Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
El cobarde asesinato de Katherine Gómez, joven de apenas 19 años a la que la vesania de un hijo de puta acabó por quitarle la vida después de una larga y penosa agonía, la misma que se hizo, si cabe, todavía más dura a los ojos de la ciudadanía, debido a la evidente incompetencia de los operadores de justicia para poner a su verdugo tras las rejas en el acto, vuelve a poner sobre la mesa una de las principales asignaturas pendientes de la sociedad civil peruana: establecer mecanismos realmente efectivos para terminar de una buena vez con los casos de feminicidio que, lejos de disminuir debido al endurecimiento de las penas, no han hecho otra cosa que aumentar exponencialmente en los últimos años, a despecho de los millones de soles invertidos hasta la fecha por el Estado a través de la implementación de las llamadas políticas de género. Las que, bien vistas las cosas, fuera de servir para aumentar aún más la ya de por sí ingente burocracia imperante en el Ejecutivo, solo han servido para darle a cierto sector de la izquierda un argumento de peso con que justificar la promoción de uno de sus mantras más recurrentes: el de la defensa de la mujer.
¿Pero qué hacer, entonces, desde la a menudo impasible sociedad civil para revertir el problema, dado que, como quedó dicho arriba, los avances logrados en cuanto a la disminución de casos de feminicidio en el país no han sido los esperados ni mucho menos, sobre todo si tenemos en cuenta lo invertido en ello por el Perú, tanto en recursos humanos como monetarios? Quizá la única salida verdaderamente razonable sea comenzar a hacer lo que para cualquier país que se encuentre aquejado por el mismo mal que nosotros los peruanos resultaría de suma utilidad: educar desde la escuela tanto a niños como a niñas respecto de la importancia de no agredirse entre sí, de no creerse con el derecho a herir al otro, solo porque no es igual que los demás. Educar a las personas, incluso desde cuando son tan jóvenes que difícilmente podrían haber vivido en carne propia nada de lo que aquí se comenta, y, por ello mismo, difícilmente podrían también hacerse una idea cabal, una idea relativamente exacta, de lo básico que resulta el escoger con responsabilidad a la pareja a la que, para bien o para mal, habrán de unir sus vidas.
Porque por mucho que a raíz de las declaraciones brindadas por la ministra de la Mujer, Nancy Tolentino, quien señaló que “las jóvenes deben elegir bien con quién estar porque ellas deben estar conscientes de que merecen vivir libres de violencia”, por lo que no es dable que “acepten ningún compromiso o una relación con una persona que no las respeta, que vulnera sus derechos, que no las trate con la dignidad que ellas se merecen”, no hayan faltado despistados que considerasen que debería renunciar porque estaría revictimizando a las mujeres que han padecido algún tipo de violencia, lo cierto es que en una sociedad como la nuestra, en la que la salud mental no destaca precisamente por encontrarse en óptimas condiciones, es imprescindible que haya una pronta toma de conciencia respecto de lo nocivo, de lo extremadamente peligroso, que podría resultar para cualquiera el involucrarse sentimentalmente con individuos que, dado su historial de violencia, podrían acabar cometiendo actos a todas luces deleznables, como el realizado el sujeto que prendió fuego a quien ahora ha pasado a engrosar la lista de víctimas de feminicidio en nuestro país.
Y es que, si probado está que de parte del Estado es poco o nada lo que se puede esperar en materia de protección para no caer víctimas de este tipo de individuos, a lo único a lo que nos quedaría encomendarnos es a nuestra propia autoprotección. Lo que pasa, como quedó dicho, por tener los ojos bien abiertos, a efectos de saber reconocer cuando se nos muestren indicios de que detrás de tal o cual conducta sospechosa se estaría escondiendo algún tipo de posible agresor en potencia. Solo así se podrá reducir en algo al menos la preocupante cantidad de reportes de agresiones que a diario se registran en el país. Solo así se podrá acabar a tiempo con la posibilidad de que dichas agresiones puedan acabar en muertes, como no pocas veces ha terminado por ocurrir.
Que hemos llegado a un punto en que es poco o nada lo que se puede esperar de los operadores de justicia. Lo han demostrado sobradamente con la incomprensible demora en la toma de acciones a raíz de la monstruosa agresión sufrida por Katherine Gómez. Así que, o aprendemos a cuidarnos a nosotros mismos, o sucumbimos bajo el peso de un sistema al parecer diseñado para dejar impunes a los criminales. La elección es solo nuestra. Pero que quede claro que de lo que decidamos ahora habrán de derivarse mañana las consecuencias que nos terminarán condenando o, si acaso, liberando de un destino tan terrible como el señalado.




