La **calidad** en los servicios de salud se ha transformado en una prioridad ineludible ante la creciente complejidad clínica, la diversidad en los diagnósticos y las elevadas exigencias éticas que caracterizan la medicina contemporánea. Los ciudadanos, hoy más informados y exigentes, no solo buscan acceso a la atención médica, sino también depositan su confianza en la seguridad y eficacia de los tratamientos que reciben. Este nuevo escenario obliga a una revisión profunda de los estándares y protocolos clínicos.
Según la investigación publicada por El Comercio, la discusión sobre la atención médica ha estado históricamente centrada en la cobertura y el acceso; sin embargo, la calidad de la atención se erige como el verdadero desafío, donde la organización de los procesos, la toma de decisiones clínicas y la protección del paciente en cada intervención médica son los pilares fundamentales.
La variabilidad en los procesos asistenciales presenta un riesgo palpable para la seguridad del paciente. La ausencia de directrices claras y protocolos estandarizados aumenta la probabilidad de complicaciones prevenibles, que pueden tener consecuencias severas para la salud. Este fenómeno, a menudo invisible para el paciente, impacta directamente en su bienestar. Cada historial clínico representa a una persona que merece una atención segura, oportuna y digna. En Perú, según datos del Ministerio de Salud, un porcentaje significativo de las quejas de pacientes se relaciona con la percepción de falta de calidad en la atención.
Es importante recalcar que la solución no se limita a la inversión en infraestructura y tecnología de vanguardia. La clave radica en la construcción de sistemas médicos cohesionados, que integren protocolos de atención basados en la evidencia científica más reciente y se alineen con principios éticos sólidos. El objetivo es garantizar que cada acción clínica, desde una consulta rutinaria hasta una cirugía de alta complejidad, se desarrolle dentro de un marco que priorice la seguridad y la precisión del paciente.
Las Metas Internacionales para la Seguridad del Paciente han demostrado su valía como herramientas eficaces para mitigar riesgos clínicos a nivel global. La correcta identificación del paciente, la mejora en la comunicación entre profesionales de la salud, la verificación exhaustiva en la administración de medicamentos, la prevención de infecciones y la garantía de cirugías seguras, deben ser prácticas integradas sistemáticamente en cualquier centro asistencial. Estos lineamientos, promovidos por organizaciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS), buscan estandarizar procesos para minimizar errores.
La implementación rigurosa de estándares internacionales, como los promovidos por la Joint Commission International (JCI), genera resultados tangibles: disminución de eventos adversos, mayor trazabilidad en los procesos, mejor coordinación entre las distintas áreas y, sobre todo, un aumento en la confianza de los pacientes. No obstante, más allá de los procedimientos y las guías clínicas, resulta imprescindible consolidar una cultura de calidad en el sector salud, que permee todos los niveles de la institución médica.
El compromiso con la calidad también exige una vigilancia activa y un control riguroso de la cadena de valor, priorizando la seguridad del paciente por encima de cualquier otra consideración. La formación, capacitación y evaluación continua del personal médico y asistencial resultan esenciales para garantizar una atención de calidad. La medicina avanza constantemente y, con ella, deben evolucionar las competencias de quienes la ejercen. Los profesionales de la salud deben desarrollar habilidades para trabajar en equipo, comunicarse con claridad y tomar decisiones bajo presión sin comprometer el juicio clínico ni la empatía. En ese sentido, las universidades y centros de formación deben jugar un papel crucial.
La calidad clínica es una responsabilidad compartida que involucra a toda la sociedad. Como ciudadanos, tenemos el derecho de exigir una atención segura y de calidad. Como pacientes, tenemos el deber de informarnos, hacer preguntas y participar activamente en las decisiones relacionadas con nuestra salud. La relación médico-paciente ha evolucionado, y con ella la forma en que se construye la confianza en el sistema de salud. En última instancia, lo que está en juego es la vida, la dignidad y la tranquilidad de quien confía su salud en manos de otro. Este compromiso ineludible con la calidad debe traducirse en acciones concretas y urgentes.




