EN NOMBRE DE LA PAZ

Por. Andrés Jara Maylle

Mi generación es la sobreviviente de una de las etapas más violentas que vivió el Perú en toda su larga historia.
Basta retroceder al pasado e inmediatamente nos preguntamos cómo demonios hemos podido sobrevivir ante tanta muerte; ante el evidente reinado de la brutalidad absoluta, de la muerte ciega, del fanatismo asesino, del terror de cada día. Tanta barbarie y crueldad expresadas en asesinatos, coches bomba, voladura de torres eléctricas, apagones intempestivos, paros armados, ajuste de cuentas, “juicios populares”, amenazas directas e indirectas…
Todo eso lo hemos vivido en carne propia, y por ello, ahora que nos enteramos de que un país hermano como Colombia está firmando un acuerdo de paz con las FARC, no podemos sino alegrarnos y desear de todo corazón que dure para siempre.
Ya lo sabemos, las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que comenzó su actividad “guerrillera” en 1964, ensangrentó al país con cientos de miles de muertos, entre ellos niños, ancianos y muchos inocentes. Es más, tal como sucedió en el Perú con Sendero Luminoso y el MRTA, luego de su inicio “revolucionario”, romántico e idealista, se convirtió, sobre todo, en una vulgar banda de asesinos y sicarios aliados al narcotráfico (otra nefasta lacra que genera violencia, corrupción y muerte).
Las FARC, ya convertidas en una cuadrilla terrorista, se especializó en secuestros con la única finalidad de cobrar cupos con los cuales se mantenían los altos dirigentes y sus huestes armadas (llegaron a tener unos veinte mil efectivos en su mejor momento), ya en el inhóspito monte o en muchos pueblos colombianos. Practicaron con total impunidad el ejercicio de la muerte durante más de medio siglo defendiendo una ideología (la marxista leninista) ya en aquel tiempo anacrónica, desfasada e impracticable, pero como se ve, solo lograron que colombianos se maten entre colombianos.
52 años de terror están quedando en el pasado gracias a unos acuerdos de paz que demoraron más de cuatro años de conversaciones farragosas y agotadoras. Pero los que, como mi generación, han vivido al borde de esa manifestación de muerte, terror y violencia, podemos expresar nuestros contentamientos por lo que está sucediendo en nuestro país vecino: la Paz que se avecina.
Hector Abad Faciolince, extraordinario escritor, colombiano justamente, y víctima de esa violencia, ha dicho con gran sabiduría: “La paz no se hace para que haya una justicia plena y completa. La paz se hace para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro”. Y tiene mucha razón.
Por mi parte, apuesto a ese acuerdo de la sensatez y la razón, y de paso, transcribo un poema alusivo al tema del poeta Gustavo Valcárcel:

LEYENDA DEL HÉROE DE LA PAZ
Nada es posible sin el hombre,
todo es posible con la paz.

ESPOSADO hasta las venas
lleváronle a la cárcel.
¡Viva la Paz! pudo decir
a tiempo que el verdugo flagelaba
su espalda hasta el martirio.
Vaciados sus dos ojos
sobre un horizonte de tinieblas
a la paz volvió a mirar.
Amputados sus dos brazos
sangrante su vida y sus muñones
a la paz volvió a abrazar.
Quemados sus dos labios
con voz ronca hechas cenizas
a la paz volvió a cantar.
Cercenadas sus dos piernas
puesto en pie su corazón
a la paz volvió a llegar.
Silenciados a golpes sus oídos
en la sangre que perdía
a la paz volvió a escuchar.
Exhalado el último suspiro
caído de bruces el cadáver
a la paz volvió a besar.
Cuando echaron sus restos a la tierra
vino la paz entre palomas
y coronó a su tumba de universo.