Por Israel Tolentino

De vez en cuando, en el universo, los astros provocan inexplicables sucesos: un cometa que pasa cerca a la tierra, el día que llovió en Lima, la pesca inolvidable; un encuentro en la fila del tren, un rayo lo partió en dos… y por allí, un individuo, elegido para testificar los sucesos paranormales, extraordinarios sucedidos en octubre, mes de los milagros peruanos.
¿De qué color es el cielo, que forma tiene, a qué huele, cómo es su temperatura, se puede caminar en su interior?
Cuando se abre esa especie de puerta, del piso trece, te recibe Teo y un San Lucas con bigotes, patrono de los pintores, aún no terminas de conmocionarte y ves hacia la izquierda un gran caballo de la India, a Roberto, Ángel, Marina, Wilfredo, Tilsa… dialogando frente a frente, cara a cara, nombres cargados de magia, seres que han hecho posible el Arte Latinoamericano Contemporáneo. Termina el recorrido de los ojos con misteriosas presencias africanas, oceánicas, amerindias, universales.
El cielo tiene su llave, con el nombre y la dirección inscritas; una mano, una voz, unos ojos y unos pies. La llave se guarda en el bolsillo del corazón. Tiene todos los colores, también los difíciles de imaginar, de preparar en la paleta; sus formas hablan, y cuando el sol, que en todo el día le daba distintos rostros se aleja, en ese momento de tenue sombra, entre ella, se reúnen los autores que habitan cada obra con firma y sin ella y todos se ven como siluetas. Se sientan entre los muebles y la alfombra; en la cocina suenan las copas, el caño se oye correr, se lava la vajilla. No huele a coñac, pisco ni cerveza, tampoco a flores, incienso o hachís; una brisa perfumada como de alguien que conoces y te visita, un hálito de vida, sabiduría, sosiego, virilidad, soluciones, juventud inagotable, luz, belleza, hechizo…

Cuando se pasa una temporada en el cielo, se retorna a la vida de cada día transfigurado, cambian las miradas hacia las sombras, el mismo sol de cada día adquiere un brillo y color distintos, un misterioso encanto perturba los ojos, las hojas que el viento mece se vuelven música, la tierra huele a semilla, dan ganas de abrazar al vecino como dice Eielson.
La Escuela de Bellas Artes es parte de la historia y memoria colectiva de la nación desde hace 100 años, historia y memoria encarnada en un puñado de egresados. Dos casos fantásticos, se hallan en este año, mes, día, hora, en la casa taller del maestro Gerardo Chávez.
Oswaldo Sagástegui Córdoba (Llata/Huánuco, 1936) y Gerardo Chávez López (Trujillo/LaLibertad, 1937) artistas que forman parte del olimpo bellasartino y nacional. Sagástegui se ganó un lugar en la historia de arte de México y Chávez, en la historia del arte de Francia. Ambos se descubrieron en su juventud en Florencia y Roma, son parte de la mítica promoción de Oro de la Escuela de Bellas Artes del Perú. Sus nombres se comparten con los de Tilsa Tsuchiya, José Luis Cuevas, Wilfredo Lam, Manuel Felguerez, Roberto Matta, Rufino Tamayo, Frida Kahlo, Antonio Seguí… constelaciones del cielo de Latinoamérica.
Los astros confabulan, una verdad de donde no se puede huir, así haya niebla gris cubriendo las veredas, con San Lucas de testigo, un abrazo entrañable une a Gerardo y Oswaldo, un abrazo que cubre la historia del arte nacional, la leyenda dando lugar al mito. Un abrazo que les recuerda que hace poco trepaban a un barco llevando unos cuantos dólares y muchos sueños entre el puño que hacían sus manos en sus bolsillos; un abrazo que les recuerda a sus pequeños pueblos de polvorientos caminos, a sus mamás.

Gerardo y Oswaldo son el mito hecho certeza, uno conoce a Juan Acha y el otro a José Gómez Sicre. Ambos exponen exitosas individuales en la galería Camino Brent y son homenajeados con la medalla conmemorativa por los 100 años de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú. Tienen obras en museos representativos del mundo. Han perdido amigos.

Desde esa mañana de octubre, los dos artistas más admirados de su generación, toman el desayuno bajo la atenta mirada de fantásticos caballos de madera policromada, de pinturas de maestros que conocieron y otros anónimos artistas sin tiempo, como ellos, seres que alguna vez anduvieron en Lima, México DF, París, Roma y Florencia, ciudades que construyeron el mapa que late en sus corazones.
Lima, octubre 2022.




