Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Mientras las principales autoridades de países como España, Italia o Alemania comienzan a endurecer sus medidas restrictivas destinadas a la contención del avance de la denominada segunda ola del COVID-19, las del Perú, conocidas por actuar en circunstancias en las que se requiere su inmediata reacción, como sentencia la sabiduría popular, cuando el muerto está ya enterrado, no parecen haberse dado por informadas de la inminente ocurrencia de algo que, por una cuestión de simple y elemental razonamiento, habrá de ocurrir también con nosotros, y más temprano que tarde. Y no solo porque demostrado está que no ha habido hasta el momento país en el que no se haya dado con mayor o menor celeridad la aparición de la susodicha segunda ola; sino también porque, para colmo y remate, si hay algo por lo que destacamos los peruanos en relación con la forma en que las personas han sabido enfrentarse al virus de marras, es por la irresponsabilidad con que nos hemos venido conduciendo, por ejemplo, en aspectos de capital importancia como el concerniente al acatamiento del tan necesario distanciamiento social.
Lo que no es ninguna novedad, dicho sea de paso. Pues conocido es, sin ir lejos, el que al inicio de esta maldita pandemia, allá por los primeros días del mes de marzo del presente año, año que no vemos horas de que por fin se acabe, al entonces titular del Ejecutivo, el defenestrado Martín Vizcarra, le tembló la mano para ordenar el cierre inmediato de las fronteras, aun cuando ya se sabía que un gran número de países miembros de la Unión Europea habían hecho lo propio, alertados de la inminente expansión del coronavirus. Y por más que sea un hecho, también, el que en aquel momento estábamos a años luz de tan siquiera imaginar lo que sobrevendría no mucho tiempo después, y que, en consecuencia, resulte comprensible el que el Gobierno de turno no haya tenido la capacidad de reacción que nos hubiera ahorrado no pocas calamidades, lo cierto es que de haber sabido responder con diligencia a los indicios que ya prefiguraban a todas luces las dimensiones de la catástrofe, otra habría sido la historia. Lástima que no fue así.
Pero como de los errores se aprende, o eso es, cuando menos, lo que comúnmente se dice, lo esperable sería que, ahora que las circunstancias nos vuelven a poner ante un escenario similar al que se presentó al principio de la pandemia, tengamos una capacidad de reacción como individuos, como sociedad, como país, que nos lleve a no incurrir en la toma de esas mismas decisiones equivocadas que nos condujeron al borde mismo del colapso. Sorprende constatar, sin embargo, que esto no solo no sea así, sino que, además, hayamos comenzado a repetir, con una ingenuidad que causa pasmo, los mismos pasos que nos llevaron a ser uno de los países que peor manejaron la COVID-19 hasta la fecha.
Porque si hasta el más ignorante en la materia sabía, por mera observación de lo que ya pasaba en aquellos países a los que el virus atacó primero que a nosotros, que la llegada de la segunda ola era inevitable, ¿por qué, entonces, se permitió la entrada y salida de vuelos internacionales, que más temprano que tarde acabarían incrementando el número de nuevos contagios? ¿No era previsible, acaso, que con las fronteras abiertas a la llegada de vuelos procedentes de países de la Unión Europea nos arriesgábamos a que la hoy denominada nueva cepa del coronavirus acabara por recalar en estos lares? ¿Servirá de algo el que, otra vez tardíamente, se haya restringido el ingreso de vuelos provenientes de Europa, cuando a estas alturas del partido hace rato que la nueva cepa de la COVID-19, descubierta a fines de septiembre, se ha de estar paseando por los principales destinos turísticos del Perú?
Es una verdadera lástima tener que aceptarlo, pero una vez marcharemos a la saga de los demás países del orbe. Y lo haremos, por supuesto, no solo por culpa de las decisiones equivocadas de nuestros gobernantes de turno en lo que concierne a la asunción de estrategias que nos permitan afrontar con pertinencia el rebrote del virus. Lo que en realidad tampoco es que nos sorprendan tanto. Marcharemos a la saga, también, por nuestra propia culpa; pues si a nuestras incompetentes autoridades les corresponde una gran dosis de responsabilidad en el problema, la falla no es solo suya. Es también nuestra cada vez que, haciendo oídos sordos a lo que el sentido común nos debería indicar, acudimos como borregos a los centros comerciales, a sabiendas de que estos se encuentran abarrotados de personas a tal punto, que por ratos nos da la impresión de que aquí no pasa nada, de que aquí no se vive uno de los momentos más críticos de la pandemia.
Con la vacuna sin fecha de llegada a nuestro país; con nuestras autoridades intentando sacarse nuevamente los ojos por el botín del poder, en medio de la peor crisis sanitaria y económica que haya vivido jamás el país; mejor hagámonos a la idea de que la que se avecina será, otra vez, una nueva batalla perdida. ¡Para qué nos engañamos! Si el Perú las ha perdido siempre.




