En tiempos marcados por la desconfianza, la indiferencia y la fragmentación social, resulta pertinente detenernos a mirar aquellas trayectorias que, más allá del discurso, han dejado huella concreta en la vida de las personas. La conmemoración de los 44 años de vida sacerdotal del padre Oswaldo Rodríguez Martínez no es solo un aniversario personal ni un acto litúrgico: es una oportunidad para reflexionar sobre el rol que cumplen ciertos liderazgos morales y sociales en regiones históricamente golpeadas por la pobreza, la violencia y el abandono.
Huánuco fue, durante los años más duros de la década del 80, escenario de profundas carencias sociales. En ese contexto adverso, marcado por el conflicto interno y la desprotección de los más vulnerables, surgieron iniciativas que no nacieron de políticas públicas estructuradas ni de presupuestos estatales robustos, sino de la decisión individual de actuar frente al sufrimiento ajeno. La Aldea Infantil San Juan Bosco, la Casa Nazaret, la Casa de los Jóvenes Pillco Marca o la Casa San José no son solo nombres de instituciones: representan respuestas concretas a problemas que durante décadas fueron invisibilizados.
Resulta significativo que, en su testimonio, el sacerdote no se coloque como protagonista exclusivo de estos logros. Al contrario, subraya la importancia de la colaboración de instituciones, autoridades y personas que, desde distintos espacios, hicieron posible sostener estos proyectos en el tiempo. Ese énfasis en el trabajo colectivo contrasta con una cultura cada vez más individualista, donde el éxito suele medirse en términos personales y no comunitarios.
Más allá de la dimensión religiosa, el recorrido descrito pone sobre la mesa una realidad incómoda: la persistente ausencia del Estado en ámbitos sensibles como la niñez en abandono, la salud mental y la atención a los adultos mayores sin redes familiares. Que una casa para personas con enfermedades mentales o un hogar para ancianos surjan por iniciativa pastoral habla tanto del compromiso de quienes las impulsan como de las deudas estructurales que la sociedad mantiene con estos grupos.
No se trata de idealizar ni de eximir al Estado de sus responsabilidades trasladándolas a la buena voluntad individual. Por el contrario, historias como esta deberían interpelar a las autoridades y a la ciudadanía sobre la necesidad de políticas públicas sostenidas, articuladas y humanas. La solidaridad no puede depender únicamente de vocaciones excepcionales; debe convertirse en un principio rector de la acción pública.
A 44 años de aquel inicio en la catedral huanuqueña, el balance que emerge no es solo el de una vida dedicada al ministerio religioso, sino el de una práctica constante de servicio social. En una región que aún enfrenta múltiples desafíos, reconocer estas trayectorias no implica mirar al pasado con nostalgia, sino preguntarnos qué tipo de compromisos estamos dispuestos a asumir hoy para construir una sociedad más justa y menos indiferente.




