Por Arlindo Luciano Guillermo
En mi agenda estaba el comentario sobre la novela histórica El general en su laberinto. De súbito, sin que me dé cuenta, surge, como un delfín acróbata, desde mi subconsciente, la indignación que, en un tris, somete a la razón, la tolerancia y a la paciencia de monje tibetano. El sábado 6 de abril -el día anterior se conmemoraron 32 años del autogolpe de Alberto Fujimori- en radio Studio 5, escucho la entrevista de Rubén Valdez a José Espinoza Zevallos, abogado, docente universitario, experto en derecho constitucional y derechos humanos. Oírlo me entusiasma, tengo la esperanza de que los intelectuales tienen un rol ineludible cuya opinión sirve para el esclarecimiento de la coyuntura política y su porvenir inmediato y a largo plazo. No hay que olvidar que la historia es cíclica, recuerda Carmen Mc Evoy. Lo que vemos hoy, en la política, empezó después de la batalla de Ayacucho, se acentuó con el militarismo en el siglo XIX; hubo magnicidios: José Pardo, José Balta, Sánchez Cerro, ajusticiamiento público de los golpistas Gutiérrez. Se llegaba al poder con sable, fusil o fraude electoral. Los intelectuales -los pensadores por excelencia- se encargan de dar a los ciudadanos luces para comprender mejor los avatares de la política, la ruta para resolver problemas, denunciar los abusos de poder, el uso indebido de los recursos del Estado y la entrega de prebendas aprovechándose del cargo público. No se pueden tomar decisiones sin argumento ni lucidez. Si un par más de profesionales, como Pepe Espinoza, se atrevieran valientemente a dar una versión de los hechos políticos, tendríamos un panorama más auspicioso para el cuestionamiento, oposición y freno a los desmanes en el poder. ¿Dónde están los intelectuales de Huánuco? ¿Han escondido la cabeza en la tierra como avestruces? ¡Intelectuales de Huánuco, despierten! ¿Dónde están los opinólogos y líderes de opinión de las universidades?
Leo “Matices”, editorial de CH, en Hildebrandt en sus Trece, (5-4-2024), y me da el tema para escribir. Los poetas de la Generación del 50 (Alejandro Rumualdo, Juan Gonzalo Rose, Manuel Scorza, Washington Delgado) no se quedaron callados ante la dictadura de Odría (1948-1956), lo cuestionaron con firmeza y públicamente, Bustamante y Rivero había sido elegido democráticamente. El precio fue la cárcel, el destierro, la persecución, el hostigamiento y el afán de liquidarlos. No aceptaron el autoritarismo ni la dictadura parlamentaria, no le tuvieron miedo a la disensión, defendieron, desde su posición de artistas y la palabra, las instituciones y el respeto ciudadano. Es mejor -en estos tiempos- vivir como espectador, defendiendo una cómoda zona de confort, conservando miserables parcelas de poder, comiendo la bazofia del rey. El problema del país es un asunto de políticos, no míos, podrían decir. La maldición impera en Perú: amnesia histórica (la peste del olvido de Cien años de soledad), abulia social, aversión política, depredación del Estado impune; la democracia está en UCI. ¿Dónde están los poetas, novelistas, dramaturgos, cuentistas, críticos literarios? ¿Qué tienen que decir u opinar los artistas? No basta escribir bien, sino mostrar un compromiso sincero con la sociedad y la historia. Nadie escribe de la nada. No digo que deben quemar llantas o bloquear carreteras. Escribe Hildebrandt: “No puede ser verdad, pero hay testigos”, decía Rumualdo. Y ellos, los poetas, testimoniaban la podre de este país que volvía a manos de los encomenderos y elegía a un cachaco para darle con palo a la gente y con palo también a la esperanza. “Nos han robado el día y es nuestra la miseria”, gritaba Delgado, el que construía su país con palabras: “Yo canto en las matanzas, yo bailo / junto al fuego / yo construyo / mi país con palabras”.
Vaya suerte nuestra, vaya coyuntura que tenemos que tolerar en los medios de comunicación y en las redes sociales. La presidenta Boluarte dice que sus joyas (relojes Rolex) fueron compradas con el fruto de su trabajo honrado; hoy dice que se los prestó un ladino presidente regional. ¿Se puede ser tan teatral para mentir burdamente? Le pregunto a un ultraderechista sobre al caso Boluarte y me contesta: “Es la vil degradación de izquierda y derecha”. Yo, que estoy próximo al centro político, lo acepto. Deseamos un Perú estable para vivir en paz y tranquilidad, con instituciones públicas sólidas y confiables, con ejercicio irrestricto de la libertad de expresión, líneas editoriales independientes; que vivir no sea un instinto de sobrevivencia, sino un gozo y legítimo derecho. Yo no acuso, solo digo que las autoridades políticas deben asumir la responsabilidad de sus acciones. Somos una sociedad democrática que puede correr el riesgo de caer en un autoritarismo desde el Ejecutivo o Legislativo. Carecemos de líderes políticos íntegros, con discurso coherente y decente, que sepan sintonizar agudamente el sentir, desilusión, enojo, descontento de millones de ciudadanos. No deseamos confrontación beligerante entre bandos radicales e irreconciliables. La salida política es decir la verdad y asumir las consecuencias, cueste lo que cueste. La presidenta Boluarte debe dejar de contarnos cuentos chinos y sacar palomas de la chistera de mago. No somos “discapacitados mentales”, si lo fuéramos merecemos consideración y respeto; sabemos, sin embargo, distinguir los colores del arcoíris, la ruta de los argumentos, advertimos la malicia de las falacias, la astucia de los alegatos, las grietas de la ley, las cortadas desesperadas. Los peruanos somos emprendedores, tolerantes y trabajadores, honestos, pero jamás cojudos ni hazmerreíres.
En el siglo XXI, donde la civilización ha alcanzado la cúspide de la montaña, Putin bombardea e invade Ucrania y este resiste heroicamente, se tejen triquiñuelas legales para eternizar en el poder a Maduro, en Gaza corren ríos de sangre. En el Perú, la crisis de los Rolex tiene pronóstico previsible. Los intelectuales y artistas también tienen algo que decir sobre esta coyuntura política que socava diariamente el cimiento de las instituciones, la ciudadanía y el destino histórico de la nación. En la columna periodística “¿Qué hago yo por el Perú?”, publicado en PERÚ: reflexiones sobre lo cotidiano y la historia, Carmen Mc Evoy dice: “… sin una política de principios no existe posibilidad de construir instituciones sólidas” (Pág. 203). El mismo sábado encontré casualmente, en la Plaza de Armas, a Mario Malpartida y Andrés Fernández Encalada; conversamos sobre la amistad, reímos con algunas bromas, nos abrazamos, recordamos anécdotas de bohemia y periodismo. Fue un oasis espiritual ante tanto estrés político. Llamo a Pepe Espinoza y lo felicito por la entrevista en Studio 5. Mario me dice que reeditará Pecos Bill y otros recuerdos. La literatura siempre ha sido la extensión de la realidad social e histórica. Un escritor no puede resignarse a vivir dentro de una burbuja ni recluido en una torre de marfil. La mentira y el cinismo se han convertido en el deporte preferido de la política.




