Por Arlindo Luciano Guillermo
“Desde que escribí mis primeros cuentos estuve convencido de que nunca llegaría a ser un verdadero escritor si no vivía en París”, decía Vargas Llosa. París era la “meca de la literatura y el arte”. Mario llegó a París en 1958, no había publicado ninguna novela, vivió hasta 1965. Ya estaba casado con Julia Urquidi. Descubrió a Flaubert, leyó obsesivamente Madame Bovary, consolidó su vocación literaria e hizo notables hallazgos, a través de la lectura y el estudio, de su creación literaria. Estuvo cerca de Jean Paul Sartre, guía ideológico indiscutible en la juventud y de Albert Camus luego de su alejamiento por razones políticas del autor de La náusea y El ser y la nada. En París acrecentó su interés por crear realidades paralelas, escribir con responsabilidad, afinó su talento literario; después de leer y descubrir a Flaubert, la literatura de Vargas Llosa cambió totalmente. Llevaba del Perú el insumo para La ciudad y los perros y La casa verde. Dice: “…en París, crecí, maduré, me equivoqué y rectifiqué, y estuve siempre tropezando, levantándome y aprendiendo, ayudado por libros y autores que, en cada crisis, cambio de actitud y de opinión, vinieron a echarme una mano y a guiarme hacia un puerto momentáneamente seguro en medio de las borrascas y la confusión”. Sin Flaubert, Sartre ni Revel, no sería el novelista, el ensayista ni el periodista que admiramos.
No vivir en París era ser “un bárbaro”, distante de la civilización cultural, del pensamiento moderno, de escritores y pensadores que agendaban la política, la literatura de vanguardia y las audacias artísticas en Europa e Hispanoamérica. No es lo mismo leer a Sartre y Camus que escucharlos y conversar con ellos. El jovencísimo Mario había llegado a la “tierra prometida” del oceánico Víctor Hugo-Los miserables había leído con voracidad en el Colegio Militar Leoncio Prado-; Flaubert y Madame Bovary fueron revelación en su vocación de escritor y rigor para escribir novelas; transitaba por las calles de Baudelaire – ese ebrio, feliz, ante el estupor de la hipocresía burguesa y católica-, Verlaine y Rimbaud, ese par de genios que hacían poesía furiosamente, se amaron con libre albedrío; sintió aún la presencia del Stendhal, admirado también por Bryce y Ribeyro, de Rojo y Negro y La cartuja de Parma; no dejó de sentir al conde de Lautréamont, “poeta de culto”, anterior a los surrealistas y André Breton, nacido en Uruguay, cuyo nombre de pila fue Isidore Lucien Ducasse. Estaba en el París de Sartre, Camus, Simone de Beauvoir, Jean-Francois Revel, Georges Bataille, Raymond Aron. Las razones y argumentos de su filiación liberal se registran en La llamada a la tribu (2018). Vargas Llosa no es liberal de pacotilla, inculto, repetidor servil, sino de convicciones, posturas firmes, aunque no comulguemos con él; esa es la tolerancia democrática que sus lectores practicamos con sus opiniones. Su incorporación a la Academia Francesa, cuyo discurso lo hizo en francés fluido, ha sido la cereza perfecta en la torta de su carrera literaria. Logró lo que quería: ser un ciudadano francés culturalmente, un hijo adoptivo, sin escribir una sola novela en la lengua de Flaubert, Víctor Hugo y Sartre.
Pocas veces aparecen libros brillantes -en contraposición a literatura circunstancial y periodismo banal- para leer y disfrutar artículos periodísticos de gran calidad temática, trascendencia cultural y performance lingüística, ensayos de profundidad asombrosa y perfiles de personajes públicos que remecieron la vida de ciudadanos y un discurso extenso de gratitud y admiración por la cultura francesa. Lectura crítica, reflexión pertinente y postura personal son las claves de Un bárbaro en París (2023. Págs. 281); revela sincera fidelidad a la literatura y cultura francesas, sin las cuales Mario hubiera sido un escritor más en América Latina y el mundo, jamás hubiera recibido el Rómulo Gallegos, el Cervantes y el Nobel en 2010. No tenemos que estar de acuerdo con Mario, solo leerlo y discrepar con argumento y legitimidad con su literatura y sus posiciones políticas, a las que critiqué, respeté con tolerancia. Un libro de ficciones no es el resultado de musas generosas, sino de trabajo, creatividad, investigación y lucha tenaz con el lenguaje; un libro de ensayos exige interés ideológico, lectura interpretativa, análisis sesudo, exposición de tesis, argumentación y debate enriquecedor. Mario es un extraordinario ensayista, un periodista cultural y provocador político. Su mayor felicidad hubiera sido que Keiko Fujimori fuera presidenta del Perú. Jamás negó sus posiciones liberales, su alergia contra los nacionalismos, mutilación de derechos individuales, partido único y desprecio por el comunismo. Mario es controvertido, cuestionable; ha claudicado a los principios de defensa de la libertad, la democracia, su rechazo a las dictaduras y autoritarismos, la decencia de liderazgos y partidos políticos.
Un bárbaro en París contiene el prólogo de Carlos Granés (compilador), 19 textos, el discurso de ingreso a la Academia Francesa y 18 referencias de libros, periódicos y revistas. Solo 5 textos proceden de El fuego de la imaginación (2022). En el prólogo se lee: “La atracción que ejerció Francia en él [Mario Vargas Llosa] empezó en la infancia, continuó en su juventud, se consolidó en la madurez y sigue vigente hasta el día de hoy, al punto de que siempre le dio más importancia a ser incluido en la Biblioteca de la Pléiade, el panteón de la literatura francesa, que ganarse el Premio Nobel”. Dice MVLl: “Apenas terminé el colegio, me matriculé en la Alianza Francesa para leer a esos autores dilectos en su propia lengua. Y, en todos mis años universitarios, seguí, desde Lima, la actualidad literaria francesa, sus polémicas y guerra de guerrillas, sus rupturas, alianzas y divisiones, tomando partido en cada caso con apasionamiento de catecúmeno”. Mario llegó a París y se incorporó rápidamente a la gente, cultura y contexto social; compró Madame Bovary y leyó hasta el amanecer, fascinado por la maestría de Flaubert. Los 21 textos de Un bárbaro en París se pueden agrupar así: prólogo (Carlos Garcés), testimonio personal (“El amor a Francia”), discurso de incorporación a la Academia Francesa (247-278), cinco artículos periodísticos o reportajes y 13 ensayos sobre Víctor Hugo, Flaubert. Flora Tristán, Paul Gauguin, André Bretón, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvior, Albert Camus, Jean-Francois Revel, George Bataille, Céline, André Malraux e identidad francesa. En todos ellos resplandece magistralmente lecturas intensas, investigación profunda, análisis, posturas firmes, argumentación sólida, tesis intrépidas y contundentes; hay lucidez, perspicacia, cultura, trascendencia.
Mario Vargas Llosa es un veterano periodista cultural y político; un lúcido, cerebral, severo crítico, reflexivo, corrosivo, admirador hasta la idolatría cuando es meritorio, erudito, investigador, ensayista sobre política, literatura, cultura, arte. A Vargas Llosa hay que leerlo con la sensatez y la tolerancia de un demócrata.




