Crónicas de una Apóstata
Por Jacobo Ramírez Mays
Es feriado y me subo a la combi con la cual tengo que viajar hasta mi linda y querida Pampas. Me siento junto a una señora y comienzo a pensar en el huevo del gallo, cuando mi compañera de asiento, sacando de su cartera un chicle, me lo ofrece diciendo: «Para que endurezcas tu mandíbula». Le agradezco su generosidad.
Cuando se baja la mascarilla, me doy cuenta de que debe de tener unos sesenta años encima. Lleva puesto un bluyín azul roto, como los que usan algunos jóvenes. Ojalá que no esté rotosiqui, pienso mientras meto el chicle a mi boca. Me pregunta si soy huanuqueño, le respondo que tanto como el Pillco Mozo. Se ríe, y antes de que le haga la misma pregunta me dice que es huanuqueña como la Bella Durmiente. Levanta la mano para correr la cortinita que tiene el vehículo y veo que tiene un tatuaje. Le pregunto por ello y me dice: «Yo no soy de la década del ochenta, soy anterior a ella, pero viví intensamente esa época, me llena de nostalgia recordar ese tiempo, época de cabellos largos en varones y desordenados en nosotras, las mujeres; y este tatuaje es un Gremlins, es chistoso, pero me gusta». Sonrío al ver los ojos saltones y las orejas puntiagudas de ese bichito. «Tengo más tatuajes, pero algunos están en zonas de mi cuerpo que ahora no quiero enseñar a más nadie», me aclara sonriendo fuerte.
Le digo que también soy de esa época. Me mira a los ojos y aclara: «Pensé que eras más antiguo que yo». Reímos a carcajadas, mientras algunos pasajeros, dejando de pasar sus dedos por la pantalla de sus celulares, levantan la vista para mirarnos. Me pregunta si tengo algún tatuaje, con miedo le digo que me tatué el símbolo de la estrella de David. «Muéstramelo», me dice incrédula y le digo que está en un lugar donde solo algunos pueden verlo. Reímos fuerte una vez más. Para que no piense que le engaño, levanto la manga de mi polo y le muestro. Lo mira y me dice que está de la pitrimitri, y me pone su mano arrugada para chocarla como se hacía en antaño.
Abre su bolso, que lleva sobre las piernas, saca su celular, se pone un auricular al oído y el otro me lo da para ponerme. Esta canción es una de mis favoritas. Escucho Take on. Guardamos silencio mientras disfrutamos y luego suena Big in japan y, finalmente, Girls just want to have fun. Durante ese tiempo, la vi como si estuviera en otro mundo. Estaba como ida, recordando tal vez sus chapes o su vida descontrolada en esa época.
Me pregunta hasta dónde voy. Le digo que a Las Pampas y le cuento que vivo ahí. Manifiesta que la conoce y que ojalá algún día pueda visitarme. Le digo que será un gusto. Tu gorrita es muy original, señala, y, abriendo su bolso, que ya me parece un baúl que tiene muchas sorpresas, saca una gorra negra que tiene un bordado de una hoja de cannabis al centro. Me cuenta que la compró hace seis años en una feria en Lima y que le gusta porque es un homenaje a la hoja sagrada.
«¿Te metiste alguna vez algún porrito?», me interroga. Yo, todo puritano, miro para ver si los demás pasajeros escucharon dicha pregunta, pero compruebo que nadie lo hizo. Entonces guardo silencio y sonrío. Ella me dice que lo hizo en varias oportunidades y que lo único que sintió es que no sentía nada. Reímos una vez más hasta que, lamentablemente, llego a mi destino. Intercambiamos números telefónicos para en algún momento seguir platicando, y nos despedimos golpeándonos los puños. Ya con destino a mi casa, saco el celular, busco la canción Voyage, voyage y la tarareo con mucha emoción.
Las Pampas, 01 de septiembre de 2022




