Jacobo Ramirez Mayz
Sentado en el banquito, contemplo cómo las gotas de agua caen una tras otra. El olor de la tierra seca llega a mis narices, y lo disfruto. El ambiente está oscuro; apenas son las tres de la tarde, pero parece que fueran las seis. El cielo está cargado de nubes negras. Veo un zorzal que se posa en el palto y canta. Mi madre me dijo que, cuando eso sucede, es porque la lluvia será fuerte. Sus palabras resuenan en mis oídos como si estuviera a mi lado.
Me levanto y entro a la cocina; un café bien cargado puede menguar el frío que siento. Mientras pongo la tetera, un destello ilumina toda la casa. Recuerdo mis clases de física y a mi profe Gino Allende, quien una vez me explicó que, cuando vemos un rayo, debemos contar los segundos hasta que oigamos el trueno. Luego, multiplicamos ese tiempo por 300, y el resultado nos dará la distancia a la que cayó el rayo. Ese día conté dos segundos. Mi casa tembló y un estruendo ensordecedor se oyó. Quise escapar como un cobarde. Llegué al hall y otro relámpago iluminó el cielo. Esta vez ya no conté; simplemente esperé el trueno, que sonó unos segundos después, pero ya un poco más lejos.
—¡Carajo! —exclamé—. A mi edad, un rayito me asusta como si un ucush hubiera visto un gato. ¡Qué mierda! Si hay que entregar la jeta al Soberano, hay que hacerlo de pie —me dije.
Mis pelos, que se habían erizado, volvieron a la normalidad. Fue en ese momento cuando la lluvia dejó de ser una simple garúa para convertirse en chorros de agua.
Entonces, de nuevo, mi valentía me abandonó. Se me arrugó el ombligo, me puse peripatético y recordé que mi madre decía que, cuando hay lluvias y rayos, es porque San Pedro está cabalgando con fuerza y está molesto. Eso podría traer consigo desastres naturales.
Me imaginé a San Pedro montado en un caballo negro, galopando en el cielo y riéndose de nosotros, los humanos, aquí en la tierra. Me puse macho y le dije:
—De mí no te vas a reír, wepla y miércoles.
Otro rayo brilló a lo lejos. Conté y llegué hasta treinta segundos. Me alegré: estaba fuera de peligro. Me vino a la mente una frase que decía: “No es mi problema, es tu problema”.
Me serví mi café. La lluvia era torrencial. Agarré mi celular para revisar Facebook y comencé a leer que, en diferentes partes, desde Huaracalla hasta el Valle, estaban bajando huaycos. El río Huertas había crecido tanto que estaba inundando el mercado de Ambo. Entonces recordé cuando mi madre me contó sobre el huayco del Valle hace casi veinte años.
Ese día —me dijo— bajaron piedras, barro y mucha agua desde las alturas. Delante del lodo venía un chivo balando con tanta fuerza que los que escuchaban sus gritos se escondían en sus casas. Mi madre contó que, por donde pasaba el chivo, el huayco lo seguía. Entró a la casa de unos evangélicos que estaban rezando y se los llevó consigo. Encontró a un par de borrachitos y los arrastró. Luego, alcanzó un corral donde había cerdos robados y los tapó con piedras. Más adelante, en la carretera, halló a un camionero que en ese momento recordaba una noche de placer y lo cubrió con todos sus pensamientos. Fue entonces cuando el chivo, que es un huaracuy, se sacudió, y el huayco se esparció por distintas partes. Finalmente, se dirigió hacia el río y, con un fuerte grito, desapareció.
Recordando esa historia, me puse a pensar en qué pasaría si bajara un huayco por la quebrada que está a unos doscientos metros de mi casa. Me puse mis botas, un poncho de plástico y salí a ver si había alguna señal de desastre. Todo estaba tranquilo. Me imaginé una serpiente, un toro o un chivo bajando delante del huayco y dije:
—Si eso sucede, voy a atraparlo y llevarlo a las municipalidades y al gobierno regional para que cumplan con su trabajo.
Hasta ahora, cada vez que llueve, bajo a la quebrada con ese deseo y ruego a los apus que escuchen mis súplicas para que mi sueño se haga realidad.
Las Pampas, 13 de marzo del 2025.




