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LA HOJA EN BLANCO

 Escrito por: Jacobo Ramírez Maiz

Camino acojudado, pensando qué escribir. Enfrentarme al papel en blanco es un problema para mi pobre cerebro. De pronto, decido hablar sobre política. Aunque sé que los líderes de opinión de estos lares, como los grandes politólogos que son, me van a hacer papillas con sus comentarios. Como no tengo correa ancha, desisto en el acto.

Me siento junto al arroyo, y el sonido del agua trae a mi memoria una película que debo haber visto unas seis veces. Es La sociedad de los poetas muertos. Con la actuación de Robin Williams, quien personifica al profesor Keating, el que susurra a sus jóvenes estudiantes una frase que hace cambiar la existencia de casi todos ellos. Les canta casi en los oídos: «¡Carpe Diem! ¡Aprovechad el momento! ¡Haced que vuestra vida sea extraordinaria!»

Entonces pienso en mi infancia ida, y pido a Dios volver a ser aquel chiuchi galarucso que andaba por las calles, pateando piedras o latas, pensando en los cachaquitos que me iba a comprar con la propina que mi tío me daba después de que le entregaba su vianda de comida debidamente manoseada y disminuida, o en las figuritas que tenía que comprar para llenar mi álbum. Para escapar del caos que ebulle de mi cabeza, pido a Dios una vez más que me permita estar nuevamente con mis amigos, jugando descalzo, pateando canillas con todas mis fuerzas mientras siento que los dedos de mis pies suenan como si se estuvieran rompiéndose.

Salgo de estos pensamientos, e inevitablemente pienso en los candidatos que están a punto de ser elegidos. Me invade la desazón. No en vano preferiría volver a ser aquel niño que, como decía mi abuelita, shicra al aire, estaba metido en las aguas del río Higueras, buscando cachpas debajo de las piedras para sacarlas con las manos llevarlas a mi casa para que mi mamita prepare un rico chilcano con papas y ají molido en batán.

Entro a mi sala, prendo la televisión y veo hacia dónde se inclina la balanza. Entonces vuelvo a preferir ser aquel mishicara, con el moco colgado, que acaricia sus canicas y las lanza cerca al ojito dibujado estratégicamente en el piso para poder sacar todas las bolas chantadas; y ser así el ganador de ese juego maravilloso. Incluso sintiendo pena por mis amigos por haber perdido sus lecheritas. De nada serviría que se las quiera devolver, porque en los juegos de la vida, del amor, de la política, siempre habrá unos que ganen y otros que pierdan.  

Escucho al projue, e irremediablemente prefiero volver a ser aquel niño que, con su triciclo, estaba sentado en las puertas del cine América, allá en Aucayacu, vendiendo caramelos, chismoseando con la aguajera, tomando gaseosa y fumando un cigarro sin que nadie se dé cuenta.

Escucho a la gordita, y deseo ser aquel jovenzuelo que, con chompa al hombro, camisa a cuadritos, pantalón vaquero y botitas, estaba parado en una esquina cualquiera, viendo pasar a las chicas, piropeándolas; y al que, si le ligaba una de ellas, le daba por conversar sobre la luna y las estrellas, por hablar del amor sin saber ni siquiera qué significaba esa palabra.

Veo un lápiz, y pido ser aquel joven entusiasta que jugaba pelota todas las tardes junto a mis amigos seminaristas, insultándonos, pateándonos con premeditación y alevosía, para después ir corriendo a confesarme con el padre Raúl de Fillipe, que espero esté gozando de Dios.

Veo una piedra, y pido estar junto a Cloud y mis amigos entonando esa canción que le escuché a Manuelcha Prado, y que dice: Piedra tirada en el camino, ese soy yo; unos irán y otros vendrán, pero ninguno me sentirá. Tal vez algún caminante, tropiece un día conmigo, piedra tirada en el camino aún seré. Y tu sentir será mi sentir y tu dolor será mi dolor.

Apago la tele, abro el periódico y leo sobre el futuro de este país que tanto amo. Entonces le pido a Dios que me lleve unos años atrás, cuando, sentado junto a mis amigos y hermanos del alma, tomaba cervezas sin presagiar la llegada de este mundo de mierda, de este momento “histórico” que hoy vivimos. Cierro el periódico, me echo a la cama, veo la pantalla en blanco del computador, sonrío y repito: «¡Carpe Diem!, ¡Carpe Diem!»

 

Las Pampas 03 de junio de 2021