Visita al Vraem (IV). El viaje

El club del caminante

Por Luis Durand Trujillo

 

A la mañana nos dirigimos a San Francisco, que está cerca, en un motocar. El vehículo cruza el puente y, al subir por sus angostas calles en declive, apreciamos edificios con veredas que desbordan mercadería de ventas al paso. Distingue a esta población, su antiguo hospital, que según refieren los usuarios, atiende a todos los habitantes del valle. Alrededor de este edificio se han ubicado un apreciable conjunto de viviendas de corte moderno que conforman el núcleo central de la ciudad.

En ambos márgenes del río hay carreteras: la de Palmapampa y la de Chirumpiari.

Según cuentan los lugareños, hasta no hace muchos años, el recorrido y tránsito de mercancías y pasajeros se hacía íntegramente en embarcaciones, por ejemplo productos como el café y cítricos. Y (como no) la hoja de coca (Erytrokylon coca).

Sobre esta planta, les alcanzamos algunos datos ilustrativos. Es un arbusto que alcanza los 2.5 m de altura, de tallo leñoso, hojas pequeñas elipsoidales de color verde intenso, sus flores son blancas y pequeñísimas. Sus frutos, son de color rojo, de forma ovoide y mide alrededor de un centímetro.

Mientras la mañana avanza nos dirigimos a la cercana población de (sólo 25 minutos en automóvil) Pichari. En el trayecto, se aprecian vistosos caseríos al pie de verdes acantilados (dignos de hoteles) y extensos cultivos de cacao, café, frutas, etc.

Pichari, es la capital del distrito del mismo nombre, en la provincia cusqueña de La Convención  encarnada en una hermosa planicie de suaves colinas, que se extiende hasta el río. Se trata de un conjunto de viviendas mayormente de formato moderno, con profusión de edificios y jardines que dan la sensación de comodidad. Su plaza principal está rodeada de edificios dispares; unos altos (local municipal) y otros chicos (viviendas); y por supuesto, un templo religioso. El centro de la plaza está dominada por una gran pérgola rodeada de efigies de animales (cóndor, gallito de las rocas), y un estrado de cemento, con astas para el izamiento de banderas. En este conjunto ornamental destacan dos efigies; la de un campesino con vestimenta del lugar y, la de un “nativo asháninca”. (En el idioma de esta etnia, quiere decir: “gente como uno”, o, “el que es como uno”).