Por Arlindo Luciano Guillermo
Cien cuyes es una novela sobre la longevidad, la eutanasia y las condiciones de vida de ancianos con posibilidades para solventar económicamente los servicios de una cuidadora. Eufrasia dice: “¿Quién me iba a cuidar en mi vejez? Usted (se refiere al doctor Jack Harrison) puede pagar por eso. Pero los pobres necesitamos a nuestros hijos” (Pág. 95). Alberto Cortez dice: “La vejez es la más dura de las dictaduras. La grave ceremonia de clausura de lo que fue la juventud alguna vez”. Precisamente, la novela Cien cuyes (254 Págs.) de Gustavo Rodríguez, ganadora del Premio Alfaguara 2023, centra la historia literaria en la vejez, la eutanasia y las vivencias de un grupo de nueve ancianos cuidados con afecto y paciencia por Eufrasia Vela. No es descabellado afirmar que técnicamente Cien cuyes es una “novela anticuada”, pero de vigencia actual por el tema controvertido en la opinión pública y la ley. Según el jurado del premio Alfaguara, “Cien cuyes es una novela tragicómica. Situada en la Lima de hoy, que refleja uno de los grandes conflictos de nuestro tiempo: somos sociedades cada vez más longevas y cada vez más hostiles con la gente mayor”. Mi lejana juventud de utopía, bohemia, trabajo intenso, lectura y escritura es nostalgia. Hoy tengo los pies firmes sobre la tierra y camino hacia la vejez. He aprendido con dureza o escuchando que no todo lo que quieres se logra, que todo tiene fecha de vencimiento, no somos inmortales, Peter Pan es ficción.
Lo primero que provoca interés es el narrador. Cualquier escritor veterano sabe que la elección idónea del narrador es vital porque determina el curso de la historia, el perfil de los personajes y la construcción de la ficción. Eufrasia y los nueves ancianos no tienen autonomía de palabras, metáforas ni símiles ni libertad para decir y pensar lo que quisieran. Un narrador omnisciente, tercera persona, mezquino con el discurso y la creación lingüística, es el dios opinólogo de la historia. Se muestra conocedor de todo lo que ocurre en la novela, desprecia sentimientos y deseos de los personajes, es un verdugo que en cualquier momento puede matarlos. La elección del narrador omnisciente de Cien cuyes es un desatino. Mejor hubiera sido, por la presencia de una cuidadora y nueve ancianos, una narración polifónica, de voces múltiples, de reminiscencias de la juventud y oficios desempeñados. Se diluye la doctrina de la vejez, la muerte y la eutanasia en la perspectiva del narrador. Se deja escapar el conflicto moral y existencial de Eufrasia quien ayuda a los ancianos a morir asfixiados dentro de un Volkswagen. El caso es un escándalo mediático. Eufrasia también muere por eutanasia, sin investigación ni acusación fiscal. Eufrasia no es heroína, sino instrumento de una decisión fatal. Pareciera que la carta, encontrada en el vehículo, firmada por los ancianos, la exculpa. Vargas Llosa, en La mirada quieta (2022) critica durísimamente la incompetencia de Pérez Galdós, el “Balzac español”, para elegir al correcto narrador de sus historias literarias. “Su gran defecto como escritor fue ser preflauberiano: no haber entendido que el primer personaje que inventa un novelista, lo sepa o no, es el narrador, y este es siempre -personaje implicado o narrador omnisciente- una invención del autor que da independencia y autonomía a las historias. A pesar de escribir tantas novelas, esto no lo entendió nunca” (Pág. 9).
Cien cuyes es una novela de poderoso impacto emocional en lectores adultos y cercanos a la vejez. Gustavo Rodríguez no es un genio fabulador, sí un talentoso escritor que sabe capturar, con efectiva persuasión, el interés del lector y sensibiliza a la sociedad con un tema vigente y desatendido. La vejez llega inevitablemente. Es la añoranza de la vigorosa juventud. Unos ancianos están escrupulosamente cuidados, otros viven en guetos familiares, aislados, inutilizados físicamente; algunos ancianos han hechos del asilo o albergue el último escenario para vivir con cierta dignidad. Los Siete Magníficos está conformado por ancianos de un albergue con las atenciones que merece una clase social pudiente. No son indigentes ni míseros, sino trabajadores jubilados. Saben que la vejez es irreversible y tiene sus achaques, crisis existenciales, melancolías perniciosas y frustraciones seniles. Tanaka dice: “Envejecer es una mierda”. Finalmente, por voluntad propia, apoyados por Eufrasia, deciden morir dentro de un vehículo con el motor encendido, con fentanilo y aspirando monóxido de carbono. Ricardo González Vigil (“consagra internacionalmente a un autor en plena madurez creadora”) y Alonso Cueto (“estupenda novela”) han elogiado la novela de Gustavo Rodríguez. Esta novela acerca al lector a una realidad de abordaje inminente: la vejez y el modo de sobrellevarla, donde la experiencia se ha convertido en sabiduría. Dice Ricardo González Vigil: “Rodríguez cultiva una prosa afín a la que propicia nuestra sociedad de consumo: ágil, de frases, párrafos y capítulos breves, amena e ingeniosa; hábil para dosificar la intriga que conduce a un desenlace imprevisto, con referencias continuas a los medios masivos (el cine y la canción”) [Caretas. 5-8-23].
Cien cuyes pone en agenda pública la aplicación de la eutanasia, la situación de la vejez y el ejercicio de una profesión tan similar como una docente de inicial; los ancianos se parecen a los niños. Los nueve ancianos no tienen Alzheimer, Parkinson ni demencia senil; están lúcidos, pertenecen a clases sociales pudientes que pueden pagar una cuidadora y un albergue digno. Para ellos la juventud es un remoto evento en la memoria, ahora enfrentan los últimos años de la vida. Eufrasia los cuida con esmero, pero también acepta ejecutar el plan de suicidio colectivo. Una novela no es significativa, trascedente y de factura estética solo por el tema que impacta en el lector, lo hace cómplice con la historia y los personajes afines o distantes. Cien cuyes no es un tratado sicológico ni geriátrico sobre la vejez.
La vejez es inexorable. Cien cuyes, a través de la fabulación y la persuasión, es una advertencia pública, con humor y dramas personales, de la vejez y el final de la existencia mediante la eutanasia. Cien cuyes me conmueve porque siento que seré uno de los ancianos de la historia. Quizá Ubaldo, el docente jubilado, lector de poesía y considerado poeta o Tío Miguelito, el líder y motivador de la cofradía que siempre entra en diálogo, controversia y complicidad con la señora Pollo. Carmen y el doctor Jack Harrison (el suegro de Gustavo Rodríguez) viven sus últimos días de la vejez en sus casas de clase media alta, cuidados con diligencia. Adquiere la factura de una gran metáfora social y legal el suicidio colectivo, por voluntad propia, de seis ancianos. En el otro lado del drama están aquellos ancianos pobres, desamparados, sin “perro que les ladre”, que morirán confinados en un asilo o albergue filantrópico. La vejez es el derecho de vivir con dignidad, sin apremios mayores; no es lástima ni espectáculo para el Facebook ni el selfi.




