Por Jacobo Ramirez Mayz
El profesor Alan Gabriel Llanos Nación, quien trabaja en el colegio César Vallejo de Acobamba, junto al director Mirko Antonio Leiva Huallpa, y otros docentes más, presentaron el proyecto Leyendo el Cielo Acobambino, con el que ganaron el premio de FONDEP. Para hacer realidad dicho acto cultural, organizaron, entre otras actividades, el primer encuentro de escritores. Para ello, invitaron a los escritores Mario Malpartida Besada, Luis Mozombite Campoverde, Andrés Jara Maylle y a este escriba.
Dirigirnos al centro poblado San Pedro de Acobamba fue una nueva experiencia para todos nosotros. Tomamos un caldo de gallina de esos que levantan a cualquier muerto en Viroy, y después comenzamos el ascenso durante 45 minutos por una carretera amplia, escuchando primero la oración de Haiber Echevarría para que Diosito nos cuide durante el recorrido; luego las anécdotas de Sacha, el cuentacuentos; mientras contemplábamos en los ojos de Willy Sotil la nostalgia del hombre que regresa al lugar donde había pasado sus 10 primeros años de vida.
En la entrada al colegio nos recibieron los alumnos con ramos de flores, dulces y aplausos. Luego, un grupo de exalumnas, vestidas todas con trajes vernaculares, bailaron una danza. Escuchamos los cuentos narrados por Sacha, en donde participaron niños, profesores y autoridades. Después ingresamos a un aula donde Andrés disertó sobre la lectura, Lucho sobre un cuento de su libro, Mario sobre la literatura en Huánuco y yo sobre la estadía de Vallejo en ese pueblo.
Después del almuerzo, caminamos hacia el centro poblado. Queríamos ver dónde, alguna vez, estuvo nuestro poeta mayor. Pero la nostalgia embargó nuestro espíritu, y más aún el de Willy, porque no encontramos ni siquiera una piedra de lo que fue la hacienda de Domingo Sotil. Solo el polvo de algunos carros o motos que pasaban hacían pensar en la soledad que habría encontrado, en 1911, Vallejo en ese lugar. Una plazuela solitaria y una iglesia en construcción fue el escenario para una tertulia improvisada por nosotros, los visitantes. Willy indagaba buscando información, pero nadie sabía nada. Era como si la pena de los que alguna vez deambularon por ese lugar se hubiera marchado llevando todo, o quizá el polvo, que es insoportable, ocultara cualquier rasgo de melancolía vallejiana.
Regresamos al colegio y en la puerta estaban los mayordomos con shinguirito en mano. Una orquesta animaba la tarde friolenta y los cohetes reventaban haciendo eco en medio del silencio. La noche nos esperó más fría que nunca. Sentados en unas sillas en medio de la losa deportiva, escuchamos declamar, por los alumnos de los colegios de Quircán, Angasmarca, Mosca y Ñauza, poemas de Vallejo. La inclemencia del tiempo menguaba por cada verso vallejiano que escuchábamos. Terminado el concurso, corrimos a nuestras camas. Ya a media noche, oímos el castillo que reventaba. No era por demás tanta algarabía: el colegio estaba cumpliendo 54 años de creación. La fiesta continuó para muchos, mientras que yo, tiritando de frío, deseaba una botella de shinguirito caliente.
Al día siguiente, la caminata a Pachar, lugar desde donde se puede observar todo el centro poblado. Un wallqui con coca, cigarros y caramelos nos entrega la profesora de religión. Chacchamos agradeciendo al cerro por todo, y una vez más la nostalgia vallejiana retumba en mi cerebro. Bajamos, tomamos desayuno, Willy y Sacha han tomado como caporales, el primero seguramente para matar su nostalgia y el segundo para acompañarle en su tristeza.
Es hora de regresar. Alistamos las maletas. Sentado en el asiento, me pongo a pensar que sería bueno que el alcalde de Huácar hiciera una estatua en homenaje a Vallejo en esa plazuela solitaria. Lo que ayudaría a promocionar Acobamba como centro turístico. Estoy seguro de que muchos versos que Vallejo escribió fueron inspirados por ese lugar friolento, triste, solitario. Si eso hiciera, muchos estudiosos vallejianos no dudarían en ir a visitarlo.
Las Pampas, 3 de agosto de 2023




