Escrito por: Jacobo Ramírez Mays
No tengo chaleco verde, ni silbato, pero, como ciudadano huanuqueño, pata amarilla de nacimiento, puedo supervisar lo que nuestras autoridades están haciendo o mandando a hacer. Motivado por ese aspecto, salí de mi covacha, donde paro escondido, para darme una vuelta por esta ciudad.
De entradita nomás, me asalta la impresión de que a esta ciudad la han bombardeado, y esto sin que haya sido declarada en guerra, por lo menos hasta donde yo sepa. Sus calles agujereadas muestran un peligro constante para los choferes, que, en algunos casos, tienen que hacer maniobras inesperadas para esquivarlas, y así no estropear sus vehículos. Camino lento y me pregunto: «¿Acaso no hay presupuesto para la mantención de las calles?» Demás está decir que no solo es cuestión de calles, sino también de veredas, pues estas son también un verdadero peligro para los que a diario transitan por ellas Agujereadas, desniveladas, con heces de perros (animales que, dicho sea de paso, abundan en las calles, sin que ninguna autoridad haga algo para remediar ese problema). ¡Qué lindo sería que, en vez de haber gastado tanto dinero pintando inútilmente las calles, haciéndonos creer que con eso es suficiente para que se hable de una ciclovía, y que obviamente no sirve para maldita la cosa, con ese dinero hubieran comprado un terreno para construir ahí una perrera, y así poder solucionar en algo ese problema!
Y es que salir a dar una vueltita por la calle, a cualquier hora del día, es observar con toda seguridad camiones y caminos, que, según ordenanza municipal, no deberían ingresar por calles estrechas, y menos aún descargar mercaderías en establecimientos comerciales. Sin embargo, basta con caminar unos cuantos pasos para encontrarse con varios de esos carros descargando por diferentes lugares, incluso alrededor de nuestro Mercado Modelo, que, como ya saben, de modelo solo tiene el nombre. Para colmo y remate, incluso es posible ver a algunos supervisores municipales observando dicho acto, sin hacer absolutamente nada (en esos momentos, sus silbatos están bien guardados y sus papeletas, dobladas). En vano decirles algo, pues con toda seguridad responderán lo que ya en cierta ocasión me dijeron a mí: que vaya a la municipalidad para que me den explicaciones.
Me voy por una de las calles más transitadas, y observo una grúa que comienza a cargar motos estacionadas en zonas rígidas. Entonces, un joven se acerca a un chaleco verde y le dice, con el rostro desencajado: «Amigo, yo entrego delivery, y con esa plata sustento mi casa y mis estudios; solo estacioné por unos minutos acá, yo sé que no está bien, por favor te pido disculpas». Ante lo que, por supuesto, el supervisor ni siquiera lo mira, y solo le responde: «Esto son órdenes, lo único que puedes hacer es ir a pagar tu multa y así recuperas tu moto». «Pero ¿de dónde voy a sacar ese dinero?», dice el joven, ya con lágrimas en los ojos. «No sé, ni me interesa», son las últimas palabras que se escuchan. Si así se comportaran con todos, esta ciudad sería un paraíso. No obstante, sabemos que esto no es así, ya que no es difícil ver que en ciertos lugares, pintados como zonas rígidas, hay una gran cantidad de motos y carros estacionados, y nunca los tocan; es más, pareciera que hasta tienen supervisores que los cuidan.
Me siento en una de las bancas de la Plaza Mayor, y me pregunto qué será de la planta de oxígeno que adquirió esta municipalidad. ¿Funcionará algún día o lo hará cuando ya todos estemos vacunados? Me rasco la cabeza y caigo en la cuenta de que más fácil Keiko Fujimori acepta su derrota. Me levanto para seguir caminando, mientras monologo que esta ciudad no tiene autoridades, y, si las hay, que lo dudo, están por las puras caiguas; solo de adorno, realizando actividades insignificantes, posando para algunos medios de comunicación, y sin mover un solo dedo en favor de atender las necesidades más básicas de la población. Caminar por estas calles deja mucho que desear, desde luego; y, si todos nos pusiéramos en la condición de supervisores municipales, estoy seguro de que el alcalde, así como las demás autoridades de la región, tendrían los pelos en punta, pues no les dejaríamos hacer sus caprichos. Subo a mi colectivo para regresarme a mi pueblo querido, y un par de preguntas remueve inevitablemente mi cabeza: «¿Llegará alguna vez el día en que dejemos de joder tanto a nuestra bella ciudad? ¿Llegará alguna vez el día en que en que dejemos de permitir que cada bribón, que cada canalla, que cada granuja joda impunemente a nuestra pobre tierra?»




