En cuestiones de imbecilidad

En cuestiones de imbecilidad

Jorge Farid Gabino González

A menudo, cuando todo hace indicar que las cosas no podrían ser peores, cuando el panorama que observamos a diario en torno nuestro pinta en el fondo tan pero tan mal, que ni siquiera los ligeros cambios de rumbo en la sucesión de los acontecimientos que ocurren de cuando en cuando pueden ser capaces de devolvernos la esperanza de que tarde o temprano habremos de salir por fin de este lamentable estado de cosas, el destino, la fortuna, o lo que quiera que en el caso de los peruanos haga sus veces, acaba por compadecerse de nosotros finalmente, y manda en nuestro auxilio algo, lo que quiera que fuese, capaz de lograr lo impensado: que por un momento al menos los peruanos tengamos la certeza de que existen países peores que el nuestro. Sociedades que, a pesar de superarnos, de lejos, en cuanto a niveles de desarrollo cultural y económico, por poner un ejemplo, pueden llegar a evidenciar tales niveles de imbecilidad, sin embargo, que incluso las peores de las idioteces cometidas por nuestras inefables autoridades terminan ensombrecidas por el accionar de aquellas.

Porque una cosa es cierta: los peruanos podremos ser lo suficientemente idiotas como para continuar creyendo que el aprendiz de golpista no es más que una pobre y lamentable víctima del poder del imperialismo; podremos ser también una sarta de masoquistas, que, lejos de haber aprendido la lección con todo lo que nos pasó debido a haber llevado al poder al impresentable de Castillo, seguimos pensando que debería ser liberado y restituido en el cargo de presidente de la República; podemos los peruanos, de hecho, ser todo eso y muchísimo más, pero lo que de ninguna manera se nos podrá achacar jamás, por lo menos no en un futuro inmediato, es que andemos perdiendo el tiempo en discusiones tan imbéciles, tan improductivas, como las que pretenden determinar si es o no válido el que se reescriban las obras literarias que posean entre sus páginas palabras o frases que podría herir las susceptibilidades de algunos, que es lo que sucede en este momento con los ingleses.

La noticia, difundida días atrás, respecto de que Puffin Books, responsable británico de la edición de las obras de Roald Dahl, reescribiría las publicaciones del autor de Matilda bajo el siguiente insostenible argumento: “Este libro se escribió hace muchos años, por lo que revisamos regularmente el lenguaje para asegurarnos de que todos puedan seguir disfrutándolo hoy”, ha causado, naturalmente, una gran conmoción en gran parte del mundo. Y es que el asunto, por supuesto, no es para menos. Ya que no son pocas las famosas historias de Dahl que sufrirían las modificaciones impuestas por esta suerte de nueva censura: la que dictan los llamados “lectores sensibles”. En salvaguarda, como se ha venido sosteniendo, de los nuevos lectores. Aquí algunos de los cambios señalados por el diario británico The Telegraph:

·  Al personaje Augustus Gloop, de “Charlie y la fábrica de chocolate”, ahora se lo describe como “enorme” (enormous). La palabra “gordo” (fat) ha sido eliminada de todos los libros.

·  Mrs Twit, de los Twits, ya no es “fea y bestial” (ugly and beastly), sino simplemente “bestial”.

·  En el mismo libro, “una extraña lengua africana” (weird) ya no figura como extraña.

·  Las palabras “loco” y “desquiciado” también se han eliminado como resultado de un énfasis en la salud mental, informó el periódico.

·  Una amenaza de “noquearla al piso” (knock her flat) en “Matilda” pasó a ser “darle una buena reprimenda” (give her a right talking to).

·  También se han cambiado las referencias a los colores: el abrigo del BFG ya no es negro; mientras que Mary en The BFG ahora se queda “tiesa como una estatua” (still as a statue) en lugar de “blanca como una sábana” (white as a sheet).

Por si lo anterior no fuese suficiente, sale ahora a la luz también la intención de los editores de las novelas Ian Fleming, célebre creador de James Bond, de someterlas a reescritura, todo con el fin, perfectamente predecible, de que ningún lector hipersensible se pudiera ver afectado por las palabras o frases que en ellas se incluyan. Cabe destacar que en el presente caso las referidas nuevas ediciones vendrán acompañadas por la siguiente advertencia: “Este libro fue escrito en un momento en que los términos y actitudes que los lectores modernos podrían considerar ofensivos eran comunes. Se han realizado varias actualizaciones en esta edición, manteniendo lo más cerca posible del texto original y el período en el que se desarrolla”

Así, según también el diario británico The Telegraph, para el caso de las novelas de Fleming, “La palabra nigger, que Fleming usaba para referirse a los negros cuando escribía durante los años cincuenta y sesenta, ha sido borrada casi por completo de los textos revisados”. Asimismo, “En la mayoría de los casos, esto se reemplaza por “black person” (“persona negra”) o “black man” (“hombre negro”), pero los descriptores raciales se eliminan por completo en algunos casos”.

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, reza la sentencia popular. Con todo, consuelo es consuelo. Y da gusto saber que, en cuestiones de imbecilidad, los peruanos tenemos a quienes nos sacan amplia ventaja en el asunto.