EDUCACIÓN PREUNIVERSITARIA: ¿QUIÉN CONTROLA AL TIBURÓN?

Por: Jhon Cuellar
CITAS
“La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar al mundo”. Paulo Freire
“La educación es para el desarrollo integral, no para formar seres dóciles, automatizados capaces solo de producir, vender y consumir”. Claudio Naranjo
CENTROS PREUNIVERSITARIOS POR DOQUIER, LA HISTORIA VUELVE A REPETIRSE
Hace veinte años atrás, cuando apenas había egresado como muchos adolescentes de hoy y deseaba aprender lo que en cinco años no había aprendido por desidia o malos maestros, me topé con un sinfín de academias, de todo tipo, de todo color, de todo costo. Academias que te ofrecían el oro y el moro. Academias que rajaban de las otras academias. Academias que te mostraban resultados in crescendo pero que nadie supervisaba su veracidad. Academias que juntaban a 60, 80, 100 alumnos en una sola aula, como si se tratase de un gallinero.
En realidad, era una plaga de academias. Todo iba bien, hasta que alguien decidió tomar cartas en el asunto y se fueron cerrando las academias por diversos motivos: no tener autorización, no contar con local adecuado, amontonar alumnos (antipedagógico)… De ahí para adelante, apenas quedó una que otra academia.
La cosa estaba así de fría hasta hace cinco o seis años atrás en que aparecieron de sopetón varias academias. Lo cual es relativamente bueno, pues al haber competitividad se rompe el monopolio. Pero hoy las academias han aumentado como hace veinte años atrás. Contar los dedos de las manos no sería suficiente para abarcarlos a todos. Hay academias de diversos colores, ritmos, costos, tamaños…
¿QUÉ VIRTUDES TIENEN LAS ACADEMIAS PREUNIVERSITARIAS?
Nadie va a negar que las academias facilitan el ingreso de los estudiantes en las universidades, no de todos por cierto. Y… ¿a qué se debe? Una academia cuenta con profesores especializados en un determinado curso, profesores que dictan año tras año una sola materia, ahí su genialidad; garantizando una profundización que nunca podría aspirar un colegio, donde un docente dicta dos, tres y hasta cuatro materias.
¿QUÉ FALENCIAS TIENEN LAS ACADEMIAS PREUNIVERSITARIAS?
Muchas no cuentan con local propio ni adecuado, y menos con licencia de funcionamiento, tal y como se difundió por este medio. A ello hay añadiremos que el mobiliario no es el más indicado.
Al margen del costo por ciclo, que oscila entre S/400 y S/900, se destina entre 40 y 120 alumnos por aula, en el mejor y peor de los casos. Lo cual resulta antipedagógico y de poco provecho para el estudiantado.
La plana docente no es la más idónea. Es cierto que las academias cuentan, en su mayoría, con docentes selectos, pero siempre se pasa uno que otro advenedizo parlanchín, horero, improvisado y oportunista.
¿QUIÉN CONTROLA O SUPERVISA LAS ACADEMIAS?
Honestamente, alguien no está haciendo su trabajo. ¿Quién debe verificar si las academias cuenta con un local idóneo?, ¿a quién le compete supervisar que las academias tengan licencia y/o permiso de funcionamiento?, ¿quién debe velar porque no cobren lo que les venga en gana?, ¿a quién le interesa ver que las aulas de las academias tengan a lo sumo 30 estudiantes?, ¿quién supervisa que la plana docente sea la más idónea?, ¿quién hace el seguimiento para ver si cumplen lo que ofrecen o si es cierto lo que dicen (que del 100% de postulantes, el 99% de ingresantes fueron de tal academia, el 79% de otra, el 60% de otra y así, hasta llegar al 1000%)?
Mientras no hay un ente supervisor, quienes dirigen las academias harán lo que les venga en gana; de ello, quiérase o no, los más perjudicados resultarán los usuarios y, por ende, los apoderados de estos. Ojalá que la mala costumbre de llenar las aulas a diestra y siniestra no se la pasen a los colegios, porque sería el acabose.
OTRO SÍ: La intención de la presente nota no es que se cierren las academias, sino que haya un órgano de control, de modo que se garantice calidad en el servicio. Así como exigen una suma considerable, también deben brindar un servicio de calidad, en eso radica el verdadero marketing, no en bombardear con una plaga de volantes y publicidades radio-televisivas.
Servido, y buen provecho.