Los esbirros del gobierno

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Una de las pruebas irrefutables de que detrás de un gobierno, en apariencia democrático, de que detrás de una administración aparentemente respetuosa de las libertades ciudadanas y del estado de derecho, lo que en verdad se esconde es una dictadura en ciernes, un régimen para el que todo cuanto no se alinee con su cuadriculada forma de ver, de entender, la realidad no solo no tiene cabida en su entorno inmediato, sino que además se encuentra completamente prohibido por disidente, por discrepante, por divergente, es el hecho de que se busque, por todos los medios habidos y por haber, silenciar a la prensa. 

Naturalmente, no importa cómo se proceda. Si de manera abierta y descarada o de forma soterrada y encubierta. Que el resultado siempre es el mismo: la instalación progresiva e inevitable de un estado de cosas en el que las libertades en general son diezmadas sustantivamente a vista y paciencia de medio mundo y en el que, claro, termina por instalarse en el ambiente la desagradable sensación de que no interesa qué es lo que se diga ni cómo se diga ni a quién se diga, siempre y cuando no se vaya en contra de lo establecido por el régimen. Por lo que no ha de sorprender a nadie el que no exista una dictadura en el mundo que respete, y mucho menos promueva, la libertad de expresión.

De ahí que el secuestro sufrido la semana pasada por parte de un grupo de periodistas del dominical “Cuarto Poder” a manos de ronderos de Cajamarca deba ser visto, además de como lo que en verdad fue, vale decir, como un acto casi delincuencial en el que se llegó incluso a poner en serio riesgo la integridad física de los periodistas en cuestión, actitud condenable desde todo punto de vista, como la primera, más grande y definitiva prueba de cuáles eran las verdaderas razones por las que el gobierno de Pedro Castillo estaba tan interesado en la “reestructuración” de las llamadas rondas campesinas. 

Su verdadera intención, hoy lo sabemos, no era otra que dotar de armas de fuego y demás implementos por el estilo a esta suerte de ejército paralelo, de mercenarios en las sombras. 

De modo que, ante la posibilidad, cada vez mayor, de que Castillo viese llegada la hora de tener que largarse, por fin, a su casa, el Ejecutivo tuviese cientos, sino miles, de personas convencidas de que todos cuantos han alzado en algún momento su voz de protesta en contra del gobierno son en el fondo “enemigos del pueblo”, merecedores, por tanto, de la “mano dura de los ronderos”.

Convertidos, así las cosas, en los nuevos esbirros del gobierno, quienes otrora cumplieron un papel decisivo en la lucha contra el terrorismo, por lo que hemos de estarles por siempre agradecidos, han pasado a ser ahora, mal que nos pese, los que hacen el trabajo sucio del gobierno, los que no tienen reparos en ensuciarse las manos, con tal de hacerse del aprecio y los favores del tirano. Porque no existe ni una sola palabra de cuantas se pronunciaron aquel día infame para la libertad de expresión en que los periodistas de que se trata fueron obligados a leer un comunicado deleznable, que no haya sido debidamente digitada por los que, desde las sombras, se asumen los nuevos dueños de la verdad. Pues no lo son. Y ya va siendo hora de que quienes por mandato constitucional son los verdaderos encargados de promover y garantizar el orden dentro del país se dejen de medias tintas, y exijan respeto por parte de quienes para desgracia nuestra tienen a su cargo la conducción del Perú. Que no puede ser posible que, además de compararlos con los ronderos de Pedro Castillo, se los ponga por debajo de estos.