HACIA UNA CUEVA

Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe

Desde una banca de la “remodelada” plazuela Santo Domingo, Felipe revisa un periódico. Algo asombrado, lee acerca de un hombre llamado Panta Petrovic, quien decidió vivir, tras llevar una vida frenética —según lo confiesa él mismo— en una cueva en Serbia. “Es mejor que vivir en medio del caos”. Sonríe. Este hombre, tras permanecer 20 años alejado del ruido espantoso y caótico de la sociedad y sin dejar de informarse de lo necesario, decidió salir de su autoexilio para ir a vacunarse. El contacto con la naturaleza no lo ha obnubilado de la realidad, sus años de estudio le permiten saber que el virus existe y que puede llegar a todas partes, aun a su cueva.

Felipe camina por su ciudad observando todo a su alrededor. “Por qué en su ciudad hay tanto ausentismo durante las jornadas de vacunación”, se pregunta. Quizá el olor nauseabundo de los principales jirones, los baches de las carreteras, ese adefesio de ciclovía, la reciente celebración del aniversario que transformó a Viña del Mar en un enorme basurero, terminó por atrofiarnos el cerebro y andar creyendo en cualquier tontería que nos dicen. “Es que te insertan un chip”, sostienen los que se sienten importantes y que de seguro llevan una vida digna de ser espiada o de ser llevada a la pantalla grande; “te alteran tus genes o te vuelve estéril…”, bueno después de todo no sería tan malo en algunos casos, ¿no?; “un doctor dijo que no sirve”, bueno se refieren a un congresista fujimorista que tuvo sus cinco minutos de fama en medios periodísticos irresponsables. “Trata de repasar miles de razones, recuerda los miles de videos en los que se evidencia que las vacunas atraen a metales, ¿por qué no aprovechar para buscar oro?”, ironiza. Trata de encontrar respuestas y fracasa.

Ahora, tras conversar con su hermana sabe que menos gente va a vacunarse conforme se reduce la edad. Después de todo tanta información, mejor dicho, desinformación, y el contacto con cuanto conspiranoico se cruce al frente, a diferencia de Panta, terminó por volvernos en creyentes de lo absurdo, de la especulación, de don Chamanito, el del barrio, del clorito, en fin de todo aquello que carezca de base científica.

Recuerda a quienes se fueron a causa del maldito virus, se siente triste siempre que lo hace porque está plenamente convencido que no los volverá a ver nunca, que la muerte es el fin de todo, que no hay más allá. No quiere caer en la cursilería de pensar que ellos pudieron haberse vacunado y sí estarían con vida. Es algo que nunca sabrá; sin embargo, sabe que los que están vivos tienen una oportunidad de hacerlo, de poner su vida en la ciencia, lejos de eso de poner el hombro por el país que puede que cada día nos decepcione más, sobre todo cuando vemos los berrinches y payasadas de Castillo, Cerrón o quién diablos sea el que gobierne y esa sarta de impresentables que están sentados en el Congreso; puede que no nos nazca aceptar un pinchón por esta ciudad que es un caos; probablemente queremos resignarnos a la muerte porque perdimos toda esperanza. Quizás —se dice a sí mismo Felipe— seamos nosotros los que por resistencia al conocimiento estamos condenados a la oscuridad de un escondite y Petrovic, en su refugio es realmente libre, pues el conocimiento y la verdad liberan, ¿No? Después de todo, nuestros pasos se dirigen a una cueva de la que tal vez ya no podamos salir más.