Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Quisiéramos comenzar planteándonos una simple pero determinante pregunta. Una pregunta cuya respuesta muy probablemente no alcanzaremos a dilucidar aquí, pero que, no obstante, habrá de llevarnos a una discusión, a una reflexión, que nos conducirá a la corta o a la larga, y de ello estamos seguros, al planteamiento de respuestas que vendrán a echar luces sobre lo que, de momento al menos, aún se resiste a abandonar el cómodo ámbito de la penumbra, el plácido espacio de lo aún no establecido: ¿Fue la llegada de la pandemia realmente negativa para la educación? Según el cristal con que se mire, argumentos en favor de una u otra postura los tenemos, naturalmente, para dar y tomar. Y en hora buena que los tengamos, pues es de la sana confrontación de ideas de donde surgen, a veces, los senderos que con el tiempo acabarán llevándonos por nuevos caminos, siempre en busca de esas verdades que, inasibles, insisten en tornársenos esquivas, en escapársenos irremediablemente de las manos.
En cualquier caso, y al margen de hacia dónde apunten nuestras inclinaciones, esto es, si a favor de lo negativa que resultó la pandemia para el ámbito educativo o en contra de ello, lo cierto es que habría que comenzar estableciendo cómo era en realidad nuestra educación antes de la llegada de la COVID-19. Algo que en principio pareciera ser la tarea más fácil del mundo, por cuanto partimos de la premisa de que la conocemos, de que hablar de ella en el contexto de prepandemia es movernos en terreno conocido, y ello por la simple y sencilla razón de que nos hemos desarrollado en él desde siempre; pero que bien vistas las cosas no lo sería tanto, no, cuando menos, en la medida en que lo desearíamos. Esto porque a menudo tendemos a idealizar todo cuanto forme parte de nuestro pasado; cuanto para bien o para mal haya sucedido ya, y no admita, por tanto, enmiendas, correcciones ni rectificaciones. Lo que nos lleva, querámoslo o no, no solo a preferir únicamente aquellos eventos que nos resulten más agradables, en perjuicio de esos otros que, sea por las razones que fuesen, preferiríamos borrar de nuestra memoria; sino además a alterar de forma deliberada y hasta alevosa todo eso que no resulta de nuestro agrado.
Nos pasa a todos. Y en los más variados contextos y circunstancias. Por lo que no ha de extrañar a nadie que, en lo que toca al ámbito de que se trata, la historia no sea particularmente distinta. Y es que no son pocas las personas a las que, incluso teniendo una montaña de evidencias en contra, no les temblará la voz al sostener que, antes de la llegada de la pandemia, la calidad de la educación que se impartía en el Perú era muchísimo mejor que la se brinda ahora; ahora que predomina la llamada educación remota a lo largo y ancho del país; ahora que las pantallas de celulares, tabletas y ordenadores parecen haber reemplazado, y todo hace indicar que para siempre, a las consuetudinarias pizarras de las tradicionales aulas de clases.
Pero no; no es así. No todo tiempo pasado fue mejor. No, al menos, en lo que concierne a la educación. Pues para nadie es un secreto que en lo que toca, por ejemplo, a la utilización de las herramientas propias de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la educación pública se encontraba casi, casi en pañales, y desde hacía décadas. Y la culpa no fue de ninguna pandemia. La culpa la tuvieron nadie más y nadie menos que nuestras autoridades de turno, que jamás movieron un dedo para que las cosas cambiaran. Por lo que habría que estar completamente ciego para no reconocer que, paradojas de la vida, fue “gracias” a la llegada de la maldita pandemia, esa que tanto daño, dolor y sufrimiento ha causado y sigue causando en el mundo entero, que la educación pública en el Perú, tanto la impartida a nivel básico como superior, comenzó a salir, por fin, de las cuatro paredes en que se venía dando desde que el mundo es mundo, y pasó a adentrarse en los todavía inexplorados caminos de la virtualidad.
Ignoramos a dónde nos vaya a llevar finalmente este nuevo estado de cosas. Si de aquí a unas décadas estaremos agradeciendo esta suerte de “empujón” que significó el virus para que nos adentremos en estos nuevos escenarios educativos; o si, contrariamente a ello, estaremos pesándonos de no habernos tomado el asunto con más calma. Como sea, existe una verdad que no admite la menor refutación: somos actores “privilegiados” de una nueva era, y en todos los órdenes del quehacer humano, por lo que solo nos queda comenzar a comportarnos de acuerdo a las circunstancias. Lo que pasa, entre otras cosas, por dejar de quejarnos tanto por todo lo malo que nos viene pasando, por comenzar a levantar la cabeza, por mirar finalmente hacia adelante.




