Por Israel Tolentino
Es un decir popular que cuando los artistas se mueren se reconoce su obra, su nombre. Son suficientes unos ejemplos para desmentir a esta voz popular, a esta voz de Dios que nunca se equivoca. Van cuatro años de la desaparición de Carlos Martel Figueroa (1958-2018).
El dos mil dos, conocí a Carlos Martel, a quién mi abuelo Miguel llamaba Carlitos. Era conocido como “el Loco”, chapa nada original, no le pertenece a ningún pueblo en realidad, es una obviedad, un mote con el que la mediocridad quiere lavarse las manos de la responsabilidad social y humana que significa empujar y ser solidarios con aquellos que son diferentes. Como fuere, ellos eligieron o les eligió algún gen perverso: el de ser artista.
“El Loco” Carlos fue el mejor amigo del arte en Huánuco (tierra de ambos). Nuestras diferencias de edad eran de una generación a otra y nuestras miradas del arte diametralmente distintas por el espíritu que nos heredó ese artista de las cavernas, el mismo: desde la alegría y placer de coger los pinceles, hasta la pena y angustia que significa terminar una obra y luego de exponerla, voltearla sobre la pared del pequeño taller. Un artista en Huánuco si no pinta en su cuarto es porque los cuartos actuales son pequeños o porque está casado. Siempre queda la cochera o ese espacio llamado tragaluz o pasadizo entre el cuarto y la salida de la casa y, en el mejor de los casos, el lugar que le corresponde a la bodega. Un taller, como en la calle un ambulante improvisa una tienda.
Carlos, mi amigo, está muerto hace cuatro años. Se puso a Huánuco sobre sus hombros, inventando oficios dentro del mismo ambiente artístico: pintor, restaurador, escultor, muralista, dibujante, algo de poeta y buscador de otras maneras artísticas de expresarse, recuerdo, en la exposición de la Comisión de la Verdad y Reconciliación haciendo una especie de instalación – ambientación; ayudé en algo y escribí un pequeño texto hoy perdido.
Carlos Martel, el pintor, logró imprimirle a su obra un acento personal. Le dedicó mucho al motivo paisaje y aunque no se veían personajes, muchas veces su presencia se sentía en todas partes, paisajes humanizados. Se enfrentó a los otros motivos clásicos, el retrato y el desnudo, como nos pasa a todos, unos muchos mejores que otros. Recuerdo los cuadros a pedido de ciertos políticos tenían calidad de cumplido, no decían nada; en cambio, otros donde la modelo pasaba a tener esa aura de los retratos donde dejaba que la “inspiración” y no la necesidad le guiara las manos. Pintaba poco, una manera de decantar el tema, mientras llenaba muchas bitácoras (recuerdo que coincidimos con las bitácoras Minerva) y un día decidía qué cuadro empezar. Por momentos tomaba del surrealismo y otras del expresionismo. Él era un pintor y punto, le interesaba pintar bien, en el mejor de los decires de la pintura de caballete, corrigiendo y corrigiendo: pintar bien. Esta misma actitud la mostraba en la escultura. Tenía una pequeña fauna característica: los búhos, los caracoles… pintaba Cristos con una vehemencia comparada a Sérvulo a quien admiraba ¿cuántos Cristos, pintados con las manos, habrá dejado por esos bares de las paredes andinas?
Martel, el pintor de Huánuco, con sangre de artista bohemio, caminaba mucho y a paso de soldado, con fuerza y rapidez, casi corriendo, con mucho orden; vivía en un pequeño cuarto galería impecable. A las cinco de la mañana, estaba en pie y se iba a tomar un emoliente amargo y se internaba a “chancar” la escultura de turno o resolver el cuadro en blanco, varios días sin salir, sin contestar llamadas.
Carlos “el Loco” fue el pintor más lúcido y ambicioso que Huánuco de la última parte del siglo pasado ha tenido, seguro que majadero para algunos, pero así hay que ser en este apacible valle de eterno olvido, directo como un golpe de comba, eso que no agrada, más en lugares donde se tiene que sobar espaldas o ser chupamedias y abundan los semáforos inaugurados y que ya no funcionan o costosos relojes públicos que, como esculturas contemporáneas, tienen la hora congelada. Curioso que se busque corregir la impuntualidad con este método. Martel era puntual en sus citas y de palabra, aunque usaba esta muletilla: “mierditas”; nunca supe a qué exactamente se refería.
Todos tenemos una deuda con los que hacen arte con esos elegidos que muchas veces en contra de su voluntad, injusticias del destino, ¡por qué ue no les quitó sensibilidad y los hizo congresistas! Seres que terminan colgados en salas como uno de los tantos adornos mal pagados salvando las excepciones.
Carlos Martel, mi amigo entrañable, tenemos muchos pendientes para la otra vida, eres por ahora el adelantado, puedo seguir prometiéndote que hablaré de tu obra y tendré un cuadro tuyo junto con los de otros amigos queridos; en tu caso, junto con los de don Ricardo Flórez.
Amarílis, marzo 2022.





