¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

Por: Arlindo Luciano Guillermo

La libertad de expresión y de opinión ciudadana, en democracia, garantiza el ejercicio de derechos, siempre sujetos a la ley y al derechos de los demás. Nadie puede estropear, mancillar, pisotear, hollar ni hacer trizas el honor, la reputación o la dignidad de un ciudadano cual sea la razón. Precisamente, la tolerancia, la convivencia democrática y el respeto a la pluralidad consisten en aceptar racionalmente, y por convicción, a pesar de la legítima discrepancia, otras opiniones y puntos de vista. En Navidad, para unos los regalos ocupan el primer y expectante lugar; para otros la Navidad es más espiritual, menos ruidosa, sin que lo material se sobreponga a la verdadera esencia de la Navidad (celebrar el nacimiento de Jesús), renovación de lealtad con los amigos, la familia y uno mismo. Ambos casos son respetables.
El sicoanalista Jorge Bruce, en el artículo El insulto y su relación con el inconsciente, (La República, 19-12-16), pone sobre la mesa del debate y el accionar diario problemas vigentes, aún no resueltos, que están en nuestro alrededor como el aire que respiramos, nos sopla en la nuca, pero no merecen el interés ni la posibilidad de enfrentarlos desde la raíz. ¿Por qué se insulta con impunidad? ¿Por qué se sanciona y hostiliza a quien, hace honestamente lo que hace todos los días? Se mira la paja en el ojo ajeno con facilidad. El tuerto cada día se hace más rey en un país de ciegos. La doble moral se multiplica como una plaga de langosta o maschullos apiñados en las ramas del molle.
Bruce alude directamente a la exministra francesa Christiane Taubira, quien impulsó, hasta la promulgación, la ley de unión civil entre homosexuales, que incluye la adopción. Christiane, “ciudadana negra”, nació en la Guyana francesa, una colonia en la costa norte de América del Sur, allí donde sobrevivió Papillon (Steven McQueen), el célebre personaje de novela Papillon (1969) de Henry Charriere. Este insumo le sirve a Bruce para sustentar que “siendo una mujer negra, de talla pequeña, oriunda de la Guyana francesa, una excolonia, es de imaginar lo que tuvo que soportar para hacer que se apruebe la ley. Entre otros vejámenes, insultos racistas y sexistas de una violencia inusitada. A raíz de esto le conté que suelo prestar mucha atención a los insultos callejeros, como un indicador del estado de nuestros vínculos sociales. Además de las clásicas invectivas racistas y homofóbicas (cholo, negro, cabro, chimbombo, etcétera), hace poco escuché en una reyerta entre dos conductores que uno le decía al otro: ¡Cachudo!”
Para Bruce el insulto es una “identificación proyectiva”, es decir el insulto lleva el mensaje de que lo que digo no quisiera que me suceda. Dice: “Te arrojo aquello de lo que quiero deshacerme, de paso que te hago sentir mal y yo experimento cierto alivio, así sea fugaz.” Por tanto, no hay insulto leve, emocional, impulsado por la ira, inocente, inocuo; todos tienen perversidad, un trasfondo de miedo para enfrentar la realidad. En una sociedad sometida por el hiperconsumismo demencial, la vanidad estratosférica, la casi nula presencia de valores éticos y el cinismo exponencial, el insulto tiene un surco fértil, pues todo se rezarse, indemniza y compra con dinero, con regalos, con promeses y acercamientos al poder político y económico. Muchos recordamos, aún con asombro, a Hernando de Soto, profiriendo un memorable insulto contra Mario Vargas Llosa que, en 1993, había publicado El pez en el agua, libro de memorias. De Soto se armó de valor, el domingo 25 de mayo de 1993, en Panorama, y dijo: “El señor Vargas Llosa esencialmente es un hijo de puta.” ¿Por qué lo dijo? El contexto es determinante. Alberto Fujimori, desde el 5 de abril de 1992, gobernaba como un dictador, con todos los poderes del Estado bajo su control y manipulación. Mario Vargas Llosa exhortaba a la comunidad internacional para bloquear económicamente al Perú. Además en El pez en el agua le dedicó unos renglones provocadores que habrían herido la susceptibilidad del economista de El otro sendero y El misterio del capital. En esa situación, la frase muy española, que se lee en la novela picaresca El lazarillo de Tormes (1554), cayó injustificadamente como aro al dedo en la boca de De Soto. “Hijo de puta” no tiene un connotación literal, sino figurada. Significa “perverso, malo, ruin, abyecto, de malas intenciones, mal proceder, de acciones negativas en contra de algo o de alguien.” No hubo denuncia. Pasó como una anécdota en el “folclor político”.
Nadie merece insultos, aun hayan supuestas razones para hacerlo. El insulto es un misil que daña la autoestima y el derecho a ser respetado por todos, a pesar de las diferencias y las pasiones, de los defectos y el desliz. En los entornos retrógrados, cercanos a la barbarie, donde aún impera el machismo, la homofobia, la grosera cosificación de la mujer y manipulación de los gustos de los niños por la publicidad y el marketing y la prevalencia del “macho” semental, el insulto brota de los labios como margaritas en la nieve, como un verso florido o sale al exterior espontáneamente como la respiración. La educación escolar aquí juega un rol preponderante. Si solo llenamos la cabeza de los estudiantes (concepción bancaria de la educación, Pablo Freire), seguiremos escuchando insultos, agravios y el honor se convertirá en el blanco perfecto; pero si enseñamos a los estudiantes, en la institución educativa y en la familia, competencias para desarrollar capacidades, habilidades y actitudes, tendremos una sociedad respetuosa, que recurra al argumento y al diálogo, a las instituciones y a la autoridades competentes, cuando vean vulnerados sus derechos, antes que al insulto y la violencia verbal y sicológica.
Quien insulta con sutileza o furia revela una personalidad llena de pobreza moral, frustración a flor de piel, incapacidad para argumentar, nula integridad profesional y ciudadana, ignora deliberadamente los límites que fija la ley ni sabe amar al prójimo. Si es un feligrés, con qué cara irá a la parroquia o a la comunidad evangélica.
Hoy a través de las redes sociales se insulta. El troll insulta, provoca, descredita. Trolear es insultar por internet. En El chiste y su relación con lo inconsciente (1905), de Sigmund Freud, se encuentra un chiste muy sutil. Un ciudadano, junto a grades virtudes, exhibía defectos. Un amigo dice: “Sí, la vanidad es uno de sus cuatro talones de Aquiles.” Aquiles, el héroe griego de la guerra de Troya, precisamente tenía un grave defecto: la soberbia, que produjo la frase universal: talón de Aquiles. La palabra “cuatro” cambia totalmente el significado y la intención de la frase. El personaje del chiste supuestamente tiene cuatro talones, o sea cuatro pies. Una interpretación sería la siguiente: El ciudadano tiene admirables virtudes, a pesar de la vanidad, pero parece un animal.