SIETE: TINGALÉS

Por Israel Tolentino

Soy de Rupa Rupa de nacimiento, engendrado entre los platanales y el olor a yerba de monte, seguramente espantando ronsocos y paujiles. Una culebra roja con negro se cruzó en el camino de mis tres años, por eso desde entonces no he vuelto a Delicias, caserío donde di los primeros pasos y me sirvieron la primera taza de café.

He crecido mirando hacia la selva, con la espalda hacia el mar, en nuestros lugares el mar se miraba como una pared ancha e inexpugnable, los aviones parecían hechos para las películas, escapaba de los sueños viajar en esas aves de metal.

Tingo María es un lugar de paso, puedes enrumbar a Pucallpa o a Huánuco; a Monzón o Tocache. Tingo es el pueblo, el distrito se llama Rupa Rupa, vocablo de alguna lengua amazónica que se traduce como Caliente Caliente.

Cuando volví a esta tierra verde, el pelo me llegaba hasta los hombros, bajaba del frío de Ambo así que, Rupa Rupa, era un auténtico bracero. Aquella mañana llovía a torrentes, en pocos minutos la neblina había cubierto las casas de la vereda opuesta y las calles de cemento se habían llenado de cochitas (charcos de agua).  Cuando el calor retornó busqué la calle de las peluqueras, pasé y pedí me hicieran un corte clásico, donde las orejas hicieran una sombra como de extraterrestre.

Tingo María es selva alta, abierta a la sierra por el túnel “Carpish” y, pared medianera para llegar a la Selva Baja u Omagua, por otro túnel, el del “Boquerón del Padre Abad”. La explanada húmeda, un corredor de biodiversidad que se recorre en apenas tres horas de viaje.

Mis padres, muy jóvenes, llegaron por trabajo a este paraje donde al gentilicio tingalés se suma al mote despectivo por parte de los “charapas” de Pucallpa, que llaman serranos a los habitantes de la Selva Alta y, todo lo contrario, los huanuqueños de la región Quechua les llaman “selváticos”. Un estarse en el borde del encuentro entre los andes y la amazonia.

Vivir en algunos de los lados del territorio, exterioriza un conflicto de pertenencia, si bien uno llega al lugar y siente como si toda su vida hubiera crecido allí, los recibidores te hacen notar que sigues siendo extraño. Por ejemplo, para mis amigos limeños, siempre fui el bajado de la sierra y más allá de lo que ellos dijeran, nunca puede captar el sonido capitalino para mi voz, ni adentrarme completamente a sus formas de percibir su medio, me convertí entonces, en un “sacha citadino” algo así como ese animal selvático llamado “sacha vaca” o esa planta nombrada “sacha culantro” (que se parece, pero no es), bien, vuelto a la provincia, se descubre que uno es un “sacha provinciano”. Aunque el paladar se adapte con rapidez o te reconozcas en el ambiente, un sentimiento liminal te hace distinto. El organismo se adecua a la geografía en que se instala.

El inchicapi, que curiosamente tienen origen quechua (“Inchik” que significa maní y “api” que quiere decir sopa) fue uno de los primeros platos que merendé, seguro el maní y el maíz removieron la herencia serrana. En cambio, preparados como: el tacacho, la yuca, el añuje, el lagarto, el café, el aguaje y la carambola sucedieron en el paladar como sabores de siempre. Una incógnita que aún hoy es imposible explicar. Nos adaptamos para ser otro y quien sabe, en esa metamorfosis, nunca dejamos de ser desconocidos completamente, ni nuevos al cien por ciento. El sol de las montañas es el mismo para todos.

El río me llega al cuello, la señora de “Galli” está herida, le cayó un zapote en la espalda, eso nos impide regresar por el camino, tenemos varios costales llenos de frutas. Cruzamos el río turbio, interminable, sosteniendo y dejándonos llevar, junto con los bultos llenos de frutas, por la corriente lenta del río Uchiza. Hemos tenido que cambiar tradiciones, romperlas, dejarlas y en muchos casos abandonarlas, darse cuenta que ese no era el camino y había que dar vuelta, retroceder y buscar un nuevo rumbo.

La ciudad de la Bella durmiente, es el rencuentro con el origen, el retorno al punto de partida, cruza por el camino la culebra roja con negro, nos miramos fijamente y ella se asusta y escabulle entre las yerbas verdes que crecen con o sin nuestra cara (Tingo María, febrero 2024).