Escrito por: Eiffel Ramírez Avilés
Según las circunstancias, la literatura surge como lección, como advertencia o como ejemplo. Así, pues, en tiempos de plagas sale poco a poco de los labios de varias personas: ¿cómo terminó «La peste» de Camus?; ¿cómo era la peste bubónica por la época de «El Decamerón»? Y con el mismo sentido, muchos ponen ahora también sobre la mesa aquel «Ensayo sobre la ceguera» del portugués José Saramago, ya que tendría como eje un caso de epidemia y su respectiva cuarentena.
Ciertamente, la novela «Ensayo sobre la ceguera» narra los hechos de una epidemia de ceguera: de repente y sin causa explicable, una persona empieza a quedarse invidente en su coche; luego está contagia a los demás y así la enfermedad se extiende por toda la ciudad –y es posible, por todo el mundo–. Sin embargo, la trama se centra en los primeros individuos que se quedaron ciegos y que son puestos en cuarentena, mejor dicho, son hacinados y aislados en un exmanicomio. La existencia es difícil dentro de este edificio: los ciegos –aunque son ayudados por una mujer que, extrañamente, no ha perdido la vista– tienen que arreglárselas para convivir, y poco a poco se resalta cuán frágiles pueden ser la dignidad, la integridad o la decencia del ser humano. Estos encarcelados, expuestos a condiciones miserables, con poquísimas provisiones de comida o de agua, llegan a actos extremos y atroces por sobrevivir. «(…) cuando aprieta la barriga, cuando el cuerpo se nos desmanda de dolor y de angustias es cuando se ve el animal que somos», se nos devela en una parte del libro.
«Ensayo sobre la ceguera», sí, es una obra sobre una epidemia; pero ésta no es su fin, sino su medio. En tiempos de enfermedades contagiosas, el trabajo de Saramago consigue mostrar los efectos desesperantes que éstas producen: cómo la gente pierde los valores y las nociones de una sociedad educada. Pero aun así, la novela va más allá. También se podría desprender del texto un mensaje de humanidad frente a las personas con discapacidad o un llamado a la consciencia por la preciada posesión de nuestros sentidos (sobre todo, el de la vista, pues habría «la responsabilidad de tener ojos cuando otros los han perdido»). Más incluso así, el libro tiende a algo más.
¿Adónde o a qué apunta? Con la excusa de la ceguera, la cuarentena y los actos horribles de sobrevivencia de los recluidos, Saramago va desnudando al hombre; con el correr de las páginas, el lector siente que ha tocado fondo: que alguien ha entrado en su ser y ha removido y hasta cortado las cuerdas de su naturaleza proba; siente ahora una confusión nauseabunda porque se encuentra ante un espejo interpelante; descubre su verdadero nombre: el hombre-instinto. «Ensayo sobre la ceguera» es, pues, un asalto a la civilización.
Sin embargo, se aunaría a ello otra posibilidad en esta ficción. Los ciegos demuestran las mayores bestialidades con sus acciones; ¿pero por qué hay una señora en el relato que no ha perdido la visión y acompaña y apoya a algunos de ellos? No es solo porque su marido también se ha vuelto ciego. Esta mujer contempla la degradación moral a la que llegan los invidentes; asimismo, se agota, llora y hasta preferiría perder los ojos. Con todo, ella nunca los abandona. Saramago parece apostar, entonces, por dos mundos contrapuestos: el que no ve, animalesco, primitivo, egoísta; y el que ve, racional, luminoso, solidario. No obstante, son mundos que se mezclan, que no se dejan y que se aman. La novela de Saramago es, así, una extensión de «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde».



