Por Arlindo Luciano Guillermo
Para evitar un escándalo público, aún estaba casado con Delia del Carril, escribió versos anónimos a Matilde Urrutia. Así nació Los versos del capitán. El poemario aparece en la ciudad de Nápoles, solo 50 ejemplares. Pablo y Matilde vivían en la isla de Capri. La película El cartero abarca ese período de exilio del poeta. El prólogo de la edición de 1952 es una carta suscrita por Rosario de la Cerda, destinataria de los versos. El apellido materno de Matilde Urrutia es Cerda. Qu´p’0’’’¿eda claro que el capitán es Pablo Neruda; y Rosario, Matilde, la tercera y última esposa del poeta. Sin este romance intenso ni el destierro jamás hubiéramos leído Los versos del capitán. Lo leo siempre, una y otra vez, silenciosa o en voz alta, mejor en la soledad de lector de poesía. Ahí trato de imitar el timbre, la cadencia y tono de la voz de Neruda. Pablo y Matilde se casaron en 1966 cuando yo nacía en Huánuco para ser su lector obstinado. Escribe Rosario desde Habana el 3 de octubre de 1951: “Yo soy muy poco literaria y no puedo hablar del valor de estos versos, fuera del valor humano que indiscutiblemente tienen. Tal vez el capitán nunca pensó que estos versos se publicarían, pero ahora creo que es mi deber darlos al mundo”.
Pablo Neruda abrió las puertas de mis sentimientos amorosos y afianzó mi heterosexualidad; tenía 12 o 13 años. Después de leer a Pablo Neruda mis ojos no fueron los mismos ni mi corazón solo bombeaba sangre. Compré mi texto escolar de quinto de secundaria y ahí estaba el Poema 20: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. / Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Mi amigo Toño Ruiz descubrió que los versos que había escrito en una hoja de cuaderno rayado, para una compañera, no eran míos, sino de Neruda. Tuve que devolver el pago por adelantado. Fue mi primer contacto con la poesía amorosa, subjetiva, sentimental, abundante, repleta de metáforas, símiles, antítesis, imágenes, vinculada a la sensualidad, el erotismo, la naturaleza y la mujer. Los adjetivos y frases jamás emanan bilis ni menosprecio a la mujer. Neruda se casó tres veces. Matilde Urrutia lo acompañó hasta el final y, precisamente, ella fue la “musa clandestina” de Los versos del capitán. Canto general, Crepusculario, Residencia en la Tierra y España en el corazón tienen otro tono discursivo y envergadura poética.
Recientemente volví a comprar Los versos del capitán en una feria ambulante de libros de segunda, 10 soles, editorial Oveja Negra, maltratado, deshojándose, olor a humedad, páginas amarillentas; ahí estaban esos versos con los que deliraba sobrio y ebrio e imaginaba que algún día llegaría a mi vida una Matilde Urrutia. Pero no, Matilde era de Pablo. En la universidad leí completo Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Cien sonetos de amor, a este último le tengo singular gratitud, especialmente el primer terceto del Soneto 17: “Te amo sin saber cómo ni cuándo ni de dónde / te amo directamente sin problemas ni orgullo / así te amo porque no sé amar de otra manera”. Con ese Neruda viví momentos significativos de mi lectoría de poesía. Con la militancia política de izquierda en la juventud di un giro hacia la poesía política, social e histórica de Neruda. “Diez mil peruanos caen / bajo cruces y espadas, la sangre / moja las vestiduras de Atahualpa. / Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura / hace amarrar los delicados brazos / del inca. La noche ha descendido / sobre el Perú como una brasa negra”. (Canto general). O: “Yo no me olvido de vuestras desgracias, conozco / vuestros hijos / y si estoy orgulloso de sus muertes / estoy también orgulloso de sus vidas”. (España en el corazón).
Cuando advierto que mis sentimientos amorosos quieren endurecerse regreso, como hijo pródigo, a Neruda y les doy energía, vitalidad y ganas de vivir un siglo. Los versos del capitán siempre será poesía imperecedera, fresca, vital e incorruptible, inmunizada contra la chabacanería y el mercantilismo que cree que todo es mercancía, tarjeta de crédito y consumismo. Los versos del capitán contiene emoción ardiente, ciudadano capaz de amar y ser correspondido, palabra que penetra las pasiones amorosas y admira a la mujer como el más bello paisaje de la naturaleza. Sigo leyendo como declamador “Bella”: “Bella, / no te cabe los ojos en la cara / no te caben los ojos en la tierra”. O “La noche en la isla”: “He dormido contigo / toda la noche mientras / la oscura tierra gira / con vivos y muertos, / y al despertar de pronto / en medio de la sombra / mi brazo rodeaba tu cintura”. En la última sección del poemario, “La carta en el camino” se lee: “Adorada, me voy a mis combates. / Arañaré la tierra para hacerte una cueva / y allí tu capitán / te esperará con flores en el lecho (…) De nuestro amor nacerán vidas. / En nuestro amor beberán agua. / Tal vez llegará un día / en que un hombre / y una mujer, iguales / a nosotros, / tocarán este amor y aún tendrá fuerza / para quemar las manos que lo toquen”. Destellean la sencillez lingüística, el ritmo constante, la palabra exacta, el acentuado testimonio, la intensidad sentimental, la concisión del verso, la propuesta posromántica, la vigencia de amor íntimo. Pablo Neruda nació hace 119 años y murió hace 50; seguimos leyéndolo con devoción, interés y deseo de disfrutar la estética y la emoción de su poesía. Los versos del capitán se publicó en 1952 cuando Neruda tenía 48 años y Matilde Urrutia Cerda había ingresado a su vida sentimental en el exilio, pero no podía confesarlo públicamente; por eso, el poemario, de 50 poemas, apareció anónimo. En ese entonces Matilde tenía 40 años. Hacía solo dos años que circulaba Canto general, un libro épico-lírico portentoso, de grandeza estética y demolición que se leía a hurtadillas porque había persecución contra Neruda, su militancia comunista, el poemario y su poesía. Un poeta se había convertido en incomodidad para el dictador Gabriel Enrique González Videla (1946–1952). ¿Son peligrosos los poetas y la poesía para los regímenes autoritarios e intolerantes que usan la censura para silenciar el pensamiento crítico y el poder subversivo de la literatura? Un ciudadano -poeta o intelectual- jamás quiebra las rodillas ante la tiranía ni la venalidad. Cuando se lee a Pablo Neruda, luego de 71 años de haberse publicado Los versos del capitán, se llega la conclusión categórica de que la poesía está viva, vigente, lozana, vital, surfeando con audacia, respirando, soñando, despertando a diario. La poesía está más viva que los poetas. La poesía no tiene legiones de lectores, no es masiva, son pocos, pero son, élite exclusiva, pero no significa que esté muerta ni agónica. Se equivoca groseramente quien decrete la muerte de la poesía. Mientras haya una lengua y hablantes, habrá poesía. Neruda, como Vallejo, Lorca, Paz, Benedetti o Eguren, está vivo con su poesía y sus libros. No habrá lectores de poesía, pero la poesía existirá hasta cuando viva el último ciudadano sobre la Tierra.




