Por Arlindo Luciano Guillermo
“Así que tú eres Víctor Jara, el cantante marxista, comunista, conche tu madre, cantor de pura mierda”, grito el oficial energúmeno. Un culatazo de fusil lo derribó; la sangre empezó a formar ríos en su rostro. El cantante y guitarrista lo miró estoico, no dijo nada. El 11 de setiembre de 1973, Salvador Allende murió durante el bombardeo al Palacio de la Moneda. Augusto Pinochet habían iniciado el asalto del poder para instaurar una dictadura de 17 años. El 13 de setiembre, en el Estadio Nacional de Chile, Víctor escribe sus últimos versos: “Canto, qué mal me sales / cuando tengo que cantar espanto. / Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto. / De verme entre tantos y tantos momentos del infinito / en que el silencio y el grito son las metas de este canto. / Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento / hará brotar el momento”. Ese manuscrito salió clandestinamente del estadio. El 16 de setiembre la masacre continuó para él. Un tiro en la cabeza y luego 44 balas más. Víctor Jara había sido asesinado; tenía 41 años. Le quebraron los dedos para que no pudiera tocar guitarra. No pudieron desaparecerlo ni enviarlo a una fosa común; fue enterrado a escondidas. Luego de 36 años, en 2009, lo llevaron multitudinariamente al cementerio de Santiago. Siete días después, el 23 de setiembre, Pablo Neruda murió en Santiago. Mataron al cantante, guitarrista, ciudadano de convicciones y coherencia, al actor y músico, al director de teatro. Mataron al ruiseñor, pero su canto sigue vivo en la gente que aún padece desigualdad, injustica, carencia de oportunidades, pobreza y marginalidad en los pueblos de América Latina. Cientos se quedaron en el Estadio Nacional, solo algunos salieron con vida.
Poeta que canta a su pueblo, que siente como su pueblo, nunca muere, nadie lo calla, aunque muerto sigue cantando. Lo secuestraron, se lo llevaron al Estadio Nacional de Santiago de Chile a empujones, con mentadas de madre, “¡comunista de mierda!”, lo humillaron, lo vejaron, lo torturaron, lo patearon y, finalmente, lo asesinaron. Cuando la fuerza bruta quiere imponerse no le queda otro camino que matar y silenciar porque razón y argumento no tienen. Pablo Neruda había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1971. El 16 de setiembre de 1973 apagaron físicamente la voz de Víctor Jara, pero sus canciones, su actitud solidaria con el pueblo, su fe en la vida y la libertad, la esperanza y la dignidad, no se apagaron ni marchitaron en 50 años. Él no tenía fusil para luchar por su pueblo, solo sus canciones, sus convicciones, su voz sincera y su guitarra combativa.
Luego de 50 años, los asesinos de Víctor Jara fueron sentenciados; uno de ellos prefirió el suicidio antes que la cárcel. Justicia que tarda no es justicia, pero llegó la hora de la justicia para Víctor Jara. Lo asesinaron solo por ser ideológicamente diferente, por cantar con libertad, por decir las cosas sin tapujos (como debe ser en un artista auténtico y libre como el viento), por no estar de acuerdo con derrocar al presidente Allende. Víctor fue actor, fotógrafo aficionado, profesor universitario, director de teatro, estudioso y recopilador de la música popular chilena, compositor, siempre leal a su pueblo, a quien daba la esperanza de una patria justa y solidaria. La muerte de Víctor fue una tragedia, el anuncio de una dictadura salvaje, ignorante de arte y cultura. “Soy un trabajador de la música, no soy un artista. El pueblo y el tiempo dirán si soy un artista”, decía con modestia. Su voz era oída con claridad; su guitarra, el instrumento perfecto para cantar, protestar y darle vida a la gente humilde y postergada. El comunista, discrepante, insumiso para una dictadura o autoritarismo, es un “enemigo del pueblo”; hay que matarlo y desaparecerlo es la lógica de la demencia en el poder. Víctor Jara era un enemigo peligroso para Pinochet y su proyecto dictatorial y pretoriano. Tenía que asesinarlo, pero no silenciarlo. Víctor, más que un militante comunista notable, de influyente discurso y movilización políticos, ortodoxo, dogmático, fue un artista sensible a la cultura y música populares, cerca al clamor del pueblo y sus demandas sociales a través del canto. Creía en el amor íntegro, en la justicia social y el respeto de la dignidad del prójimo. Cantaba con sentimiento sincero y se había convertido en el portavoz y trovador de la gente humilde.
El 11 de setiembre de 1973 se instaló en Chile la barbarie. Pinochet había sido designado por el propio Salvador Allende, líder de la Unidad Popular, comandante del ejército chileno el 23 de agosto. Días después dio el golpe de Estado apoyado por la CIA, Richard Nixon y los poderes económicos conservadores de Chile. A Pinochet le importó un carajo que tenía en Chile a dos premios Nobel: Gabriela Mistral y Pablo Neruda, como tampoco respetar la voluntad del pueblo chileno de haber elegido un presidente en elecciones democráticas. Las dictaduras de cualquier color y tendencia son demenciales porque las dirigen sicópatas, sedientos de poder y megalomanía. Una democracia endeble, defectuosa y permisible es mejor que una dictadura. Con Pinochet en el poder de facto empezó el exilio, la muerte, la tortura, la desaparición y el acallamiento de voces, pensamiento y libertad. Víctor no tuvo tiempo para hacerlo. Lo capturaron, lo llevaron al Estadio Nacional, lo torturaron y lo mataron con crueldad. Liquidaron el cuerpo, pero no su canto, su carisma popular, ni la acción de lucha desde el arte y la música por una vida justa y solidaria.
Las canciones de Víctor Jara siempre se escucharán como testimonio de un período histórico de Chile, de un artista de acción y solidaridad. Luchín, Te recuerdo Amanda, El cigarrito, Vamos por ancho camino, Paloma quiero contarte, Pongo en tus manos abiertas, Plegaria para un labriego y El derecho de vivir en paz pertenecen a la canción popular, de protesta y sensibilidad social. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón. (…) Que no es guitarra de ricos / ni cosa que se parezca / mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas / que el canto tiene sentido / cuando palpita en las venas / del que morirá cantando / las verdades verdaderas / no las lisonjas fugaces / ni las famas extranjeras /, sino el canto de una lonja / hasta el fondo de la tierra” (Manifiesto). Víctor Jara, Inti Illimani y Quilapayún representan la “nueva canción chilena”. En 1981, Illapu, acusado de activista comunista, se exilia en Francia. Víctor Jara sigue en la memoria colectiva como referente del arte al servicio del pueblo, actitud de indignación contra el abuso y la injusticia, sin olvidar que la misión del artista es alegrar la vida de la gente y darle esperanzas. Cuando escucho a Víctor Jara, Violeta Parra, Jorge Cafrune y Atahualpa Yupanqui reafirmó mi fe y admiración en el artista auténtico y leal a sus convicciones.




