Una presidenta sin país que gobernar

Gobernar un país fracturado es, quizás, la tarea más difícil de todas. La caída de la presidenta Dina Boluarte —ya sea por desgaste político, por falta de liderazgo o por el entorno hostil que la acompañó— revela una verdad amarga: el Perú sigue siendo un Estado donde nadie logra gobernar más allá de la coyuntura y donde la política se devora, una y otra vez, a sus propios actores.


Más allá de simpatías o rechazos, es necesario reconocer que Boluarte asumió el poder en medio de una tormenta perfecta: un Congreso fragmentado, una calle encendida y una institucionalidad al borde del colapso. Posiblemente, había espacio para el diálogo, pero no lo que no hubo fue la capacidad para hacerlo y construir un proyecto nacional.


Sin embargo, a diferencia de sus predecesores, Dina Boluarte no enfrentó a la oposición: se entregó a ella. Desde los primeros días de su gestión, prefirió pactar con las bancadas más poderosas del Parlamento antes que sostener una posición independiente. Esa alianza tácita le permitió mantenerse en el cargo por un tiempo, pero a costa de hipotecar toda autonomía política y moral.


Aunque en apariencia ejercía la presidencia, en los hechos su poder era limitado. Su gobierno fue administrado por los intereses del Congreso, de grupos enquistados en la burocracia y de asesores que carecían de visión de Estado. Boluarte, más que una líder, se convirtió en una figura decorativa que legitimó las decisiones de quienes realmente manejaban el tablero político.


El aislamiento de la expresidenta no fue producto de una persecución, sino de su propia incapacidad para dialogar con altura y conducir con rumbo. Su discurso errático, sus silencios prolongados ante las crisis y su evidente falta de preparación terminaron por hundir cualquier intento de institucionalidad.


Fuentes políticas coinciden en que Boluarte privilegió la comodidad del poder antes que el deber de gobernar. Su gestión se caracterizó por los viajes, los regalos, las ceremonias y los símbolos de autoridad, mientras la realidad nacional se deterioraba a pasos agigantados. El lujo y la adulación se convirtieron en espejismos de un poder que nunca fue suyo.


Fue una presidenta sin mando, con un equipo no técnico (sino de aduladores) y sin país que la respaldara. La historia la recordará por lo que hizo, como desactivar el servicio de inteligencia de la PNP; por lo que permitió (las muertes en Puno y la protección a Cerrón), y por otros escándalos de corrupción, los cuales se le vendrán encima en poco tiempo.