Escrito por: Ronald Mondragón Linares
En la historia de las letras peruanas existe un libro absolutamente singular, desde el punto de vista de su contenido, de su expresión estética y, por consiguiente, de su clasificación en los géneros literarios: las “Prosas apátridas” de Julio Ramón Ribeyro.
¿Qué son en realidad las “Prosas apátridas”? ¿Cuál es el valor y su trascendencia para la literatura peruana, hasta ahora no examinados con atención?
La personalidad literaria de este libro marcha a tono con la importancia del conjunto de la obra del narrador peruano y con su evolución espiritual como escritor. No solamente las “Prosas apátridas” resaltan la valía literaria de su autor, no. Lo enaltecen como artista. Lo aquilatan en su alta dimensión intelectual y humana propia de los grandes escritores, de los escritores de raza. Las “Prosas apátridas, así, constituyen un libro engrandecedor.
Generalmente, esta clase de creaciones están contenidas en memorias, si no en cartas o diarios personales. Esto se encuentra perfectamente claro. Las cartas personales de Kafka son memorables y dramáticos ejemplos de lucha del escritor contra su propia creación y su propia vida. Semejante dramatismo y desgarramiento interior se encuentran también en el diario personal del escritor italiano Cesare Pavese. Y muchos escritores han visto publicadas sus memorias como García Márquez, Ernesto Sábato o Vargas Llosa.
Esto está, como digo, perfectamente claro. Memorias, diarios, cartas. Pero Julio Ramón Ribeyro también escribió su diario personal, al cual dio el título de “La tentación del fracaso”. Queda, de este modo, la pregunta nuevamente abierta: “¿Qué son, entonces, las “Prosas apátridas”? O, también, ¿qué les otorga su peculiaridad?
El mismo Ribeyro no lo sabía. Es decir, no lo sabía a ciencia cierta. En la nota del autor del libro consigna que decidió reunir sus escritos, notas sueltas que bien hubieran podido formar parte de una novela, un cuento o un artículo, en un solo volumen porque “carecen de un territorio literario propio”. Esta acotación explica plenamente el título, mas no el carácter de la obra misma como es evidente.
Es probable que a Julio Ramón Ribeyro le haya ocurrido, en mayor o menor medida, lo mismo que a los grandes creadores y genios de las artes o las ciencias. No premeditó el hallazgo, no era enteramente consciente de la joya que estaba trabajando en su febril ejercicio de escritor. “El genio no busca, encuentra”, dijo el genial Picasso. Y claro que no le faltaba razón.
Pero Ribeyro logró darse cuenta de la veta de oro que había hallado, aunque no sabía bien de sus alcances y ni qué nombre ponerle. La primera edición de las “Prosas apátridas”- ya él nos explicó por qué le puso este título-, aparecida en 1975, consta solo de 89 textos. Había, pues, que explotar aún más el rico territorio encontrado. En 1978 se publican ya 150 textos y, por último, en la edición definitiva de 1986, se cuentan 200.
Mariátegui decía que las obras literarias más genuinas y verdaderas son aquellas que se escriben naturalmente, esto es, sin obedecer a un propósito preconcebido de sistematización u organicidad. Este es ciertamente el caso del libro que comentamos. Y esta tal vez sea una de las razones por las cuales sea tan difícil clasificarlo. Porque las “Prosas apátridas”, desde el punto de vista del género literario, es un libro realmente y formalmente inclasificable. Así aparece en los textos y manuales de literatura: sin clasificación.
Ribeyro también tiene en su haber un libro, “Dichos de Luder”, que, diríamos, está en la misma línea de las “Prosas apátridas”. Pero aquel texto parte de un motivo, de una trama estrictamente ficcional, de que se vale el autor para presentar en medio de diálogos, sus sentencias o aforismos a través de Luder, su álter ego. La historia aquí está reducida la mínima expresión; en “Prosas apátridas” sencillamente no existe.
Cada texto de “Prosas…”, que se compone de unas cuantas líneas hasta las dos páginas como máximo, tiene una existencia propia y autónoma. Los temas y las anécdotas- ocasionales estas siempre y que “solo” sirven de pie de apoyo para la reflexión- son variados y disímiles. Política, filosofía, historia, literatura, arte en general y hasta ciencia son los tópicos a partir de los cuales el autor, atrapando constantemente la fugacidad de los momentos cotidianos, construye con una lucidez poco común, su fina y aguda mirada literaria del mundo. Pues la pretensión de Ribeyro no es ensayística o puramente racional; es, más que todo, el intelecto literario el que busca aprehender la realidad y desentrañar los misterios de un mundo del cual casi no se tiene certezas.
En la primera de sus prosas, el escritor, en su gabinete de trabajo, reflexiona frente a su inmensa biblioteca y llega, de pronto, la luz rotunda y sabia de la revelación: “Y entre los libros perdidos(los parásitos, los que nadie lee), los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte. ¡Qué quedará de todo esto! Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración estética, un enigma”.




