Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Si, contrariamente a lo que cree un gran porcentaje de la población, las encuestas dicen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, existen altísimas probabilidades de que el señor Yonhy Lescano, candidato a la presidencia en representación del partido Acción Popular, no solo pase a la segunda vuelta electoral en las elecciones del próximo 11 de abril, sino que también se convierta en el nuevo presidente del Perú. Lo que, de ocurrir sería, por supuesto, el preludio de una verdadera catástrofe. El flagrante grado de improvisación que se advierte en su candidatura (su plan de gobierno es poco menos que un mamarracho); sumado al hecho de que representa a un partido que, si algo hizo en los últimos años, es darnos claras e indiscutibles muestras de que tiene como prioridad a cualquier cosa, menos a los intereses del país; nos dan argumentos suficientes para prever que su llegada al Gobierno significaría un verdadero desastre.
Pero ¿son realmente ciertas las susodichas encuestas, que no tienen ningún reparo en anunciar que el señor Lescano marcha primero en las preferencias del público? ¿Somos los peruanos, acaso, tan rematadamente imbéciles, como para querer llevar al Gobierno a un partido político cuya participación en el ejercicio del poder ha sido en los últimos años a todas luces desastrosa? Pues quisiéramos pensar que no. Que ni las tales encuestas son reales ni los peruanos somos tan papanatas como para cometer semejante despropósito. Duele constatar, sin embargo, que, al margen de lo que quisiéramos creer, la realidad no siempre va por los caminos que a uno le gustaría. Lo que equivale a decir que lo que indican los referidos sondeos de opinión sí va en consonancia con las preferencias electorales de un buen número de votantes, y que los peruanos somos lo suficientemente idiotas como para estar a punto de llevar a la presidencia a alguien que, para variar, no tiene ni la más remota idea de cómo ha llegado hasta ahí.
El caso es que, a dos semanas de que vayamos a las urnas para elegir a quien será el presidente del Bicentenario, la suerte del Perú parece estar echada. Porque si no gana el antedicho candidato, lo hará, lógicamente, quien alcance el segundo lugar en la primera vuelta, lo que tampoco es para que nos quedemos tranquilos. Ello debido a que quienes lo siguen de cerca en las encuestas (Keiko Fujimori, Verónika Mendoza, Rafael López Aliaga, George Forsyth) se constituyen en una suerte de garantía de que al Perú le puede ir todavía peor de lo que le va yendo hasta el momento. Y no es poco decir.
Con una cuestionada Keiko Fujimori, que lo único que ha sabido demostrar en los últimos años, ha sido su poco interés por el Perú, es poco o nada lo que se puede esperar. Pues, para poner un solo ejemplo, basta recordar lo que hizo con la aplastante mayoría que tuvo en el Congreso durante la gestión de Pedro Pablo Kuczynski, caracterizada por poner trabas sobre trabas a la gobernabilidad del país, con las terribles consecuencias económicas, políticas y sociales que ya todos conocemos.
Con una peligrosa Verónika Mendoza, que no parece tener la más mínima intención de quitarse de encima al fantasma del chavismo, ese que saca a relucir cada vez que abre la boca para tratar de convencer a la ciudadanía de que las suyas son propuestas realmente viables, es poco o nada lo que se puede esperar. Y es que no se precisa tener una gran agudeza ni ser un entendido en la materia para caer en la cuenta de que, si hay algo que cualquier país con un mínimo de sentido común no desearía seguir, es el modelo económico venezolano.
Con un desubicado Rafael López Aliaga, que pareciera figurarse el Salvador, el Mesías, el Elegido, quien dizque sacará al Perú del insondable pantano de la corrupción en el que se encuentra sumergido; pero que en el fondo no pasa de ser un individuo cuyas ocurrencias y bravuconadas lo acercan más a la figura de un payaso que a la de un político serio, es poco o nada lo que se puede esperar. Porque ¿qué se puede aguardar de alguien que ha levantado gran parte de su cuantiosa fortuna a costa de la explotación descarada de nuestro principal patrimonio cultural, con la complicidad del manirroto dictador que privatizó todo lo privatizable?
Con un elemental George Forsyth, que parece convencido de que gobernar un país es equivalente a jugarse un partido de fútbol, menester en el que tampoco es que haya destacado cuando tuvo la oportunidad de poder hacerlo, es poco o nada lo que se puede esperar. Más aún si tenemos en consideración que aquello a lo que tenazmente dice oponerse, aquello a lo que proclama no parecerse en nada, es, a fin de cuentas, de lo que en realidad está hecho, lo que en el fondo lo sustenta: los políticos tradicionales. Pues, aunque lo niegue, forman estos una parte importante de sus candidatos al Congreso y de su equipo de técnicos.
¿Ocurrirá algo en este poco tiempo que nos queda para las elecciones, que nos lleve a los peruanos a reflexionar en lo que estamos a punto de hacer? ¿Algo que nos ponga a buen recaudo de llevar al Gobierno a gentes que no lo merecen, que solo son garantía del advenimiento de tiempos peores? Ya se verá.




