Por Jacobo Ramirez Maiz
Después de viajar por la Carretera Central con destino a Tingo María, se llega a Chullqui. Y, por un camino de herradura, después de unos cuantos minutos, llegamos a Cochagora, un pueblito que se encuentra, como casi todos los pueblos de nuestros alrededores, abandonado. Las paredes de algunas casas están pintadas con propagandas de candidatos, las mismas que felizmente se están borrando por la inclemencia del tiempo.
Su casa comunal, su capilla, su campo deportivo, muestran soledad desde todos los ángulos desde los que se miran. Pero en las chacras puedes observar la papa floreando. También el maíz, las habas y las calabazas, que son cuidados por campesinos que levantan la mirada al vernos pasar.
Sentir la fragancia de la muña y el viento frío que ingresa por tus fosas nasales hace que valga la pena visitarlo. Caminar por esos espaciosos solitarios es reconfortante para la vida. Pasos más arriba, están las ruinas arqueológicas. Aceleramos el paso, queremos recorrerla.
Llegamos a Achasgoto, nos dice Adrián, que es un lugareño y conoce este espacio como las palmas de sus manos. Es una lástima que esté en ruinas, literalmente hablando. Se nota el abandono del Ministerio de Cultura, que no hace nada por este espacio histórico. Las construcciones son de piedra con barro, y se resisten a caerse para hacernos recordar que ahí vivieron nuestros antepasados. Vemos las huancas clavadas por diferentes lugares. Nuestro guía nos manifiesta que son señales de tapados o huacas.
Caminamos con cuidado para no rodarnos. Cansados, nos sentamos en una cima. Desde ahí se contempla por un lado el valle de Churubamba; por otro, Acomayo; y, por otro, la cumbre de Molinos, que da a Panao. Mientras contemplamos el paisaje, Adrián nos cuenta que ahí existe una laja enorme que tapa una cueva en donde se encuentra oro, y que los que han intentado sacarlo han perdido la vida o se han vuelto locos, porque el cerro es demasiado chúcaro.
Mientras chacchaba y hacía su ofrenda al cerro, observó a un costado, se levantó y movió la maleza. Había una especie de puerta con paredes de piedra. Con sus ojos de águila, divisó y en un rincón vio una vasija pequeña de barro, lo recogió y nos la entregó, diciéndonos que el cerro nos agradecía por los regalos que le habíamos dado. Yo quería que me agradezca con una olla llena de oro, pero lamentablemente no fue así. Es una cerámica pequeña y hermosa que guardé en mi mochila, y hoy, mientras escribo, la contempló admirado. Nuestro guía también nos cuenta que hay muchas personas que van a escarbar buscando la chicha de la eterna juventud. Sin embargo, cuando están por encontrarlo, normalmente de un picazo o un barretazo, rompen la vasija, y el contenido que les puede mantener eternamente jóvenes se esparce por la tierra. Y recalca que gracias a ellos las tierras que rodean a las ruinas son muy fértiles y no envejecen fácilmente.
Después de escuchar esa y otras historias, comenzamos a bajar observando cada espacio. Así llegamos a un lugar donde apaciblemente descansan dos momias que están mirando hacia la entrada del pueblo. A su alrededor, huesos de diferentes tamaños. Adrián saca unas hojas de coca, las pone a los costados de las momias y les da las gracias por permitirnos haber recorrido su espacio.
Después, mientras regreso a la ciudad bulliciosa, pienso que sería bueno que nuestras autoridades invirtieran en la recuperación de zonas arqueológicas en vez de estar organizando fiestas, y que, si eso hicieran, estoy seguro de que Huánuco se convertiría en una de las regiones más importantes para el turismo.
Por mi parte, regresaré algún día a ese espacio, y ojalá encuentre la chicha de la eterna juventud para mantenerme chiuchicito toda la vida, o si no encontrarme el tapado para ser millonario y comprarme un parapente para andar volando, porque ya me canso de caminar.
Las Pampas, 14 de setiembre de 2023.




