original de Macedonio de la Torre (1893 – 1981), pintor nacido en Usquil (Trujillo). Los cuadros de Macedonio plasman el paisaje sin regocijarse en los empalagados excesos técnicos, viene de vivir y formarse en Europa, de sentir de cerca las vanguardias, el uso de la espátula le da rapidez en el proceso de pintar y lentitud y meditación en llegar a esta solución.

Alfredo Rolando, es su sobrino nieto, cuenta el artista: “inspirado por una obra de Macedonio, a la edad de 4 años, cogí los oleos de mi tía Mercedes un día que ella salió de la casa, para pintar su primera obra de arte, un abstracto”. Alfredo es un hombre cosmopolita y decantado la expresividad de su tío abuelo ha logrado encontrar su propio método y proceso creativo, él le llama splashing (salpicando) una técnica distante en el movimiento de la mano con la arrogante expresividad de Jackson Pollock, quien llevando al límite la técnica del dripping (goteo) ha conseguido hacer de esta su sello, su marca.

Esa mañana, Alfredo con su maleta y par de lienzos en blanco, caminaba por la calle principal mirando las actividades propias de domingo, luego de un rato, cruzaba el puente Emperador y subía con dirección a La capilla, un mirador del pueblo.

La cuesta estaba húmeda, la lluvia del día anterior había dejado resbaladizo el caminito, sus ojos se adentraron en la selva alta buscando un motivo que le inspire colorear sus acciones. Alfredo desmonta todo el equipo andariego que cabe en su espalda y como los artistas que han descubierto las bondades de pintar al aire libre, emplaza su mecanismo artístico; la mirada es espléndida, abajo el pueblo con su río y camino se divisa silencioso, el verde cubre todo el espacio, el calor empieza a quemar y la sed obliga a beber agua una y otra vez.

La acción de Alfredo no consiste en pararse frente al escenario y buscar un rincón que imitar, él encuentra en el paisaje un puñado de emociones y las traslada en su técnica splashing sobre el lienzo que con tanto afán a cargado sobre sus hombros. Baja el sol y el ganado que pasta cerca empieza a trasladarse, el pintor recoge sus pertrechos, su faena por este día a concluido, el hambre y la sed bajan con él y con cuidado los lienzos preñados de color. El artista vuelve a caminar, otro lugar del país le espera.

De las selvas de Macedonio de la Torre, metafísicas pinturas donde la imagen pierde sus formalidades para mostrar todo el mito per viviente en cada trozo de verdor, Alfredo contemporiza las formas de Macedonio con mucha autoridad, como pintor y como descendiente de mítico artista. Hay una diferencia sustancial entre ser seguidor de la obra de un creador y ser un continuador de su pensamiento, con los aportes de tu personalidad, Alfredo Rolando tiene de lo segundo en buena medida, cada vez disponiendo su material frente a un nuevo encuentro con el paisaje, sin distinción de territorio, esta vez Pozuzo, otra el Cusco o Lima.

La pintura como técnica acompaña a sus movimientos y velocidad, busca medir sus logros, hacer pruebas, el arte recuperando la participación de todo el cuerpo y encontrando en esa maraña de líneas y distancias el motor interno que hace del artista un perseguidor de emociones, un inventor de signos para expresar lo invisible (Pozuzo, noviembre 2023).