Por: José Luis Ayala
Eliseo Talancha Crespo es, sobre todo, un escritor, ensayista y un intelectual comprometido con el tiempo histórico que le ha tocado vivir. Es debido a su histórica responsabilidad que, con especial esmero e identidad, cumple con la encomendable tarea de mantener vigente y defender el legado intelectual del Perú esencial correspondiente a José Varallanos.
Varallanos era, al mismo tiempo, admirado y no aceptado en los círculos intelectuales académicos y oficiales de su tiempo histórico. Sin embargo, se sentía absolutamente cómodo, que, por ejemplo, no lo invitaran los docentes universitarios de literatura peruana, para certámenes en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Nunca fue invitado a dictar clases debido fundamentalmente a la diplomática enemistad con Luis Alberto Sánchez, ambos no se tenían ninguna simpatía.
Si se tratara de apreciar en síntesis el aporte de José Varallanos, bien se podría decir que fue el primer escritor en advertir la importancia histórica de “El pez de oro” de Gamaliel Churata, la identidad y visión histórica de Felipe Huaman Poma de Ayala, el mestizaje étnico y literario del inca Garcilaso de la Vega, el valor cultural del cholo peruano, la poesía vanguardista de Carlos Oquendo de Amat, etc., etc.
Es por esas razones que este segundo libro de José Varallanos, preparado por Eliseo Talancha Crespo, contiene los siguientes textos: Interpretación de los Andes. La eterna efigie de la patria. El genio español y el cantar popular peruano. El hombre, animal de dignidad (Servilismo y dignidad). La crítica literaria y su ejercicio en el Perú. Leyenda y verdad sobre Vallejo. El poeta Oquendo de Amat. Notas a destiempo sobre su vida y obra. Churata, su obra y el indigenismo o peruanismo profundo. Nación y hombre aymara. Estudio-prólogo a “Los Aymaras” de José Portugal Catacora.
José Varallanos, como testigo implacable del tiempo que le tocó vivir, cuando se refiere al gobierno de Leguía, dice:
“Como en ninguna época de nuestra historia, esta depravación moral se acentuó en los años del gobierno de don Augusto B. Leguía (1919-1930), en que desaparecieron las instituciones democráticas absorbidas por la persona del presidente. Primó entonces un servilismo que fue una virtud ciudadana y los adulones, en concurso de apetitos, llegaron a ocupar los más altos cargos públicos. La clase era fácil: había que inciensar, loar al caudillo ex agente de seguros. Y en este camino de la reverencia, de los homenajes y de los discursos, se le llamó prócer de la Patria, se le parangoneó, sin rubor, con San Martin, Bolívar, Washington y David (el bíblico); “Homero de la Democracia” (?), se le coronó, inclusive, por las damas, faltando para su alabanza los adjetivos registrados en el Diccionario de la Lengua, nada, entonces, ni el viento se movía sin la autorización de “este hombrecito trágico”, como le calificó un periodista yanqui. Y los pueblos del Perú, sin excepción, obligados en locura servil, le otorgaron medallas y diplomas en gratitud por haber permitido y excitado nuestra depravación moral, empañando nuestra economía y aprobado el despilfarro del erario público bajo el pretexto de obras públicas y para beneficio de sus adictos y criados.
El mitayaje republicano más pintoresco echó raíces y su fronda aún persiste en el país. El enseñoramiento del negro y de la plebe emergió. La dignidad, la varonía, la inteligencia, fueron perseguidos y vilipendiados; la libertad personal fue injuriada, los derechos públicos ultrajados, la libertad de imprenta y de las palabras, amordazadas. Había un solo hombre: Leguía; tenía que elogiarse, incondicionalmente a un solo hombre: Leguía. En su ebriedad irresponsable de poder, el tiranuelo patriarcal alguna vez dijo: “muera la dignidad y la inteligencia; la Patria soy yo”.
Sin embargo, a José Varallanos le faltó decir lo que con tanta propiedad afirmó Pablo Macera: las más nuevas grandes fortunas de muchas familias limeñas tienen sus orígenes en el gobierno de Leguía. Esa fue la razón por la cual la nueva oligarquía limeña no permitió que a Leguía lo juzgara un tribunal de honor.
