Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Algo está rematadamente podrido en el Perú, y no es solo la vetusta, la rancia, la decrépita derecha, que durante por lo menos los últimos treinta años ha venido gobernando el país con tanta pero tanta eficacia en el ámbito socioeconómico, que ha empujado a la mayoría de peruanos a cometer la sandez, la insensatez, la necedad, de colocar en la presidencia de la República a un sujeto no solo ya célebre por su probada ignorancia, por su demostrada incompetencia, sino además seriamente cuestionado por hallarse investigado por actos de corrupción como no lo había estado ninguno de cuantos lo precedieron en el cargo, lo cual, con lo que se sabe de las bellaquerías de estos últimos, ya es mucho decir.
Algo está, a decir verdad, absolutamente jodido en el Perú, y, por más que parezca mentira, tampoco es la izquierda. Y no lo es, desde luego, porque, como ha quedado demostrado en los últimos meses, en que los peruanos en general hemos sido testigos de cómo una sarta de delincuentes se levantaba en peso la hacienda pública, y esto a vista y paciencia de todo el mundo, en el Perú no existe la izquierda. El asqueroso y cómplice silencio de quienes se habían llenado la boca durante años pregonando a los cuatro vientos que representaban, por antonomasia, a esa entelequia llamada “pueblo”, ese repugnante y abyecto silencio de aquel amplio sector de nuestra política bajo cuya denominación, izquierda, llegaban a agruparse tirios y troyanos, ha probado con creces que la susodicha izquierda, hechas las sumas y las restas, efectivamente no existe.
Realidad esta que solo puede llevarnos a la irremediable y sobrecogedora conclusión de que lo que en realidad está rematadamente podrido, absolutamente jodido en el Perú no es otra cosa que la tan necesaria capacidad de indignación que deben poseer todas las sociedades, al margen de los colores políticos con que se vistan sus gobernantes de turno. Y cuando hablamos de “capacidad de indignación” no nos referimos, por supuesto, a esa suerte de propensión, hoy muy de moda, sobre todo en el mundo paralelo de las redes sociales, a andar pegando el grito al cielo por cuanta cojudez, nimiedad o ridiculez se le ocurra a la gente. Y sabido es que se le ocurren no pocas.
La “capacidad de indignación” de la que hablamos es de aquella capaz de despertarnos el enojo, el enfado y hasta la ira, sí, pero no ya a causa de alguna de las innumerables majaderías por las que en la actualidad la mayoría de las personas suelen verse indignadas, sino en virtud de cosas por las que valga verdaderamente la pena el montar en cólera. Cosas del tipo de la falta de probidad de quienes gobiernan el país, por ejemplo. Porque, si, por un lado, somos capaces de rasgarnos las vestiduras, ¡y en qué medida!, porque a una imbécil le haya dado por armar tremendo escándalo porque durante el desarrollo de una clase alguien la llamó “compañera” en lugar de “compañere”; y, por otro, somos incapaces de que se nos mueva un solo músculo de la cara, a pesar de que llevamos ya un año, ¡un maldito puto año!, viendo cómo la sarta de impresentables y delincuentes que nos gobiernan hoy desde el Ejecutivo y Legislativo hacen lo que les da su puta gana con el país; pues resulta evidente que “hideputas” es lo mínimo que nos hubiera dicho Cervantes.
¿O acaso puede ser posible que, sabiéndose lo que ya se sabe acerca de los casos de corrupción en que se encontrarían envueltos el presidente, sus familiares y muchos de cuantos lo han acompañado hasta ahora en el gobierno, además de uno que otro congresista, los peruanos sigamos actuando como si aquí no pasara nada? ¿No fue acaso por muchísimo menos por lo que la ciudadanía en su conjunto se puso de pie en su momento, y no paró hasta mandar a su casa al expresidente Merino? ¿Dónde carajos están ahora esos miles de defensores de la patria que, bandera en mano, marchaban sin descanso por las calles y plazas de las principales ciudades del país, exigiendo, como correspondía, la inmediata salida del oportunista ese?
Que las grandes figuras de la dizque izquierda peruana hayan preferido meterse la lengua en el culo, cuando lo que deberían haber hecho, si en verdad les interesara el bienestar de la población, era condenar con energía y sin cortapisas las bellaquerías que se venían cometiendo en el gobierno del impresentable, es cuestión por la que ya la historia las juzgará. Y es que aun cuando sabido es que, en política, lo mismo que en muchos otros órdenes de la vida también, resulta más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro, ello no debería ser óbice, sin embargo, para que los ciudadanos de a pie, aquellos que al margen de ser de derechas o de izquierdas estén ya cansados del triste espectáculo que día a día nos presenta este gobierno, tomen de una vez por todas al burro por las orejas, y hagan valer su derecho constitucional a la protesta, a la hoy más que nunca necesaria protesta.




