Tragedia Yungay Ancash Peru
Tragedia Yungay Ancash Peru

Yungay 55 años después La tragedia del sismo y aluvión que hirió a todo el Perú | Imágenes exclusivas

El 31 de mayo de 1970, el Perú enfrentó una de sus mayores catástrofes naturales, un sismo devastador que no solo cobró miles de vidas, sino que también transformó el paisaje y la memoria colectiva del país. Mientras el mundo futbolístico se preparaba para el Mundial México ’70, con el Estadio Azteca listo para el encuentro inaugural entre México y la URSS, un terremoto de magnitud 7.8 sacudía la costa y sierra peruanas, marcando un antes y un después en la historia nacional y resaltando la vulnerabilidad sísmica de la región andina. La tragedia, sin embargo, no se limitó al movimiento telúrico; un aluvión de proporciones épicas sepultó la ciudad de Yungay, dejando una cicatriz imborrable en el territorio.

Según la investigación publicada por El Comercio, el impacto del sismo se extendió por diversas ciudades, pero fue Huaraz la que sufrió las consecuencias más devastadoras. La destrucción fue generalizada, afectando edificaciones emblemáticas como la catedral principal, escuelas y plazas, con el 95% del departamento de Ancash reducido a escombros. En los momentos iniciales, las noticias hablaban de una cifra de fallecidos que rondaba los 5,000, aunque la magnitud real de la tragedia estaba aún por revelarse.

El epicentro de este trágico evento se localizó a unos 80 kilómetros mar adentro, frente a las costas de Chimbote, en Ancash. En la capital, Lima, el sismo se sintió con una intensidad de 6 grados, pero la magnitud del desastre que se desencadenaba en el Callejón de Huaylas, especialmente en Yungay, era inimaginable. El Centro Regional de Sismología para América del Sur reportó inicialmente una magnitud superior a los 8 grados, aunque posteriormente se confirmó en 7.8. La interrupción de las comunicaciones en la zona sumió las primeras 24 horas tras el sismo en un silencio angustiante y una incertidumbre abrumadora.

Ante la imposibilidad de dimensionar la catástrofe, el Gobierno organizó de inmediato comitivas de apoyo, utilizando tanto vías terrestres como marítimas para transportar las primeras toneladas de ayuda hacia las áreas más afectadas. Grupos de paracaidistas se lanzaron desde el cielo, llevando consigo medicinas y alimentos, e incluso arrojando paquetes de ayuda a las zonas periféricas devastadas, en un intento desesperado por aliviar el sufrimiento en medio de un paisaje de desolación. La tragedia ocurrió en un contexto sociopolítico particular, con el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado en el poder, que intentó gestionar la crisis con una mezcla de medidas de emergencia y control informativo.

Los primeros reportes de los medios daban cuenta de la magnitud del desastre. El martes 2 de junio de 1970, el diario El Comercio informaba que tan solo en Huaraz y Chimbote ya se contabilizaban 1,000 fallecidos. La portada del periódico estaba completamente dedicada a los devastadores efectos del sismo en Ancash. Se mencionaban, además, indicios de un aluvión en Huallanca y Caraz, ciudades que, de manera milagrosa, se salvaron de la destrucción total, reportando únicamente daños parciales. Sin embargo, en esos primeros días, no se tenía información precisa sobre la situación en Yungay.

La confirmación de la tragedia de Yungay llegó el miércoles 3 de junio de 1970, cuando El Comercio publicó en su portada un titular estremecedor: “30 mil son nuestros muertos”. Una fotografía desgarradora acompañaba al texto, reflejando la magnitud del dolor y la dificultad de encontrar palabras para describir lo sucedido. El presidente Velasco Alvarado, tras visitar la zona afectada, declaró que el escenario era peor que cualquier guerra y decretó ocho días de duelo nacional. Yungay fue sepultada por un aluvión provocado por el desprendimiento de una cornisa del Huascarán que impactó una laguna, generando una avalancha de lodo y rocas que arrasó con la ciudad. Solo algunas palmeras de la plaza de armas permanecieron en pie, como testigos silenciosos de la tragedia.

Las cifras finales revelaron una realidad aún más escalofriante: más de 70,000 personas perdieron la vida y 800,000 resultaron damnificadas en el Callejón de Huaylas y otras localidades del norte del país, con más de 23,000 fallecidos tan solo en Yungay. Las fotografías aéreas publicadas por El Comercio mostraban la magnitud de la destrucción. Los sobrevivientes y voluntarios describieron una densa niebla de polvo que persistió en el aire durante días y un “ruido horrendo” que precedió a la catástrofe. La ayuda humanitaria se organizó a nivel nacional e internacional, con la participación del Estado, empresas privadas y la solidaridad ciudadana. El Perú, a pesar del dolor y la devastación, se levantó para enfrentar la crisis.