Los tiempos están cambiando tan repentinamente que no sabemos qué sucederá mañana. La actividad que los seres humanos realizamos está contribuyendo al cambio climático y al desbalance de la armonía interna de la Tierra, nuestro planeta, nuestra casa. Por decir, nosotros mismos somos los responsables de la contaminación y deforestación.
Para muestra de lo que ocurre en nuestro departamento, los bosques de Carpish han desaparecido por obra y gracia de la tala y depredación de la flora y fauna natural. Carpish, cuyo prodigio natural, servía como una cortina rompevientos que retenía el calor de las corrientes calientes provenientes de la selva, equilibrando el clima y dando frescura a este valle.
Lamentablemente, desde hace un tiempo atrás, Carpish está perdiendo esta tan valiosa y poco valorada cualidad. Ahora es más común, la sensación de sofocante calor por las mañanas y frío intenso por las noches.
En las laderas del cerro San Cristóbal y de Aparicio Pomares, se plantaron un millón de árboles de especies autóctonas que fueron destruidas por los traficantes de tierras e invasores de terrenos, quienes talaron miles de ejemplares de tara, guarango, chuná, cabuya, chirimoya, tunas, que además de darnos un clima primaveral, nos abastecía de frutas y leña, y eran hábitats de una serie de animales; pero la ola invasora (proveniente de las provincias, distritos y otros departamentos) destruyó ese ecosistema que nos daba un clima saludable y de bienestar.
Ahora, ante esta triste realidad, solo nos queda adaptarnos a esta situación. Felizmente, el hombre es de fácil adaptación. Tenemos que acomodarnos y pedir a Dios que la naturaleza no se ensañe con este valle.



