Vallejo: dos entrevistas

Escrito por Yeferson Carhuamaca Robles

Profesor de lengua y literatura

Parte 1

El escritor César Abraham Vallejo Mendoza, quien falleció en París un Viernes Santo y no con un aguacero sino más bien con una lluvia tranquila. Hombre que supo desnudar el sentir humano dentro de los cánones universales y que aquellos Huesos húmeros nuestros puedan encajar y expresar nuestra existencia. Vallejo es sin lugar a duda o qué duda cabe, poeta que debe estar sentado a la mesa juntamente con un tal Durante di Alighiero degli Alighieri, más conocido como Dante, Lorca, Neruda, Walt Whitman, Charles Baudelaire, Gabriela Mistral, entre otros genios del verso y la expresión universal.  

Vallejo es el provinciano que supo ser distinto y sacar costras a la “pudiente” clase de escritores de su época, el menospreciado en sus días, ese peruano de raza y que aún sigue su Eco poético, que debemos decir que es inmortal, tan igual a sus lectores, eternos. El vate peruano cumplió el pasadísimo 15 de abril 84 años de su sostenido vuelo a la inmortalidad, y que sus restos humanos yacen en una tumba ubicada en la doceava división, cuarta Línea del Norte, número 7, tumba hecha de mármol, allá; en el Cementerio de Montparnasse, París, Francia. 

Recordamos dos entrevistas que se le hicieron a Cesar Vallejo, el heraldo en París. La primera que fue publicada en el periódico EL Heraldo de Madrid y que con estas prodigiosas líneas se presentaba la poética de Vallejo: «Vallejo… el que sabía pelar la naranja de sus versos sin poner los dedos en ella» es tal como escribiera el periodista español César González Ruano, allá en el año de 1931, al final de una de las guerras más sangrientas en el viejo continente. Estas son las palabras con que Ruano califica al poeta, y retrata su talento en la poética casi divina, pero a su vez era una fosfatina convertida en una rica mermelada. He aquí un extracto de aquella entrevista entre Ruano y Vallejo en París.

—César Vallejo, ¿a qué viene usted?

—Pues a tomar café.

—¿Cómo empezó a tomar café en su vida?

—Publiqué mi primer libro en Lima. Una recopilación de poemas: Heraldos Negros. Fue el año 1918.

—¿Qué cosas interesantes sucedían en Lima en ese año?

—No sé… Yo publicaba mi libro…, por aquí se terminaba la guerra… No sé.

Vallejo podía exprimir el jugo de sus alientos, de sus idas y venidas, sus pensamientos de los lugares más íntimos a los más universales, que podía encontrar vocablos y que maneja el idioma como a él le gustaba, aunque a todos no les gusta la mandarina.

—Muy bien. ¿Quiere usted decirme por qué se llama su libro Trilce? ¿Qué quiere decir Trilce?

—Ah, pues Trilce no quiere decir nada. No encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la inventé: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no pensé más: Trilce.

—¿Cuándo llegó usted a Europa, a París, Vallejo?

—En 1923, con Trilce publicado el año anterior.

El vate peruano era directo y no se iba con rodeos, la sinceridad era aquella herida abierta que no se puede disimular, que sus respuestas no eran apresuradas ni tan pensadas ni mucho menos rimbombantes o lleno de cultismos.

—¿Qué gente conocía usted en París?

—Poca. Desde luego no busqué escritores. Después encontré a un chileno, Vicente Huidobro, y a un español, Juan Larrea.

(Séame aquí permitido recordar a Juan Larrea, poco o nada conocido de nadie. Gran poeta nuevo. Le conocí en el Archivo Histórico Nacional, donde era archivero. Un día se despidió, abandonó la carrera y dijo que iba a hacer poesía pura a París. Dos o tres años. Se fue a París, diciendo que se iba a hacer poesía pura, y se metió en un pueblo peruano, donde, naturalmente, no se le había perdido nada. Dos años de soledad, de aislamiento. Nunca quiso publicar sus versos. Un día se cansará definitivamente, y diciendo que se va a hacer poesía pura, llegará al limbo de los buenos poetas, donde ángeles desplumados tocan violines de sueño. ¡Gran Larrea!)

—Para terminar, amigo Vallejo, ¿obras inéditas?

—Un drama escénico: Marnpar. Un nuevo libro de poesía.

—¿Qué título?

—Pues… Instituto Central del Trabajo.

Ruano destacaría de los escritores importantes que llegan por esas épocas a la L’Espagne”, como fuera el caso del poeta chileno Vicente Huidobro y Vallejo peruano de raza, pasado por París. Ruano conocería al vate peruano por su obra Trilce, considerada como la mejor obra del poeta de Santiago de Chuco. Él diría que tal obra se encontraba en los nuevos decamerones de la literatura de aquellos días. Para Ruano, Vallejo era indefinible, quizás un adjetivo que se sigue usando hasta nuestros días, además contradice a aquellos que lo comparaban como un montañés peruano que me querían presentar algunos, creyendo favorecerle con la simulación de un poeta adánico, en cambio lo que transmitía nuestro poeta era todo lo contrario, el poeta con mucha experiencia, haciendo gala de su cultura copiosa y dueño de su mandarina y el saber desplegar de ella sus maravillosos versos eternos.