Por Arlindo Luciano Guillermo
En 1982 culminé la secundaria en el colegio El Amauta José Carlos Mariátegui. Como cualquier otro muchacho de 16 años no sabía qué estudiar, no había charlas de vocación profesional ni psicólogos, en las universidades de Huánuco no existía una facultad de psicología. Mis padres, como los de mis compañeros de promoción, no llegaron a la secundaria. Por intuición o ciertas afinidades familiares elegíamos una carrera profesional en la universidad o institución superior. Javier, Juan, César y yo soñamos con estudiar en la universidad San Marcos, pero no teníamos ni para el pasaje; en fin, como hoy, soñar era gratis. Le pregunté a un profesor mío qué podría estudiar o qué carrera profesional elegir. Me respondió categórico: “Cualquier cosa, menos profesor”.
Eran los primeros años del segundo gobierno de Fernando Belaunde Terry y SL le había declarado la guerra al Estado. Me quedé paralizado. ¿Quién me había enseñado cinco años de secundaria? ¿Era tan despreciable la carrera docente? Entonces decidí ser ingeniero civil porque mi tío Luis Cortez Ruiz, primo de Andrés Cloud Cortez, era un cotizado maestro constructor. Me llevaba en las vacaciones a las obras para trabajar en albañilería. Allí aprendí, junto a rudos obreros, a tarrajear, pulir piso con ocre, enchapar mayólicas, encofrar techo y columnas con madera para el vaciado, levantar muros con ladrillo. La elección estaba decidida: en cinco o seis años sería el ingeniero civil que mi tío Lucho deseaba. Estudié un año y medio en la Losada y Puga para aprender matemáticas. En el camino cambié de parecer, dejé el grupo de ingeniería y me matriculé en la facultad de educación. Así me hice profesor de comunicación y literatura. Mi destino había sido ser profesor que lo ejerzo con pasión, compromiso y vocación de servicio. Hoy existe la Ley de Carrera Pública Magisterial que exige meritocracia, constante estudio y ofrece mejora salarial. Si un docente quiere ganar más tiene que estudiar y así optimizar el desempeño docente y garantizar el aprendizaje de los estudiantes.
Soy docente y lo hago con responsabilidad, compromiso, como un modo de contribución social. Muchos estudiantes míos, a quienes enseñé en el colegio, son docentes. ¿Por qué eligieron la docencia? ¿Quién los motivó? ¿Cómo se convencieron que su destino era ser profesor? ¿En algo hemos contribuido sus profesores? Cuando veo de lunes a viernes a Sheyla López Castañeda, docente de inicial, me pregunto qué hice o qué hicimos sus profesores para que elija la docencia. Ella la ejerce con eficiencia y alegría. Nunca la escuché quejarse ni maldecir la “mala decisión” de haber optado por la docencia. La veo como pez en el agua con sus niños. No es verdad que una legión de frustrados y fracasados, que no han ingresado a la “facultad de su sueño” (medicina, derecho, ingeniería o contabilidad), sean profesores o cuando los padres se cobran desquites con la vida: quieren que sus hijos estudien lo que ellos no pudieron. Los hijos eligen con libertad lo qué deben estudiar, sin presión ni imposición. Nada más perverso que obligar a alguien lo que no quiere ni siente interés. A futuro se tienen profesionales sin vocación de servicio ni compromiso con el prójimo ni el usuario. Tampoco es cierto que para ser docente hay que tener gigantesca paciencia a prueba de fuego. ¿Un fiscal, un médico, un ingeniero o un economista no tiene paciencia de Buda? Rosa Fú Ramírez, Soani Chávez Romero y Araceli Argüezo Lombardi, exalumnas del colegio María Auxiliadora, son docentes de largo trajín y experiencia. ¿Quién las inspiró para dicha elección? Nunca me fue mal ni social, académica ni salarialmente como docente. Ninguno de mis tres hijos está interesado en ser profesor. La madre de mi primer hijo fue docente, tengo tres hermanos docentes.
Creo que elegir una carrera profesional es una decisión que se debe tomar en serio. Existen principalmente tres razones o argumentos para elegir una carrera profesional universitaria. 1. Fijar técnicamente (no basta el “me gusta”) los intereses profesionales y la vocación. Saber con precisión y claridad qué carrera profesional estudiar en la universidad o instituto tecnológico; o, simplemente, no estudiar, sino dedicarse al emprendimiento, hacer empresa o trabajar sin título profesional ¿Y si su hijo, respetable lector, elige ser músico, artista, sacerdote o monje budista? ¿Cuál sería su reacción? ¿Respetaría la decisión? ¿O pegaría un grito al cielo y le impondría una carrera universitaria? 2. Investigar el mercado laboral y la empleabilidad. Sin este dato relevante se podría estudiar una carrera con demanda saturada y buscar trabajo con título y grados académicos. Una carrera profesional tiene que ser rentable por meritocracia, eficiencia y desempeño, directamente proporcional al tiempo, inversión y esfuerzo durante los estudios universitario. 3. Aptitudes personales y condiciones económicas. Alguien que no tenga dominio de matemática no puede aspirar a ingeniero civil, quien no siente pasión por el servicio al prójimo para enseñar no puede ser docente; el hematofóbico no poder ser médico, enfermera u obstetra. En las universidades públicas no se paga una pensión como en la PUCP, UDH o UPC, pero cuesta la matrícula, se compran materiales de trabajo, libros, laptop y pagan de derechos de título y grados académicos. Nada es gratis; todo es gasto. Cuando se ejerce una carrera profesional afloran la vocación de servicio, la pasión por lo que haces, el estudio que nunca acaba y el derecho legítimo de mejorar la calidad de vida; es detestable el profesional usurero, metalizado, que cree que todo es dinero y bussines. En un empresario entiendo que las utilidades están por encima de la amistad y el sentimiento, excepto para hacer negocios. Dice el refrán: “Amistad y negocio, agua y aceite”. Elegir una carrera profesional es un acto de libertad y decisión personal, sin ignorar el contexto cultural y laboral ni las condiciones socioeconómicas.
No sé si hice lo correcto al elegir ser docente, estudiar literatura, o haber dejado la ingeniería. Luego de más de 30 años de enseñar e interactuar en el colegio creo que ese era mi destino y misión profesional. Hoy trabajo en una institución educativa donde veo a diario estudiantes y docentes que se esfuerzan por aprender y enseñar. Empecé a ser profesor en una academia preuniversitaria a los 17 años; hoy tengo 57 y sigo en el quehacer educativo. He llegado a la conclusión que la paciencia en el docente es una virtud; el fin del trabajo, que los estudiantes aprendan. Hoy sé, con toda convicción, que el mejor docente no es el que sabe mucho, sino aquel que educa ciudadanos con interés por el conocimiento, la lectura, el pensamiento crítico, la investigación, con competencias lingüísticas y habilidades sociales. Los estudiantes son como los hijos: les crecen alas y vuelan alto hasta alcanzar las nubes. Al cabo de algunos años, mientras nosotros vamos envejeciendo, ellos ya se hicieron profesionales. La decisión de hoy repercute después.




