Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Han pasado veinte años desde que el Perú se levantó, como no se recuerda que lo hiciera en toda su historia republicana, para traerse abajo a la que fue, a no dudarlo, la dictadura que más daño le ha causado al país; y las hemos tenido, como se sabe, bastante nefastas. Ninguna, sin embargo, como aquella; pues aún al día de hoy sigue siendo, y de lejos, la peor de todas. Hablamos, naturalmente, de la dictadura fujimorista, que durante poco más de una década hizo con el Perú lo que le dio la gana; y lo habría seguido haciendo, claro está, de no haber ocurrido aquel multitudinario levantamiento de la ciudadanía, a través de la denominada Marcha de los Cuatro Suyos, que marcó el inicio del fin de la opresión del tirano. Fue esta una suerte de gesta libertadora que, aun a pesar del contexto particular en que surgió, vale decir, no obstante las múltiples limitaciones logísticas y de comunicación que por aquellos años conspiraron para que la empresa en cuestión no pudiera realizarse, cumplió con objetivo que se había trazado: dinamitar, de una vez por todas y para siempre, los hasta ese momento sólidos cimientos del régimen del sátrapa.
Han pasado veinte años, decíamos, de aquel memorable acontecimiento en que terminó por convertirse la referida marcha; levantamiento popular que propició el que se nos devolviera la libertad, el que se nos restablecieran los derechos por muchos años conculcados. Y aun cuando ni los tiempos ni las circunstancias políticas y sociales son, claramente, ya los mismos; la historia, esa notaría impasible de los sucesos que marcan el devenir de los pueblos, y que cada cierto tiempo pareciera complacerse en repetirse, vuelve a ponernos a los peruanos ante la obligación de salir otra vez a las calles a defender la democracia; esa forma de gobierno que, con sus imperfecciones, con sus limitaciones, con sus cortapisas, es, todavía, lo mejor que ha podido inventar el hombre civilizado para no matarse entre sí.
Es cierto: la naturaleza del peligro que hoy acecha a nuestra democracia no es, ni por asomo, la misma que cuando el dictador y su secuaz se levantaron en peso la hacienda pública, y convirtieron al Perú en poco menos que un burdel. Existen, no obstante, ciertas similitudes entre el modus operandi de quienes pretenden ahora apoderarse del país, y sus ya “célebres” predecesores. Dichas semejanzas radican, fundamentalmente, en el hecho de que en ambos casos se busca el control total del Estado, la anulación de la necesaria independencia de poderes. Para lograrlo, a los golpistas de ocasión no les ha interesado, como es sabido, el que el Perú se encuentre atravesando por una crisis económica y sanitaria sin precedentes. Todo lo contrario, pues no han tenido reparos en vacar a un presidente, que por muy sospechoso que pudiera ser de haber cometido actos de corrupción, la desproporción entre el costo y el beneficio que acarrearía su retiro del poder en esas circunstancias era más que evidente.
Con lo que estos no contaban era con que, al igual que en aquella oportunidad en que gente de todo el país se unió en una sola voz para enfrentarse a la dictadura, en esta ocasión el Perú entero volvió a ponerse de pie, y se enfrentó sin vacilaciones a los golpistas. Así, conocida la noticia de que el Congreso había tomado por asalto al Ejecutivo, la población no lo pensó dos veces, y se volcó a las calles. Lo hizo con lo mejor que tiene. Con sus jóvenes. Quienes salieron a hacer por su patria lo que ni los más visionarios pudieron imaginar que se pudiera hacer.
Lo incomprensible, lo intolerable, lo inaceptable, es la manera en que la policía reprimió a los manifestantes. Pues olvidándose de que se trataba de una marcha en esencia pacífica, que lo único que pretendía era hacerle llegar al intruso Merino y compañía su descontento por lo que estaban haciendo con el país, no tuvo reparos en disparar a cuantas personas se les pusieran por delante; y no con perdigones de goma, como luego dirían en su defensa, sino con proyectiles de vidrio y de plomo; los mismos que, lógicamente, tenía la intención obvia de acabar con la vida de quienes los recibieran. Que fue lo que terminó por suceder, pues hoy el país entero lamenta la muerte de dos jóvenes, acribillados vilmente por quienes en circunstancias normales habrían sido más bien los llamados a protegerlos.
Arrinconado por el peso de la sangre de estos dos inocentes, y por la presión cada vez mayor de la ciudadanía en su conjunto y de la comunidad internacional, al dictadorzuelo no le quedó más remedio que renunciar, y ponerle fin, con ello, a su nefasta aventura golpista. Hoy, con un Francisco Sagasti elegido por el Congreso como nuevo presidente hasta que tengamos a quien asumirá la conducción del país a partir del 28 de julio de 2021, renace la esperanza de que esta vez nuestra clase política comience, por fin, a hacer bien las cosas. Sin olvidar, por supuesto, que si llegamos al punto al que llegamos, fue por culpa de nadie más y nadie menos que del Congreso. Porque Merino cayó, sí; pero ¿eso implica que aquí no pasó nada?




