Jorge Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Es menester reconocerlo: hemos hecho el papel de idiotas; de acabados, de rematados, de redomados idiotas. Y, lo que es peor, lo hemos hecho durante una punta de años. Tantos como los que contamos desde el inicio de la dictadura hasta nuestros días; lapso que, aunque parezca mentira, va camino ya de las tres décadas. Que hemos hecho el papel de idiotas, decíamos, porque, ignorantes de lo que en realidad ocurría (¿hace falta decir que ante nuestras propias narices?), asumíamos que el sector de la población en el que el fujimorismo tenía a sus más incondicionales seguidores; ese que, sin importarle (o, más bien, importándole, pero un maldito carajo) lo que los impresentables del partido naranja estuvieran haciendo con el país, seguía, no obstante, moviendo el culo al son del “Ritmo de la china”, no era otro, no podía ser otro, que el de las clases sociales más desposeídas; aquellas que, por circunstancias que en muchos casos resultan ajenas a la voluntad de quienes las conforman, carecen de ordinario de elementos de juicio que les permitan advertir la verdadera condición, la verdadera deleznable naturaleza, de quienes tienen por líderes, de quienes eligen como gobernantes.
Pues no. No era así. Hoy sabemos que no era así. Por lo menos no en la medida en que lo creíamos. El verdadero bastión del fujimorismo no estaba en las clases sociales más bajas, no; estaba en el que llamaremos su extremo más opuesto, el conformado por ese grupo minoritario, pero altamente influyente, al que se conoce como “los dueños del Perú”. Da cuenta de ello el hecho de que haya quedado plenamente demostrado, gracias a las delaciones realizadas como parte de las investigaciones que se le siguen a la señora Keiko Fujimori por el dinero recibido para sus campañas presidenciales de 2006 y 2011, que algunos de los hombres más poderosos del país, esto es, los dueños de los más importantes grupos empresariales del Perú, léase propietarios de bancos y mineras, por referirnos solo a algunos, habrían entregado ingentes cantidades de dinero a la “señora K”, como si de la cosa más natural del mundo se tratase, para financiar su campaña. Esto bajo el argumento estulto de que lo que querían preservar estos desprendidos y bien intencionados señores, pobres hombres que solo buscaban mantener la estabilidad del país, no era otra cosa que nuestro dizque sacrosanto modelo económico. Tira de pendejos.
Si de lo que en realidad se trataba era de “asegurarse” de que quien ganara las elecciones presidenciales fuera alguien a quien, llegado el momento, le podrían “cobrar”, ¡y en qué medida!, el apoyo económico brindado durante la campaña. ¡Qué defensa del modelo económico ni qué ocho cuartos! Por lo que velaba esta sarta de comodines era por sus propios intereses, y punto. Importándoles poco o nada que a quien estuvieran ayudando a hacerse del poder fuera nadie más y nadie menos que la encarnación de la peor etapa de nuestra historia política, del más sucio período por el que atravesó el país en sus ya casi doscientos años de historia Republicana.
Y como inversión es inversión, importó poco que la “señora K” perdiera las elecciones por dos ocasiones consecutivas, porque, igual, nuestros diligentes inversionistas encontraron la manera de “cobrárselas”; y lo hicieron, como es de público conocimiento, apelando a los “favores” que les podían hacer desde el Congreso. Y no solo, claro, por parte de los ilustres miembros de la bancada naranja, sino también de más de un personajillo perteneciente a alguno de los demás partidos integrantes del Legislativo. Ahora se entiende, por ejemplo, la dación de leyes que implicaran la obtención de escandalosos beneficios tributarios por parte de ciertas conocidas empresas. Amén de un sinnúmero de “favores” con que a la corta o a la larga terminaron beneficiando a sus generosos financistas.
Como sea, es importante advertir que, al margen de que a poco más de un mes para que elijamos al nuevo Congreso, aún haya un altísimo número de electores que todavía no tienen decidido su voto, existe un significativo porcentaje de peruanos que, según refieren las empresas encuestadoras, colocan al fujimorismo como segundo en intención de voto para las elecciones congresales de enero del próximo año. Solo que, a diferencia de lo que hasta no hace mucho creíamos, hoy sabemos que el nada desdeñable lugar que ocupa ahora el fujimorismo no solo se debe al apoyo de la llamada “gente del pueblo”, que, inexplicablemente, todavía insiste en ver a los Fujimori como una suerte de mesías, sino también y sobre todo, gracias al apoyo de cierto sector de los “empresarios”, de los “emprendedores”, de los “poderosos” del Perú, que ven en la “señora K” a la mejor aliada para llevar adelante las reformas constitucionales y las iniciativas legislativas que les aseguren la obtención de los beneficios a que ya se encuentran acostumbrados. Así las cosas, que no sorprenda a nadie que el próximo Congreso, y el próximo y el próximo y el próximo, siga siendo más de lo mismo. Que no sorprenda a nadie.



