Por Israel Tolentino
“Las tablas de Sarhua fueron conocidas en Lima de oídas y no de vista alrededor de 1945 por una información que el historiador peruano Raúl Porras Barrenechea recibió de un alumno ayacuchano en una clase de San Marcos. Porras vinculó estas tablas con el quipu y la quillca, formas andinas cuasi escritura” Escribe Pablo Macera (1929 – 2020) en el prólogo del libro Quellcay arte y Vida de Sarhua. Comunidades campesinas andinas de Josefa Nolte 1991.

La Virgen de la Asunción es la patrona del pueblo (15 de agosto) significa elevarse al cielo, este hecho es importante en la vida de Violeta, ella acaba de regresar de su exitosa participación como invitada especial en la 60 Bienal de Venecia (Italia) curada por Adriano Pedrosa con el tema: “Stranieri Ovunque, Extranjeros en todas partes”. Las tablas ancestrales luciéndose en el evento artístico por excelencia.
Hay en el nombre de Violeta Quispe de Sarhua (1989) un sonoro color. Algunas personas están marcadas y guiadas por una estrella. El lugar donde has nacido pierde relevancia cuando el núcleo familiar ocupa valor. Ese grupo venido desde Sarhua trasladando su forma cultural, herencia viva que no pregunta, sino actúa, concibe los tiempos, vive en la megalópolis donde sólo tus raíces te mantienen en pie. Toma postura y no deja de empuñar el ovillo de vida que se teje desde sus ancestros.
En el café humeante se refleja en la luz modulada que entra por la ventana, mientras se forman remolinos al paso de la cucharita; en las paredes, colgadas con sumo cuidado, una secuencia de pinturas realizadas por Carmelón Berrocal Evanán (1964 – 1998). Un momento de visualidad Sarhuina, el autor, un artista pintor de Sarhua, extrañamente anónimo en aquellos años cuando las novedades de la plástica peruana se cocinaban principalmente entre la Escuela de Bellas Artes, la Universidad Católica y las Escuelas Regionales.

Violeta tenía pocos años, seguro caminaba y jugaba con los materiales que le daban sus papás artistas. Se untaba la mano y los brazos con los pigmentos naturales preparados por ellos. Su mamá Gaudencia y su papá Juan la veían y recordaban lo difícil que fue dejar su pueblo, llegar con las manos vacías e ir descubriendo lo que eran: artistas. Un mercado les abría puertas, sueños e identidad y se afianzaba en la fuerza de la Asociación de Artistas Populares de Sarhua (ADAPS).
Carmelón inició los caminos de partida con el polvo de las calles, las plantas y animales del entorno, enseñó los cielos repletos de nubes, estrellas grandes de luz, ríos con sirenas y el hombre llama; Violeta en cambio, devuelve y potencia el quehacer iconográfico en los ámbitos social e ideológico, en palabras de la propia artista: “a través de mis trazos, busco enaltecer el inmenso valor del papel de la mujer en distintos contextos y épocas. Mis obras son el resultado de un diálogo continuo con mujeres de mi entorno, compartiendo experiencias y analizando la realidad desde una perspectiva migrante”.

Si bien el indigenismo visibilizó el arte de los pueblos con el nombre de “arte popular” y, le sirvió como sustento para validar su producción, dado el contexto, quebrar el gusto académico nacional. Son los artistas “populares” de hoy, quienes de mejor manera reivindican a sus ancestros, realizando un amague con la formación académica (indigenismo y otros) refrescando el tema Nación. Es en este contexto que la obra de Violeta Quispe y congéneres suyos, así como artistas de otras partes del vasto territorio, actualizan la realidad visual tanto en temática, técnica y originalidad, preceptos en desuso y desgastados desde hace mucho en la oficialidad.
Advertía Pablo Macera: “la suerte u el peligro de artes como Sarhua: empezar como una producción íntima identificada con las estructuras sociales y necesidades ideológicas de los sectores populares y terminar luego expropiada por el intelectual de clase media dentro del Perú y luego los consumidores suntuarios en el exterior” para bien, se ha diversificado, los que sucumbieron a la predicción y artistas como Violeta, quienes permanecen dentro de la actitud creadora que su herencia le exige.

Como artista crecida con las necesidades y problemas del gran pequeño país que es Lima, ha sabido salvaguardar identidad, seguramente distinta a Carmelón pero con la validez y coherencia de él. En sus palabras: “llegue a escuchar el 2019 decir el tema “de moda” es LA VIOLENCIA DE GENERO. Pero se olvidan que esta es una lucha a diaria desde hace mucho tiempo de las mujeres…”
Violeta Quispe de Sarhua es leal y consciente con su heredad, una forma visual de retar la existencia, el cambio social, demandar por la mujer, compromiso donde arte es sinónimo de transformación (Pozuzo, junio 2024).




