LA PANDEMIA: ¿ALEGORÍA DE LA NUEVA CULTURA?

Escrito por: Ronald Mondragón Linares

Hacia el inicio del nuevo milenio, se fueron configurando los rasgos socioculturales de una nueva época histórica, según la opinión de cierto sector de estudiosos de la historia y de la sociedad. No es improbable que sea así; lo atestiguan, fácticamente al menos, ciertos hechos por demás significativos, irreconocibles e insólitos hace solo treinta años: niños de 6 o 7 años encaramados sobre un ordenador, maniobrando con destreza el mouse y los ojos absortos en la pantalla; infantes solitarios (aunque sonrientes) que interactúan con tablets en vez de juguetes; gente de paseo  por los parques sosteniendo en la mano- casi una extensión corporal de ella- un aparato imprescindible, rey y signo de los tiempos: el móvil o simplemente celular; la añeja biblioteca que se cubre tristemente de polvo- pues, ahora, los libros se encuentran en el frío vientre del artefacto electrónico, hinchado de megas y gygas.

Pero la nueva época no solo trae un desarrollo inconcebible de la tecnología. También produce formas de pensar y de sentir, formas de ser y hacer al mismo tiempo. Que, al potente impulso de las necesidades de producción y del trabajo, así como las derivadas de los procesos comunicacionales globales, hayan aparecido el computador, la laptop o el smarphone como parte del desarrollo social, es explicable y absolutamente comprensible. Pero, ¿se puede explicar fácilmente y comprender a cabalidad por qué un adolescente de este tiempo es capaz de estar conectado al celular por lo menos seis horas al día, ido del mundo real, presa de las garras de un monstruo fatuo, ignaro hasta lo grosero y sin ninguna esperanza puesta en el porvenir?

Quienes nacimos en las décadas del 60 o del 70 del siglo XX nos dimos cuenta, cuando jóvenes,  del cambio generacional y sus rasgos diferenciadores con respecto a nuestros padres. Y es completamente natural que sea así, puesto que son notorias ciertas características que difieren entre una generación y otra. Nos burlábamos de las bocas demasiado anchas de los pantalones que usaba papá o mamá. Se nos figuraba poco galante la ruda figura de John Wayne como “héroe” de las películas. La imponente belleza de Marilyn Monroe o Brighite Bardot se nos antojaba demasiado lejana e inasible, y pronto fue reemplazada por alguien menos etéreo y más real como Madonna. El tocadiscos de la casa se convirtió en un objeto curioso, simpático, que nos hacía recordar algunos momentos plácidos de la niñez (la vitrola corresponde a la generación inmediatamente anterior, la de nuestros abuelos).

Pero todo aquello, todas aquellas diferencias entre una generación y otra, no implicaron un cambio sustancial de la cultura y de la época.  Nos tocó vivir un periodo de transición. Por eso, todavía disfrutábamos de los domingos  de cine, en la pantalla grande-el verdadero cine-, por la tarde, hacia el crepúsculo. Todavía sentíamos palpitar en nuestros corazones el claro sentimiento de la amistad, de la felicidad por las cosas sencillas del mundo (volver a casa a pie con los amigos, mirar el río desde un puente); la inocencia del primer beso en la oscuridad, entre las butacas.

Lo que vino después nos desgarró, pero no lo quisimos aceptar, instintivamente. Vino sin avisar, y no le hicimos mucho caso. Las primeras computadoras nos parecieron un evento, una circunstancia académica más, y ya nos teníamos que ir del colegio.

La nueva época se terminó de acomodar hacia los primeros años del 2000. Nosotros, a caballo entre una y otra época, éramos una especie de ápatridas culturales. El siglo XX, no cronológica sino culturalmente, se fue haciendo lejano. La exigencia social impelía a vivir el presente.

¿Qué es el presente, entonces? El presente de la época que vivimos es despersonalización, inmediatez, estandarización (ausencia de creatividad), culto a la banalidad intelectual (rechazo al saber), etc. La sociedad se refugia en los pliegues obtusos de las redes sociales, es decir, en la ausencia total de empatía comunitaria, en la trágica indiferencia ante los problemas verdaderamente humanos.

Y en medio de todo esto aparece, fríamente, a tono con nuestro tiempo, la pandemia del Covid- 19: devastadoramente planetario.

No estoy de acuerdo, pues, con quienes dicen que la pandemia inaugura una nueva etapa de la humanidad, o que implica un antes y un después. La pandemia ha venido a anclarse en esta época y lo hace a tono con su personalidad y sus rasgos esenciales.

Un fenómeno esencialmente perverso como la pandemia se instala en la sociedad de la indiferencia. Tal para cual. Además, ciertos signos y evidencias del Covid-19 nos remiten a los rasgos socioculturales de la actualidad, y parecen calzar perfectamente. En primer lugar, el gran tema (tema genialmente kafkiano) de la incomunicación. Los países, estados, regiones y provincias sufren la incomunicación y el cierre de fronteras a causa del coronavirus. La cuarentena obliga a los habitantes a encerrarse en sus casas. Solo algunos se dan cuenta del drama, entrevisto por Kafka, de la falta de comunicación entre los seres humanos; y de que la pandemia funciona como el humor negro de una farsa, poniendo en evidencia la ridícula presunción del género humano de constituir una sociedad avanzada. En segundo lugar, el problema de la despersonalización. Nuestro tiempo, el de la digitalización, borra los rostros y nos obliga a pensar en seres abstractos, en sonrisas y abrazos abstractos. Cualquiera es igual a cualquiera. Por su parte, el virus no identifica nada en los hombres, sea género, raza o clase social. El ser humano es un ente, por ello aquel no halla diferencias.

Finalmente, está la mascarilla, el cubrebocas. Quizá la alegoría que pinta de cuerpo entero al hombre de nuestro tiempo. La mascarilla conduce a la indiferenciación. Es difícil reconocernos por las calles. Todos tienen igual apariencia, porque  hoy somos hombres-con mascarilla y mañana igualmente hombres-con mascarilla. Y no nos podemos reconocer porque hemos perdido la mirada; el barbijo cubre la cara y con ello oculta la mirada esencialmente humana, tan propia de cada uno. Pues la mirada, fenómeno especialmente espiritual a decir de Sábato, no solo se compone de pupilas, de ojos, sino de todos los gestos y movimientos del rostro, mejillas, nariz, labios, y hasta de las arrugas de alegría o tristeza que se forman con el tiempo.