Jorge Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
No es fácil cumplir veinticinco años. Es menester salvar primero, para que aquello ocurra, el difícil escollo de la gestación; que, por el mismo hecho de no depender de uno, no se haya sujeto a nuestra voluntad, y queda en manos más bien de terceros, de los que nos crean. Lo que de arranque nos coloca en condición de clara y manifiesta desventaja. Pues son otros los que decidirán por nosotros, los que establecerán, por ejemplo, dónde y cuándo, para hablar en rigor, habrá de comenzar nuestra historia. Y ya se sabe que sobre la voluntad de los demás poco o nada se puede hacer: realiza lo que mejor le parezca, aun cuando esta pueda no marchar necesariamente aparejada a la nuestra. Y no es, claro, que solo tengamos que depender en este aspecto de lo que determinen quiénes serán, si las circunstancias así lo determinan, nuestros hacedores, también lo tendremos que hacer en otros aspectos tan igual de decisivos como el de nuestra gesta.
Así, superada, salvada, aquella primera instancia de nuestro derrotero, lo que nos tocará ahora será el tener que poner todo el empeño de que seamos capaces para arribar al punto en el que, como se ha dado en llamar desde hace ya mucho tiempo atrás, seremos arrojados al mundo; circunstancia en la que, por así decir, iniciaremos propiamente nuestro camino, que, para ir en consonancia con lo accidentado de nuestra gestación, estará plagado a buen seguro de un gran número de escollos, a cual peor que el anterior. Como sea, instalados ya en la existencia propiamente dicha, lo que nos corresponderá ahora será abrirnos camino en el mundo, vale decir, sobrevivir. Para lo cual habremos de hacer de tripas corazón, si lo que queremos es no sucumbir ante las primeras embestidas del exterior, que buscarán derribarnos a como dé lugar, convencidas a no dudarlo de que hubiera sido mejor que no hubiésemos nacido.
Pero, habida cuenta de que será la terquedad una de nuestras principales y más señeras características desde aquellos iniciales momentos de nuestra existencia, la misma que exhibiremos a la primera oportunidad que se nos presente para hacerlo, nos encapricharemos en no darle gusto a la adversidad, esto es, a las zancadillas que de cuando en cuando nos pondrá el destino, un poco para hacernos más fuertes y otro tanto, también, por el simple gusto de joder. Lo que nos llevará a seguir adelante en la vida, y que equivale ni más ni menos que a la sobrevivencia cotidiana.
Llegaremos así, a despecho de lo que podrían desear quienes se afanarán en mirarnos siempre por encima del hombro, a un punto en el que la adolescencia habrá acabado por ceder su lugar a la adultez, aquella que, como su propio nombre lo sugiere, nos coloca por lo general (aunque, claro está, tampoco es que sean escasas las excepciones) en condición no solo de mirar las cosas a través del prisma que de ordinario nos brinda la experiencia, sino también de tomarnos menos en serio a los que continúen insistiendo en no querer darse cuenta de que con quién están tratando.
El caso es que todo lo que hasta aquí se lleva dicho; aplicable, naturalmente, a cualquier individuo, vale también para quienes, sin ser entes de carne y huesos, participan lo mismo de los estadios por los que este tiene que atravesar a lo largo de la vida para llegar al cuarto de siglo, que no es poca cosa bajo ningún punto de vista. Es el caso del Diario AHORA, que hoy, después de haber pasado por todos y cada uno de los momentos antedichos para llegar al punto al que ha llegado, cumple contra viento y marea veinticinco años de circulación ininterrumpida en nuestro medio. Hecho por el que nos congratulamos sobremanera, sobre todo por lo difícil que resulta en nuestro país gestar, alumbrar, desarrollar y consolidar un proyecto periodístico; y también, desde luego, porque al hacerlo se ha contribuido asimismo a darle a nuestro medio un producto de calidad, que no tiene nada que envidiarle a sus similares de otras partes del país.
Que estas Bodas de Plata del Diario AHORA se constituyan no solamente en motivo de justa y necesaria celebración; también en el punto de referencia desde el cual, quienes tienen la ardua labor de llevarlo adelante, puedan mirar atrás con la serenidad que da el saber que se vienen haciendo bien las cosas, para a su vez poder proyectarse hacia las Bodas de Oro, que en modo alguno deberán llegar por inercia. Deberán llegar como es que llegan ahora las Bodas de Plata: como resultado, antes que nada, de un duro y sostenido trabajo. Porque ya quedó claro que no es fácil llegar a cumplir veinticinco años. Cuesta mucho sacrificio. Lo saben Julio Trujillo, Jimmy Trujillo y todos quienes con su esfuerzo diario contribuyen a que ello ocurra. A todos ellos nuestro más sincero reconocimiento. ¡Que se celebre por todo lo alto!, que bien merecido se lo tienen. Y reciban, a la distancia, un fuerte abrazo de su amigo.