Inmediatamente, cuando supieron que Leguía había muerto sin hacer su testamento y sobre todo realizar descargos acerca de graves delitos de corrupción que se le imputaba, hicieron una intensa campaña para que todo pasara al olvido. Desde “El Comercio”, el trabajo de “olvido y perdón” fue permanente.
Los llamados “nuevos ricos” o la oligarquía limeña, beneficiada por la corrupción y la dictadura, de hecho apoyaron al comandante Luis M. Sánchez Cerro y enseguida al general Oscar R. Benavides. En estos regímenes fascistas a los que Federico More llamó zoocracia y canibalismo, los nuevos ricos empezaron a controlar especialmente los bancos con el dinero proveniente de los negociados con el visto bueno del dictador.
Adalberto Varallanos, hermano menor de José, estudiaba el primer año de letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y era uno de sus compañeros de aula con el que más se identificaba por ser provinciano y dueño de una estrecha economía. Adalberto le dijo a su hermano: “Él es el poeta descendiente del virrey Amat, desde ahora irá a dormir a nuestro cuartito del Rímac”.
Varallanos, al referirse al autor de “Cinco metros de poema” dice: “No es, pues, verdad, como se viene afirmando por los que no lo conocieron ni trataron personalmente, que “era un provinciano hambriento y soñador y que vivía en una cueva sin luz”, en un tugurio de los Barrios Altos de Lima. Esta es una inventiva para extremar su “tragedia” del poeta y por ello su más firme adhesión a la causa social del proletariado que después abrazó.
Siempre concurría con fervor a las charlas de café en diversas cafeterías del centro de Lima como el “Café Leons” y otras situadas en el jirón de La Unión. Ellas, o lo que se calificaba como “revistas orales”, animaban Juan José Lora, Xavier Abril, Adalberto Varallanos, Rafael Méndez Dorich, Ricardo y Enrique Peña Barrenechea, Carlos Alberto González, Aníbal Fernández, Emilio Goyburu, Carlos Schiafino, David Teodomiro Izaguirre, Carlos Scalina y otros. También asistía a las reuniones que se convocaba en Barranco, el notable cuentista don Manuel Beingolea, noble amigo de la nueva generación y quien le protegía y le llamaba “mi hijo Carlos”, en tono de humor.
Suscribo francamente emocionado estas palabras urgentes contra el tiempo, antes de realizar un viaje como yatiri para visitar en París las tumbas de César Vallejo, Helba Huara, Gonzalo More y Desirée Lieven. Así como las de Charles Baudelaire, Edith Piaf y Jean Paul Sartre.
Ahora recuerdo con especial afecto la amistad de mi amigo el doctor José Varallanos. Era mucho mayor que yo; sin embargo, las veces que lo visité en su estudio de la Plaza San Martín o en su domicilio, era absolutamente gentil y generoso. Tengo presente que fue el primer escritor en valorar la trascendencia de un libro como “El pez de oro” de Gamaliel Churata.
“Con la ausencia de Gamaliel Churata -escribió Varallanos-, la América indígena, puesto que existen otras Américas, perdió a un precursor de sus genuinas letras; a un genial escritor en cuya prosa y verso hay un aliento mágico, un soplo cósmico y un primitivismo de siglos, venidos que son de la subconsciencia del pueblo quechua-aymara, clase social a la que pertenecía y por la que luchó con su pluma y como socialista, en pro de su reivindicación económica y cultural. Por ello le nombramos “hombre andinal”, hombre guía o que da derroteros, forjando una nueva conducta y nutrido del nuevo espíritu revolucionario andino; maestro de verdadera peruanidad y tan distinto de los “maestros criollos de peruanidad” ad-portas. Su mensaje, señero, debe proyectarse al futuro”.
En fin, dejemos ahora que el lector forme su propio criterio. Estas palabras solo tratan de contribuir para que se le haga justicia a José Varallanos. Nunca es tarde.




