Arlindo Luciano
La violencia nunca más será la partera de la historia. La violencia no fortalece la democracia, no promueve el desarrollo de los pueblos ni el bienestar de los ciudadanos. Las guerras y la “lucha armada” hoy representan la brutalidad, la incapacidad de resolver conflictos dentro del marco de la ley y el regreso infame a la barbarie. Si bien la política es una institución desprestigiada, convertida en estercolero por la corrupción, sin embargo, son los políticos los que gobiernan con todo el esfuerzo posible que les permiten sus capacidades de liderazgo, de gestión, lejos de quejarse como un Jeremías, y condiciones personales para conducirse en el poder con serenidad y equilibrio. Parafraseando a César Vallejo, la violencia nos agarra por el cuello en la familia, la salida del banco, en la calle, en el barrio, en la institución pública y privada con el maltrato y el abuso. ¿Cuándo vamos a hacer una movilización, un paro regional, pacífico, contra la violencia a la mujer o exigiendo mejor calidad de educación?
¡Algo hay que hacer! La indiferencia avala sutilmente la violencia. La indiferencia (“eso no es mi problema”, “con tal que no sea yo”), la permisibilidad (“aguantar heroicamente una agresión”), la tolerancia consciente o el “ya pasará”, porque todo pasa, contribuyen a reforzar la práctica devastadora de la violencia. A la agresión física o sicológica hay que ponerle freno, pues debe prevalecer nuestro “amor propio”, la autoestima y la autovaloración.
El feminicidio va adquiriendo matices más crueles, sangrientos, brutales. No solo mata a la mujer, sino que el homicida actúa con sevicia, perversidad y con absoluto desprecio por la vida y el respeto al prójimo. ¡Esto tiene que parar! Ni los veinticinco años de prisión ni la cadena perpetua parecieran disuadir a los feminicidas. Las cárceles se llenarán de criminales, mientras no se cambie esta realidad, la actitud e inteligencia emocional de los ciudadanos. Nada justifica la violencia contra la mujer, contra niños ni contra el varón. Ninguna manifestación de violencia corrige ni enmienda. La letra con sangre entra en la escuela es un método obsoleto, violentista, agresivo y con nulo respeto por la dignidad e integridad de los estudiantes. Hoy existen estrategias preventivas y disuasivas para controlar la disciplina y promover un clima de convivencia democrática.
El punto de partida de la violencia es la ausencia total de respeto mutuo. En las redes sociales, el insulto es tan natural como un elogio. La intolerancia a la frustración, la incapacidad de soportar una discrepancia o animadversión, la poca paciencia para alguien que se equivoca haciendo se han convertido en el caldo de cultivo para la afrenta, incontinencia verbal, difamación e injuria. En política se convierte en causa de críticas y búsqueda de culpabilidad. Se pierde horas de trabajo quejándonos de nuestras desgracias e incompetencias, frustraciones, de las cosas que salieron mal. El papel de víctima, en vez de ser protagonista, nos cae como aro al dedo. Así se cumple que vivimos en un “valle de lágrimas”. Nos cuesta asumir nuestras responsabilidades propias. Si pierdo mi billetera en el mercado de quién es la culpa: ¿del ladrón, de los concurrentes que caminan en fila india por la vereda, ausencia de la PNP o del serenazgo? Con toda seguridad nos dolerá el dinero, las tarjetas, los documentos personales; estallaremos en cólera y despotricaremos contra los presuntos culpables.
La educación integral, transversal y trascendental podría ser la solución. La escuela no es mejor o peor por la infraestructura, el equipamiento y el mobiliario, sino por la calidad del desempeño del docente, el interés del estudiante y la colaboración de los padres de familia. La enseñanza no es de calidad cuando el estudiante más conocimientos sabe, más problemas de matemática resuelve, sino cuando le sirve ese conocimiento para resolver problemas en su vida diaria, cuando tiene utilidad para actuar con autocontrol emocional. De sabios, enciclopédicos, polígrafos, eruditos, de títulos y grados académicos está repleta la sociedad. Hay universidades con licenciamiento, muchos profesionales tienen sueldos envidiables, que otros que no pasan del mínimo vital, pero la violencia sigue, continúa como un tren sin conductor, crece como una bola de nieve que desciende de la montaña.
¿Andamos mal de salud mental? No es normal que se ejerza la violencia para resolver problemas. La patada, el insulto, el puñetazo, la toma de carreteras, el incendio de vehículos, la quema de llantas contaminando el escaso aire impoluto que existe, un paro, no resuelve problemas con sostenibilidad. Mientras no haya control ni autocontrol emocionales, la violencia contra todos aumentará. La educación no se reduce a meter a la cabeza de nuestros hijos el deseo de hacerse profesional, ganar todo el dinero posible porque eso el signo más notable de éxito y prosperidad. Podemos vivir en la mejor zona de confort, ganar millones, vivir en palacios, viajar ochenta veces alrededor de la Tierra, pero si no somos buenos ciudadanos, si no respetamos al prójimo ni entendemos que vivimos para ser felices, de nada servirá el esfuerzo por acumular fortuna y propiedades.



