CHILE, HORA CERO

Escribe: Ronald Mondragón Linares

La escolástica de la doctrina neoliberal no admitía el cuestionamiento del “exitoso” modelo económico chileno y consideraba una verdadera herejía el rechazo de tan notable modelo de desarrollo. En los círculos académicos y mediáticos del pensamiento dominante, la sociedad y la economía chilenas eran ejemplarizadoras y un paradigma a seguir, a partir del sangriento golpe de estado perpetrado por el general Augusto Pinochet en 1973 contra el presidente socialista Salvador Allende.

Abiertamente avalado por EE.UU, el golpe de estado entrañaba mucho más que una piedra en el zapato para los norteamericanos. Era la expresa manifestación de su posición geopolítica e ideológica: no tolerar, bajo ninguna circunstancia, la irrupción de nuevos estados socialistas en la región, sobre todo luego del fracaso del intento de invasión a Cuba para derrocar al régimen liderado por Fidel Castro.

¿Qué ha provocado, en realidad, el violento estallido del volcán social que es ahora Chile? La cifra de muertos va en aumento, y ya son millares los detenidos por las protestas de grupos que luego se convirtieron en masas marchando por las calles –no solo en Santiago- como una incontenible marea humana.

El detonante fue algo tan gris y corriente en las noticias periodísticas de sociedades neoliberales: el alza en las tarifas del Metro. Un detonante realmente revelador, pues mostró solo la punta del iceberg. Debajo, sumergidas en las turbias aguas de un capitalismo salvaje, yacían las contradicciones, los abismos y las ruindades sociales. Algunos sociólogos emplean, para ilustrar la dimensión del problema, la metáfora de una verdadera “olla a presión” en que se había convertido la sociedad chilena.

En efecto, a partir de la década de los 80, pocos años después de la instauración de la dictadura, se inicia con fuerza un proceso tan a gusto de los gobiernos neoliberales; un proceso que configura un modelo económico de exclusión y la ortodoxia que ello implica en términos de ajuste fiscal, privatizaciones a diestra y siniestra, distribución injusta de la riqueza, saqueo de los bolsillos de los contribuyentes condenados a la pobreza (vía las AFP), desigualdad insondable en materias fundamentales de salud y educación, así como el decaimiento total de la capacidad adquisitiva de cada vez más grandes sectores populares (la protesta iracunda “solo” por el reajuste en el precio de los pasajes de servicio de transporte público es una prueba irrefutable de lo anterior). “ No son 30 pesos, son 30 años de abuso”, dijo un sindicalista, explicando el trasfondo de las protestas.

Datos contundentes y casi de terror: el 1 % más rico de Chile se quedó con el 26,5 % de la riqueza en 2017, mientras que el 50 % de los hogares más pobres solo obtuvo el 2 % de la riqueza del país (CEPAL,”Panorama social de América Latina”, 2018). Desde 1981, la educación escolar y superior se convirtió en un gran negocio y solo acceden a sus beneficios los que tienen mayores ingresos -¿no les suena todo esto familiar, estimados lectores?-. En relación a la salud, pilar fundamental de toda sociedad auténticamente democrática, también desde los ochenta, se redujo drásticamente el gasto en el sistema social sanitario, creándose los Institutos de Salud Previsional (Isapres), cuyo promotor fue el hermano del  presidente Sebastián Piñera.

Si no fuera poco este dantesco cuadro social que propician los sectores más reaccionarios y neoliberales de Latinoamérica, está la respuesta del gobierno presidido por Piñera. El recuento de muertos se acerca a la veintena, y tanto los carabineros como los militares no tienen los más elementales códigos éticos al enfrentarse incluso con niños y adolescentes, en imágenes escabrosas que fueron difundidas sobre todo gracias a las redes sociales y organizaciones sociales y humanitarias del mundo.

Precisamente, el pasado martes  22, la Asamblea Autoconvocada de Escritores de Argentina hizo público un pronunciamiento en el cual se solidariza con el pueblo chileno, repudia la cobarde represión del gobierno y respaldaron la protesta social, ya que es una “libre expresión y manifestación de los pueblos”. 

Después de varias décadas, las botas vuelven a retumbar, desaforadas, en el suelo “democrático” de Chile. Pero no hay miedo en los miles y miles de manifestantes que, realmente, protestan contra la exclusión y la desigualdad de un régimen, bellamente decorado de democracia, que solo gobierna para unos pocos.