VALLEJO EN EL DISCURSO POLÍTICO

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

Francisco Sagasti es visto como la máxima expresión de la meritocracia y la decencia. Quedamos admirados por los méritos académicos, profesionales, de quien hoy es el presidente transitorio, luego de una crisis turbulenta, que felizmente ha pasado, pero no la demanda ni la insatisfacción ciudadana, que exige legítimamente que el Perú esté por encima de los intereses particulares y partidarios. ¿Existen otros peruanos con el perfil y la talla de Francisco? Por supuesto que sí. Un tecnócrata decente, pero a la vez de “carne y hueso”, gobernará hasta el 28 de julio de 2021. Se ve la luz clarísima al final del túnel; hay fe y esperanza. El discurso que dio Sagasti en el Congreso de la República tiene que convertirse en políticas de Estado, acciones concretas, soluciones viables para el desarrollo de los pueblos y el bienestar de los ciudadanos. Discurso solo para la tribuna y el aplauso es demagogia y fanfarronería. 

Sagasti pidió perdón –actitud admirable que se ejerce con sinceridad, ausente en los políticos– por la ferocidad con que fueron reprimidos los jóvenes manifestantes y dos muertes irreparables. Qué difícil es pedir perdón, incluso por algo que no se hizo. El perdón es la premisa sine qua non para la reconciliación y hacer las paces de verdad. En el colofón del discurso, Sagasti citó a César Vallejo, el poeta universal que supo incorporar a su poesía dolor humano y fraternidad mundial. El poema empieza así: “Considerando en frío, imparcialmente,  /  que el hombre es triste, tose y, sin embargo,  /  se complace en su pecho colorado;  /  que lo único que hace es componerse  /  de días  /  que es lóbrego mamífero y se peina…” Sagasti recitó, con voz sobria, las últimas cuatro estrofas. El poema, incluido en Poemas humanos, termina de modo optimista y esperanzador: “le hago una seña,  / viene,  /  y le doy un abrazo, emocionado.  / ¡Qué más da! Emocionado… Emocionado”. Sin duda, Sagastegui, el 28 de julio de 2021, cuando entregue el poder al electo presidente, volverá a citar a Vallejo y dirá: “hay, hermanos, muchísimo que hacer.”. Mientras tanto, le recordará a Pilar Mazzetti: “Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?” Podemos recitar Masa miles de veces, como un canto coral, pero los dos jóvenes muertos en las jornadas de protesta jamás resucitarán. “Le rodearon millones de individuos,  /  con un ruego común: «¡Quédate hermano!»  /  Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

¿Nuestros ilustres representantes por Huánuco en el congreso habrán leído poesía? Rocío Silva Santiesteban es poeta. De ella leí, en mis años universitarios, el poemario Ese oficio no me gusta. ¿Habrán leído a Vallejo, Neruda, Cárdich, Jara, Heraud, Scorza? ¿Los artículos periodísticos de Mario Vargas Llosa o los editoriales de César Hildebrandt?  ¿Sabrán que existe un libro titulado Ciudad desnuda de Andrés Jara? No lo sé. Presumo que no.  Solo escucharlos hablar, a veces atropelladamente, con indigencia verbal, me dice que no. Quien lee poesía tiene lenguaje preciso, refinado y claro, con pinceladas de poesía y símiles. Para leer poesía no es requisito ser poeta, escritor o profesional de letras y humanidades. Virgilio López Calderón fue traumatólogo, pero conocía las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma como las líneas de sus manos. Francisco Sagasti es ingeniero industrial de la UNI, pero cita a César Vallejo con fidelidad, pertinencia y contextualización.

Es verdad que es poco lo que se puede hacer en 8 meses, pero se sentará un histórico precedente de un ejercicio del poder político con meritocracia, decencia y madurez emocional.  

La crisis política, que afortunadamente hemos superado, pero que no ha acabado, demuestra la precariedad y la fragilidad de las credenciales de las instituciones, el deterioro ascendente de la política como vocación de servicio, el ejercicio mafioso, angurriento y corrupto del poder, pero también la reacción inmediata de los ciudadanos para tomar las calles y hacerse escuchar, despreciar el abuso y la usurpación de los poderes del Estado. Deplorable la reacción de la PNP, dos jóvenes muertos que, aunque los declaren mártires del bicentenario, no van a resucitar. La cuota de sacrificio sirva para valorar la democracia, el voto electoral y la confianza en los políticos y las instituciones. Profesionales, intelectuales y ciudadanos decentes de la talla de Francisco Sagasti hay por miles en el Perú. Solo que, comprensiblemente, no tienen interés por la política ni la función pública. Tal vez la oportunidad de “salir del gabinete y de la biblioteca” sean las elecciones de abril próximo. Vivir en la “zona de confort” sin servicio a la comunidad, a parte del desempeño profesional, equivale a ser un espectador, un francotirador o un opinólogo lúcido. En la política, hay tempestades devastadoras, oportunidades plenas y escasas, tregua para respirar y recargar baterías, remansos de serenidad y subrepticia calma, estabilidad duradera o efímera, pero la batalla por el poder nunca acaba. Todo acto en la política tiene consecuencias que se conoce, tarde o temprano, por los frutos que produce. En democracia también se gobierna echando a perder. No hay nada perfecto sobre la faz de la Tierra.