VARGAS LLOSA, UNIVERSAL E INMORTAL

Mario tuvo una estación para cada episodio de su vida. Para la mayoría es un gigante de la novela contemporánea; para otros, un villano político que no tuvo reparo en apoyar al fujimorismo y a líderes conservadores de derecha. Adiós, Mario; adiós, Cadete de la Suerte; adiós, Varguitas; adiós, Sartrecillo Valiente; adiós, poeta Alberto Fernández; adiós, esclavo Ricardo Arana; adiós, Santiago Zavala; adiós, Piedra de Toque; adiós, liberal democrático. El Domingo de Ramos,13 de abril, se apagó la vida de Mario Vargas Llosa. Vivió con intensidad, atento a los avatares de la sociedad, la cultura y las ideas. Consagró su vida a la escritura de novelas y periodismo. Su legado literario y cultural es inmortal. Soy su lector incondicional. Lo defendí de infundios y el derecho a discrepar. Leí todo lo que publicaba. No leer sus libros hubiera sido una necedad y una irresponsabilidad literarias. En estos días, estoy leyendo El reverso de la utopía (2024, 426 págs.), compilación de sus columnas de opinión, crónicas, reseñas y reportajes. Me consuela saber que sus novelas fueron leídas en todo el mundo, había logrado congregar legiones de lectores, estudiosos y críticos de su literatura y biógrafos de su vida galopante, controvertida, pero de reconocimiento universal con el Premio Nobel de Literatura. Se llevó el secreto del puñetazo a Gabo y la deuda de publicar un ensayo sobre Sartre. Llamé a Andrés Jara. Le dije: “Estamos de luto literario, compañero”.

El vacío que deja Vargas Llosa es irremplazable, a cualquier escritor peruano y latinoamericano, el sitial del Nobel de literatura, le quedaría muy grande. Cuánta falta hará Vargas Llosa a sus lectores. Releer sus libros es el consuelo. La muerte de Mario fue un sismo cultural y literario. Estaba yo corrigiendo la columna de opinión para el lunes 14 de abril cuando apareció una notificación en la laptop. Era un comunicado de la familia Vargas Llosa: “Nuestro padre ha fallecido hoy en Lima, rodeado de su familia y en paz”. Me senté en el sofá de la sala y lloré tristemente por Mario Vargas Llosa, a quien leí desde mi lejana adolescencia y lo sigo haciendo hasta hoy. Se fue el novelista universal, como yo me iré en cualquier momento. Lo cremaron -lo mismo harán conmigo- para evitar el oportunismo político, los elogios de coyuntura, las fotografías para las redes sociales. Para hablar y opinar de Vargas Llosa hay que leer primero sus libros. Fue un ciudadano de libros, de lectura, pasión por la escritura, de prioridades literarias, de acción política, de galardones, controversias personales y públicas, jamás se mantuvo pasivo ni como espectador de la realidad social, de posiciones ideológicas firmes y, principalmente, de ficciones, trabajo literario disciplinado, con vocación exclusiva de escritor. Mario es escritor de novelas y periodista cultural y político, antes que un político de partido y ambiciones de poder. Quiso ser presidente del Perú, pero fracasó, creyó que el socialismo era el remedio para América Latina, se desengañó y terminó como un liberal democrático, detractor férreo de las dictaduras. Nunca se mantuvo en reposo literario ni indiferente a las circunstancias históricas y políticas de la sociedad desde que empezara a escribir en La Crónica cuando apenas tenía 14 años. Hoy un escritor prefiere mantenerse al margen de las preocupaciones políticas, sociales e institucionales por complicidad, incompetencia y prebendas, con el falso y cómodo runrún de vivir y ejercer el rol de intelectual “sin meterse en política”. Vargas Llosa dio la lección de que se debate con la razón, tolerancia, verdad y argumento persuasivo. Vargas Llosa es un paradigma de escritor comprometido con el tiempo y la sociedad. En la RR. SS, los agravios y la intransigencia fustigan inmerecidamente a Vargas Llosa. Dice Enrique Krauze, editor de la revista Letras Libres (México): “Lo que queda es la gloria de Mario Vargas Llosa”.

¿Cuántos años tendrán que pasar para que nazca otro Vargas Llosa? ¿Cuántos años debemos esperar para otro Premio Nobel de Literatura? Escribió 20 novelas. Desde La ciudad y los perros (1963) hasta Le dedico mi silencio (2023) han transcurrido 60 años. Publicó centenares de textos periodísticos. Publicó El sueño del celta en 2010, el mismo año en que recibió el Premio Nobel de Literatura. “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, célebre pregunta de Zavalita, aún no tiene respuesta. Mario consagró su vida, su tiempo, su talento y su vocación a la literatura. Para él, la “literatura es fuego”. Aprendió de Flaubert la elección idónea del narrador, la vocación literaria, la disciplina para escribir y la lucha tenaz para elegir el lenguaje adecuado para las ficciones literarias. Escribió, a modo de gratitud y homenaje, La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary. Catorce libros de ensayos sobre García Márquez, José María Arguedas, Víctor Hugo, Benito Pérez Galdós, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges. Nos legó 10 obras teatrales. A Vargas Llosa le hubiera bastado publicar solo tres novelas para la inmortalidad literaria: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Ahí están presentes Gustavo Flaubert (disciplina, vocación literaria y lenguaje preciso), William Faulkner (uso de técnicas narrativas modernas), Víctor Hugo (creación de un friso histórico, mejor que las lecciones de la historia) y Jean Paul Sartre (compromiso político y literario del escritor). Solo seis años de intenso trabajo creativo, investigación, desvelos y escritura con horarios fijos de oficinista. Ese es el Vargas Llosa que pasa a la posteridad. Sus desatinos políticos y las infelices frases no empañan, de ninguna manera, al Vargas Llosa de La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo y El sueño del celta; además de notables ensayos como Historia de un deicidio (García Márquez), La tentación de lo imposible (Víctor Hugo) Viaje a la ficción (Juan Carlos Onetti), La utopía arcaica (José María Arguedas) o La verdad de las mentiras (reseña de novelas). Solo La guerra del fin del mundo y Conversación en La Catedral suman 1640 páginas. Novelista talentoso -no alcanzó la genialidad de Gabo-, último escritor del boom de la novela hispanoamericana, ensayista meticuloso, periodista de coraje, intelectual coherente, defensor de la libertad y la democracia con vehemencia y argumento. Vargas Llosa no fue un escritor observador ni francotirador, siempre estuvo en el debate público, en el ojo de la tormenta de las discusiones políticas. A los 67 años, escribió Diario de Irak, reportajes sobre la situación de Irak, país que había sido invadido por los EE. UU.
Siempre he sido lector de MVLl. He respetado sus opiniones políticas y vaivenes ideológicos. Recordaré al Vargas Llosa disciplinado y vital para sus novelas, que concentran cinco ejes temáticos, vigentes en el Perú y América Latina: diversidad cultural y los conflictos políticos, ejercicio inescrupuloso del poder, biografía como insumo para la ficción literaria, creación de personajes célebres y simbólicos y defensa pública de la libertad y la democracia. Mario no fue escritor ni ciudadano infalibles. Si soy “sobón”, adulador, ayayero, “llorona de pacotilla”, si prendo “velitas misioneras”, si lo convierto “en santo cívico con el argumento imbécil que “era un escritor”, a quién le importa. Admirar y leer con hipérbole a un escritor no es pecado.